Roberto Pérez Betancourt - AIN.- Prepotente desde su estrado de poder hegemónico, el gobierno de Estados Unidos mantiene las ignominiosas medidas restrictivas de comercio, finanzas y de economía con Cuba, incluidas disposiciones especiales que impiden el normal flujo de transportaciones marítimas.

Los numerosos hechos que avalan tal realidad aparecen registrados día a día en la prensa internacional y en los foros donde se debate el tema.


Existe una fecha "oficial" de proclamación del "embargo", llamado así contra toda lógica semántica y con toda intención diversionista, cuando en verdad es instrumento de guerra.

El presidente J. F. Kennedy decretó la Proclama Presidencial 3447 que impuso formalmente el bloqueo sobre el comercio entre Estados Unidos y Cuba, la que entró en vigor el siete de febrero de 1962, y en septiembre anunció que incluiría en "lista negra" a barcos que tocaran puertos de Cuba, con independencia del país de matrícula.

En febrero seis de 1963 el gobierno de EE.UU. prohibió que las mercancías de propiedad gubernamental o financiadas por los gobiernos de otras naciones, fuesen trasladadas en buques que transportaran cargas a Cuba. Solo en el primer trimestre de ese año, 59 buques tocaron puertos cubanos, comparados con 352 en el mismo período de 1962.

Entre junio de 1962 e igual mes de 1963, hubo una declinación del 60 por ciento en el número de los mercantes de países no socialistas involucrados en comercio con Cuba.

Han transcurrido más de 45 años. Las pérdidas económicas causadas al pueblo cubano, solo por concepto de afectaciones a su comercio marítimo, se expresan en miles de millones de dólares, sin considerar daños de carácter cualitativo, por la demora de mercancías vitales para salud y alimentación.

Si usted hurga en la historia, verá que 1916 las autoridades norteamericanas advirtieron a Francia: "Los Estados Unidos no reconocen a ninguna potencia extranjera el derecho de poner obstáculos al ejercicio de los derechos comerciales de los países no interesados, recurriendo al bloqueo cuando no exista estado de guerra".

Obviamente, a los sucesivos gobiernos estadounidenses se les ha olvidado esa máxima en relación con la Isla, y progresivamente se han añadido más vueltas de roscas a la intención de estrangular a las familias antillanas.

Solo entre 1988 y 1989 el gobierno de EE.UU. incorporó más de 50 nombres de firmas navieras a las cuales prohibió comerciar con su país castigándolas por sus contactos con entidades cubanas.

La Ley Torricelli extendió el bloqueo contra la ínsula a planos extraterritoriales aún más agudos, al entrar en vigor en octubre de 1992, luego de ser firmada por el entonces presidente George H. Bush, quien en abril había instruido al Departamento del Tesoro para restringir todavía más la transportación marítima de pasajeros y mercancías hacia o desde Cuba.

Ulteriores agresiones fueron añadidas por la ley Helms-Burton, y dictámenes complementarios, entre ellos los cuales prohibieron entrar a puertos estadounidenses a barcos de terceros países que participaran en comercio con la Antilla Mayor.

En realidad, el bloqueo extraterritorial contra Cuba califica como acto de genocidio, según la Convención de Ginebra para la prevención, y la sanción de ese tipo de delito, y constituye, por tanto, una violación del derecho internacional, como han hecho notar autoridades cubanas y de otras naciones.

Se trata, además, de una acción de guerra económica, al no existir norma alguna que justifique ese tipo de cerco a un país en tiempo de paz.

Conscientes de esa realidad, desde 1992 la Asamblea General de las Naciones Unidas ha aprobado, con creciente mayoría, la Resolución titulada "Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba".

Lo paradójico resulta que la eliminación del bloqueo podría generar 100 mil puestos de trabajo en la Unión, donde la tasa oficial de desempleo rebasa el cinco por ciento, e ingresos adicionales por seis mil millones de dólares, según demuestran estudios de expertos.

Obviamente, el bloqueo, a pesar de los muchos daños ocasionados, ha sido ineficaz para exterminar a los cubanos, se vuelve contra los intereses de los propios norteamericanos y es motivo ignominioso de repulsa a escala mundial, un peso más que cargará en su maleta de despedida el señor George W. Bush.

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