Joseba Macías y José Miguel Arrugaeta - InSurGente.- Dos años después de que el por entonces recién designado nuevo presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, Raúl Castro, anunciara el inicio de un nuevo tiempo y la puesta en