La Jiribilla.- Las interioridades, avatares y subterfugios del mundo editorial iberoamericano fueron el objeto de reflexión del panel realizado el jueves 24 de mayo en la sala García Lorca del Centro de Promoción Literaria Dulce María Loynaz, el cual reabrió el espacio "Ciclos en Movimiento" que propone un encuentro mensual para el debate. El panel, integrado por los escritores Senel Paz, Laidi Fernández de Juan, Jorge Fornet, Rogelio Riverón y el editor Daniel García, director de la editorial Letras Cubanas, debatió acerca de las particularidades del mercado iberoamericano del libro: las presiones comerciales y políticas que ejercen las editoriales, la absorción de las pequeñas editoriales por los grandes consorcios de la información y la dificultad de insertar la literatura cubana en esas plazas.
A partir de la narración de experiencias personales y generales acerca del tema, se inició un debate entre los oradores y los asistentes al encuentro entre los que se encontraba el presidente del Instituto Cubano del Libro Iroel Sánchez. Se abordaron así la posición de los escritores de la Isla y la política editorial cubana ante esta compleja realidad iberoamericana. Los intelectuales asistentes al encuentro propusieron hacer extensivo el debate suscitado a otras jornadas por el interés que despierta entre los intelectuales cubanos residentes en la Isla. La Jiribilla por ello publicará los textos de las intervenciones de los escritores participantes en este panel.

Encrucijada
Daniel García Santos • La Habana
He tratado de imaginar el drama de un escritor que, condicionado por circunstancias perentorias, flexibiliza la ética de su vocación para encontrar un lugar en ese espacio de exigencias que convencionalmente se denomina “el circuito editorial” o “el mercado del libro” que, como conocemos, en el caso de Iberoamérica, se encuentra dominado por unos pocos emporios que, de acuerdo con objetivos bien definidos, fomentan la internacionalización de la literatura, los autores y  los destinatarios.  ¿Para qué y para quién se escribe? Responder a este dilema presupone una toma de partido, que en algunos casos, como ese escritor cuyo drama imagino, significa ceder a las urgencias que impone la realidad material dentro de la  cual escribe. Esto es, decidir, entre la literatura y el mercado, a favor de las concesiones que impone este último, entendido como espacio donde los sistemas de valores son sustituidos por modas, códigos, etiquetas de identidad, criterios de venta, que a su vez contaminan la relación con el lector.
El premio literario Alejo Carpentier de Narrativa y Ensayo, fue creado en 2000 con el fin de promover géneros que estaban reclamando auspicio y difusión. En esa convocatoria inicial se premiaron tres títulos que, vistos desde el tiempo transcurrido, son importantes exponentes de la literatura cubana contemporánea. El premiado en  el género de  cuento, en una relectura actual,  aún se hace notar por la fuerza del  material narrativo, la cruda actualidad de los temas, la eficacia de sus atmósferas, el vibrante drama humano que trasciende de sus personajes arquetípicos, el discurrir de su lenguaje. Sin duda, La bandada infinita (Ciudad de La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2000), de Jorge Luis Arzola, es un libro notable, y su autor, de pronto potenciado por el galardón, se situó dentro del grupo de narradores cuya obra habría que seguir. El libro salió publicado, con una excelente factura editorial, en ese propio año 2000. Una vaca muerta rodeada de buitres, situada en un recuadro difuminado en el centro de la cubierta, en la que predominan las gradaciones de grises y las transparencias, anuncia desde la primera impresión el tratamiento de temas ásperos, pero con un tratamiento indiscutiblemente artístico. No dejaron, por su valentía y su voluntad de estilo, de suscitar puntos de vistas polémicos.  
En 2006, seis años después, aparece publicada, con el sello de la editorial española Siruela,  la novela Todos los buitres y el Tigre, del mismo autor. Tras largo período de silencio, era natural la curiosidad por conocer esta novela, más cuando ese autor está ahora radicado en otro país, y por tanto, condicionado por circunstancias diferentes.
La lectura de la novela arroja, en una primera mirada, una coincidencia general con los temas y la estructura de los cuentos de La bandada infinita, y en especial con dos de ellos: el que le da título al libro de cuentos y “El cuento más terrible del mundo”.  En ambos libros el autor usa los mismos personajes: El Gordo, el Príncipe o el Flaco, la Vieja, el Viejo. Similares situaciones: El Gordo, perdido el Tigre de Bengala, o robado, y con una familia en situación paupérrima, atrapado en la insistente idea del suicidio; el Príncipe, o el Flaco, especie de contraparte del Gordo, también embargado por la frustración, pero expectante, como observador-participante de un mundo sórdido, violento, devorador; el Viejo y la Vieja, en lucha permanente contra la fatalidad de un medio adverso. El autor ha realizado, en la novela, una recolocación de esos dos cuentos de La bandada infinita, intercalándolos, de manera intertextual, en un relato central, cohesivo, que, en conjunto, repiten los mismos códigos del libro de cuento. O sea, Todos los buitres y el Tigre, en vez de una recreación de textos anteriores, es el resultado de la manipulación de estos, para redimensionarlos a partir de las nuevas circunstancias en las que el autor conforma la novela.
La novela reacomoda los personajes y temas de La bandada infinita,  en un producto dirigido a un mercado que desconoce la obra anterior del autor —lo cual este ha sabido aprovechar— y que le exige la adopción de los códigos impuestos para la literatura relacionada con Cuba, y en los que se basa el marketing de la novela. Obsérvese el texto de la nota de contracubierta, la apelación que se hace al lector para incitarlo ante el libro: “[…] los protagonistas de esta novela […] buscan refugio en sus sueños para escapar de la crueldad subyacente en su entorno, en una Cuba nunca nombrada explícitamente. […] cada uno de los protagonistas lucha contra el derrumbe de su existencia física y psíquica, en la realidad casi mítica de un país atribulado por una plaga misteriosa, símbolo para un régimen opresivo y amenazante”.
Todos los buitres y el Tigre imprime en el lector, con respecto al libro de cuento que le sirve de basamento, una sensación de repetición, de redundancia de procedimientos y significados. En la novela, los personajes del Gordo y el Príncipe, o el Flaco, además de ser los personajes de los cuentos intercalados de La bandada infinita, intervienen en el relato central y replican e incrementan en ese discurso hilvanador, las vicisitudes que padecen en el espacio específico de los cuentos. En “El cuento más terrible del mundo”, el Gordo sufre la frustración de sus ansias por convertirse en  escritor y una situación de pobreza extrema, con una madre malformada y un sobrino con síndrome de Down, e intenta encausar su necesidad de evasión en la creación simbólica del Tigre de Bengala, que, por si fuera poco, ha desaparecido; pero en el relato central sufre, además, violencia corporal, violación, humillaciones, persecución y cárcel, a causa del abuso de poder, la represión, la censura y el despotismo de “los Recomendados, los que un día serían los Militantes, los primeros ejemplares del hombre nuevo...”. La escuela donde está internado, junto al Príncipe, es un infierno, un lugar plagado de miserias, dominada por “los Recomendados”,  de los cuales forman parte “los Perros”, “aquella manada tenebrosa, cuyos miembros, casi todos, lucían en el hombro la insignia de los Militantes”. Añádase que el hermano del Gordo, “que era capitán del Ejército”, lo acusa de ser “un parásito, un gusano”, y la Hiena, líder de los Recomendados, lo viola y, entre otras vejaciones, lo obliga, junto con los demás alumnos, a golpear al director de la escuela en un mitin de repudio, y después, “vestido de uniforme verde olivo, con charreteras de capitán sobre los hombros”, dirige la operación de encarcelamiento de los Topos, sustantivo con el que engloba al gremio de los escritores,  como consecuencia de la cual es encarcelado, junto con el Príncipe.
Al cotejar “La bandada infinita” y “El cuento más terrible del mundo” con sus versiones intercaladas dentro de la novela, se advierten  algunas modificaciones necesarias para lograr la articulación con el relato central, pero otras que son deliberadas adiciones para acentuar la politización del discurso, a tono con las exigencias del mercado en cuanto al tema de Cuba. Por ejemplo, en la versión original de “La bandada infinita” el Viejo lucha infructuosamente, se infiere que en pleno período especial, por proteger sus vacas de los matarifes que asolan el lugar para lucrar con el hurto y sacrifico de ganado. Es un acoso constante, que no tiene rostro ni nombre. Sin embargo, en su versión dentro de Todos los buitres y el Tigre, se intercalan párrafos como los siguientes:
Aquellos policías seguramente estaban implicados también en el sacrificio de las reses. De lo contrario, ¿cómo era posible que nunca hubiesen atrapado a nadie, si tenían el cuartel general allí mismo, tan cerca del matadero clandestino como la propia finca del Viejo?
El Viejo les tenía una roña irreconciliable a los policías, y a veces, mientras trabajaba, se tomaba un respiro para echarle un vistazo rencoroso a los edificios del cuartel, levantados con insolencia en un amplio solar que antiguamente le había pertenecido y que le había sido arrebatado por la fuerza. [...]
[...] Y, para colmo, este país, que era de por sí un lugar lleno de pícaros, engatusadores por vocación y ladrones consumados, ofrecía ahora unas condiciones de impunidad inmejorables que, junto al hambre, animaba al merodeo incesante. [...]
Todos los buitres y el Tigre. Ed. cit., pp. 23-24.
[...] El Gobierno, que quería controlarlo todo, no era capaz ni de surtir de pan viejo los bares de mala muerte, y sin embargo la policía acosaba sin tregua a los vendedores encubiertos de minucias, que siempre traían algo más o menos comestible en sus fugaces mochilas. [...]
Ob. cit., p. 28.
Los ladrones, en esta versión, son también los policías, y en un sostenido crescendo, la población entera de pícaros, y el Gobierno omnipotente.
Asimismo, en la versión sumida en la novela de “El cuento más terrible del mundo”, además de adicionársele escenas como la del mitin de repudio y otras que sugieren la omnipresencia de la Seguridad del Estado,  se leen cosas como estas:
[...] y la literatura no fue para él sino un suave tamiz a través del cual se podía comprender mejor la realidad, o quizá una gruta por donde escapar de ella hacia el mundo de Nunca Jamás, lejos de tantos Perros, Recomendados y Militantes, de tanto orden absurdo, tantas consignas y metas [...].
Ob. cit., p. 100.
De manera que cuentos que en sus versiones iniciales tenían una clara marca existencial a nivel del drama del hombre enfrentado contra un medio adverso,  indagación  en una escala de valores universales, adquieren ahora una expresa connotación política, un fuerte mensaje panfletario:
La historia de Kubba [nótese el tono didáctico] estaba plagada de tiranos. Unos tiranos se habían superpuesto a los anteriores, y esto había creado una capa de suciedad histórica, una especie de mugre social que acabó provocando un gran estallido social, es decir, la Rebelión Kubbana.    
Asco, sordidez,  traición, violencia, represión, acoso policial, abuso de poder, ambiente carcelario, frustración, son apenas algunos de los rasgos del mundo reflejado en la novela, al cual se han sacrificado los valores iniciales de dos de los mejores cuentos de La bandada infinita, en aras del precio político que el autor, desde sus nuevos condicionamientos, tiene que pagar.
Destaque especial merece el reflejo que el autor hace, en el relato central de la novela, de los Topos; es decir,  de los escritores:
Naturalmente, muy contados Topos habían logrado publicar algún cuento en una revista, y por eso no perdían la menor oportunidad, en los cuchicheos de sus perpetuas tertulias nocturnas, de desbarrar con rabia disimulada por la eterna ironía contra los escritores establecidos, algunos de los cuales sacaban en ocasiones algún que otro buen libro, pero cuya mayoría no hacía más que menear el rabo y cantar en sus libelos desproporcionadas loas al Gobierno, quien por supuesto los premiaba con honores televisados, les daba cargos públicos o les permitía, como ofrenda, posar para una foto con el Presidente de Todos los Consejos.  
Ob. cit., p. 101.
A todo esto habría que agregar recursos sutiles, como el empleo de sinónimos para armonizar frases al uso en el español de Cuba, con giros propios del español de España, habitual recurso de mercadotecnia en este tipo de literatura: el club literario, el asesor del club, en Cuba decimos taller literario; temblona de coraje, sustituido por trémula de coraje; tomatal, por campo de tomate; puré de tomate, por pasta de tomate; cuartón, por cobertizo; tragos gratis, por copas gratis; traguito de café, por vaso de café.
Visto desde esta óptica, se explica que en el propio año 2000 otro cuento de La bandada infinita, “Cosas esenciales”, apareciera representando al autor en la antología Nuevos narradores cubanos, preparada por Mishi Strausfeld, la misma y “siempre fiel Mishi Strausfeld” de los “Agradecimientos” de Todos los buitres y el Tigre,  publicada también por la Editorial española Siruela.
Regresar a textos anteriores con una mirada nueva y transformadora es un procedimiento usual y legítimo, pero habría que pensar si, en este caso, sometido el autor a las condiciones de otro país y a las reglas que rigen la internacionalización de la literatura, no resultaría una señal de esterilidad y de enajenación ante el objeto artístico. La cita de los dos cuentos mencionados representa aproximadamente la mitad de la totalidad de la novela, y su relato central es un redimensionamiento de similares  personajes y problemáticas.
El mercado, en su concepción neoliberal, adquiere una significación política, en la medida que ejecuta, con absoluta eficacia, los dictados de una institucionalidad que en él se expresa. Por tanto, en su actividad concreta, el mercado no es una entidad monolítica, aunque sí orgánica, y despliega diferentes  estrategias que convergen en  objetivos establecidos. Por otra parte, la relación que los diferentes sujetos establecen con ese mercado es de carácter dialéctico. En algunos casos el mercado dicta, pero en otros se asimila. Muchos escritores descifran sus mecanismos y los incorporan a su literatura sin concesiones de principio, y así se apropian, con procedimientos artísticos, de amplias zonas de lectores. O logran ocupar ciertos nichos y fisuras a donde la invasión de ese mercado no ha llegado y sitúan sus estilos personales en el circuito de esos países.  
Para el  mercado que pretende ser hegemónico, Cuba es una línea política cuyos tópicos debe asumir un producto literario que quiera situarse dentro de la jerarquización económica y promocional. Simples enunciados que, a fuerza de repetidos, e impostados en el lenguaje poético, persiguen el descrédito de  la sociedad cubana actual: la prostitución, la corrupción, la quiebra de valores, la hipocresía, la falta de libertades, el acoso policial y civil, la emigración, el derrumbe físico del entorno, la supervivencia, el derrumbe de las instituciones, la revisión de la historia y de sus figuras más relevantes, etc. Estos tópicos son las señas temáticas, que ese mercado lanza  para los que, tanto fuera, como dentro de la Isla, aspiren a legitimarse en el mercado internacional de la literatura, y en especial en la zona de ese mercado abierta para el tema cubano. Es el peaje para circular por esa ruta del éxito promocional y de ventas. En correspondencia, ciertos autores, asumiendo posiciones éticas controvertidas frente a la naturaleza del proceso de creación,  los emplean como ejercicio de marketing.
El problema, desde mi punto de vista,  no solo radica en la naturaleza del mercado mismo, sino sobre todo en la actitud que se asuma frente a él, y que tiene implicaciones éticas, como advierto y he tratado de exponer en Todos los buitres y el Tigre, no obstante las circunstancias que están condicionando al autor en su actual país de residencia.

Historia de una enfermedad actual
Laidi Fernández de Juan • La Habana
Imagino que he sido invitada a este panel como narradora. En virtud de ello, vengo a contar. Talentosísimos ensayistas dedican tiempo y empeño en, como diría un olvidado escritor, “tirar de la manta” para, en este caso, dejar al descubierto truculentos tejes y manejes de los procesos editoriales que la mayoría de los escritores de esta parte del  mundo padecemos hoy.
No voy a pretender, por tanto, decir originalidades ni sumergirme en el agitado mar de la mercadotecnia del libro, que solo conozco desde la perspectiva de la víctima que suele quedarse varada en la orilla.
Mi cuento empieza en el año 2000, y si bien no es la historia del tabaco (eso lo dejo para el Bello Habano, de Reynaldo) bien podría llamarse “Historia de una enfermedad actual” (Disculpen que la doctora que me habita acompañe a la escritora que soy. Esculapio me perdone).
En ese entonces, yo ignoraba muchas cosas. No existía el artículo “De Valencia a Babelia: ¿Un viaje en primera clase?”, que acaba de salir en el último número  de la revista Casa de las Américas, el mexicano Víctor Barrera Enderle no había publicado sus “Ensayos sobre literatura y culturas latinoamericanas”, ni Jorge Fornet había obtenido, como ocurriría seis años después, el Premio Alejo Carpentier de ensayo con su esclarecedor y excelente libro Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo del siglo XXI.
Mi conciencia de latinoamericanidad la debía a la temprana lectura de Calibán. Enseñanza vigente hasta el dolor, que no podía alertarme (imposible hacerlo) contra el maquiavélico garrote que es la industria del torcimiento de un libro, que suele terminar arrojado a un foso de leones, como sucede hoy día.
Estos eran los que pueden llamarse Antecedentes patológicos o condiciones premórbidas que encabezan la historia clínica.
Una tarde de febrero de hace siete años, Michi Strausfeld visitó en La Habana a un grupo de narradores para invitarnos a integrar una antología donde se ofrecería  una “visión tripartita” a través de 25 autores cubanos nacidos a partir de 1959. La novedad del proyecto radicaba en que por primera vez se brindaba una visión completa de (y cito el prólogo) “los mejores cuentos de autores cubanos que residen tanto en la Isla como en el exilio”.
Supongo que el tripartismo se debía a las tres posturas de los escritores escogidos. Aparecimos así, en un libro que prometía inusual difusión, dadas las casas editoriales que lo acogieron inicialmente: Siruela, de España; Suhrkam, de Alemania y  Métaillé, de Francia.
En ese momento, 14 escritores vivíamos  en Cuba (ahora somos 12), cinco eran considerados de la diáspora, cinco en el exilio, y una categoría aparte se reservaba para Alexis Díaz Pimienta, de quien se señaló en el prólogo, que “comparte isla y diáspora”.
El lanzamiento de la edición española se realizó en la Casa de América, en Madrid, con notable participación de un público que, más ávido por presenciar el supuesto circo que armaríamos escritores cubanos de aquí y de allá que por conocernos a través de la literatura, nos mantuvo, eso sí, ocupadísimos a todos los que tuvimos la fortuna  de asistir, contestando las más disímiles preguntas.
A los que vivían  en México y en Miami les fue imposible realizar el viaje, so pena de retrasar los beneficios migratorios que requieren de tiempo para  ponerse en práctica. Con Joel Cano, residente en París, y con Pérez Cino, que vive en España, las relaciones fueron, según  quiero recordar, mucho más cordiales de lo que las buenas y simples costumbres recomiendan. Zoe Valdés nunca se presentó. Para tristeza de la carroña periodística que nos acosaba, el circo murió nonato.
Los cuentos del libro Nuevos narradores cubanos, variadísimos en temáticas, estilos y  calidad, ofrecían, es cierto, el amplio abanico que deviene caleidoscopio cuando se quiere conocer la punta de un iceberg literario.
Quienes permanecíamos viviendo en Cuba , sentimos que tal vez no por Alfaguara, Anagrama ni  Tusquets, sino por Siruela, aunque fuera debido al atractivo de aparecer juntos y revueltos, como en el tango Cambalache, estábamos llegando al meridiano cultural, que como bien se sabe y mal que nos pese, sigue pasando por allí. No pretendo defender nuestra llegada (más exactamente  nuestro fugaz paso) por el mercado español. No quiero, como ya señalé, disgregarme de mi cuento original, pero faltaría a la verdad si no dijera ahora mismo que cuando años más tarde descubrí que escritores  jóvenes como el mexicano David Toscana, los colombianos Mario Mendoza, Jorge Franco  y Parra Sandoval, el uruguayo Horacio Verzi, los argentinos Ana Quiroga y Vicente Battista eran desconocidos entre nosotros, a pesar de haber sido favorecidos la inmensa mayoría de ellos por las casas editoriales más influyentes de España, comprendí que algo estaba  muy enfermo. Que resulta pavoroso que siendo vecinos, y en ocasiones hermanos, tengamos que recorrer  millares de  kilómetros para descubrirnos en España y saber de qué estamos hablando. A estos escritores los conocí gracias a la Casa de las Américas y al  Instituto Cubano del Libro.
Volviendo a la antología de marras, y ya con el expediente médico más avanzado, les cuento que luego de la edición española, en ese mismo año 2000, vio la luz la versión alemana, bajo el título Cubanísimo. Tocaba entonces el turno  a la edición francesa., a  la que seguiría la irrupción en el mercado de Estados Unidos, como corresponde a la ingenuidad de quienes éramos llamados jóvenes. La propuesta a varias editoriales de ese país, marchaba, según la optimista Strausfeld, con buen viento.
Sin ningún tufo a discurso ni a favor ni en contra, ni de forma oculta ni ciertamente obvia, los 25 cuentos prologados por una editora de la talla de Michi (responsable de las ediciones  de Alejo en Suhrkam, por citar un referente) debían ser conocidos por aquellos interesados en la actual narrativa cubana, sea o no una sola.
Ocurrió entonces que zás, Zoe Valdés pidió ser retirada de la antología. Su cuento “Retrato de una infancia habana viejera” no podía aparecer más junto al resto de nosotros, que pasamos a ser sobrevivientes. No ofreció ninguna explicación, a pesar de que encabezaba la lista de autores. A su nombre y a su apellido le corresponderían aparecer al final, creía yo, si se hubiera tomado el criterio de observar el acostumbrado orden alfabético. Las letras Z y V, si no ha cambiado demasiado el mundo desde la última vez que le eché un vistazo, se ubican al final de nuestro alfabeto. Pero no, aparecía en la primera página de las ediciones española y alemana, debido al hecho poco importante de ser la menos joven de todos.
En Des nouvelles  de Cuba, juguetón título que no sabemos cómo traducir con exactitud (¿novedades de Cuba?, ¿noveletas?, ¿noticias de Cuba?), versión francesa de la de Siruela, además, quedaba fuera Rolando Sánchez Mejías, según se explica en una nota añadida, porque se consideró que sus “Historias del olmo” no cumplían los rigores de un cuento propiamente dicho.
Ya no solo el título original y la omisión de dos narradores (una voluntaria y el otro por razones estilísticas), sino también  otros cambios aparecerían en la versión francesa.
La fecha de nacimiento de los escritores, tomada como límite anteriormente, fue menos rígida. Se incorporan Marylin Bobes, Abilio Estévez, Leonardo Padura y Armando de Armas. Los tres primeros, ampliamente conocidos, cuyos textos tienen rigor y calidad más que probados a través de los años, fueron, como era de esperar, muy bien recibidos por nosotros.
Mucha más representativa que antes, era lógico creer que aunque ya no fuera con Nuevos, pero sí con otros muy Buenos narradores cubanos, la antología cumpliera  el augurio de la suerte que todo parecía indicar. Sin embargo, el barco se detuvo.
Las editoriales de Estados Unidos, entusiasmadas al inicio, habiendo prometido hacerse cargo del libro, terminaron por rechazarlo. De pronto, dejó de interesarles.
Desdeñaron la posibilidad de publicar a Abilio Estévez, a Joel Cano, ya para entonces ganador del Premio de cuentos Juan Rulfo; al igual que Ena Lucía Portela, la más difundida de  los narradores jóvenes cubanos; a Marylin Bobes, premio Casa de las Américas en cuento; A Arzola, ganador del Premio Alejo Carpentier; al muy conocido Padura... todo por la ausencia intencionada de Zoe Valdés.
Más allá de la Alfaguarización de la literatura brillantemente expuesta por Víctor Barrera Enderle, y por la colonizadora discriminación que España, esa “madre patria” que más que huella nos va dejando un “huellón”, como diría Verzi, y que se evidencia en el hecho, de que efectivamente, “las historias ambientadas en Centro Habana son pan caliente para el mercado editorial ibérico”, en detrimento de otras que no se regodean en las pobrezas que no hemos podido solucionar, resulta excesiva la manipulación de que llega a ser objeto el fenómeno de creación-edición-difusión y venta de un libro.
Me pregunto cuántos más de nosotros caeremos en la tentación de complacer a un mercado que nos desprecia, a fuerza de mentir o de exagerar en aras de  un efímero éxito editorial, compitiendo a ver quién la pasó peor, quién sufrió más, quién fue más maltratado en Cuba, quién vivía en peores condiciones. Algo anda muy enfermo.
Ningún bien se les hace a los lectores, en quienes ya casi nadie piensa, que creen ya no solo en lo que leen, sino que leen. Me temo que en realidad  se enriquecen con un tipo de pseudoliteratura que solo el tiempo, ese gran decantador, ubicará en el lugar correspondiente.
La conducta que se debe seguir con esta enfermedad depende de nosotros. No es fácil, como se dice en cada esquina, pero ya que nos han tocado vivir  estos  tiempos interesantes, hagámoslo lo mejor posible.
El pronóstico, por ahora, es reservado. El exceso de entusiasmo puede llevarnos a una procastinación sin límites, pero cruzarnos de brazos,  o sea, de libros, no tendría perdón.
Por respeto a los lectores y a las lectoras, y por ser cronistas de nuestros avatares, no queda otra que mantenernos a flote, aunque tantos se empeñen en dejarnos al pairo, en las orillas de un pretendido mar de equitativa competencia.
Hasta aquí, mi intervención. Pero no quiero dejar pasar la oportunidad de compartir con ustedes, un fragmento del artículo “El simposio de los expulsados; Literatura, representación y poder en la era de la globalización”, del autor Víctor Barrera Enderle, que será publicado de forma íntegra en próximo número de la Revista Casa de las Américas.
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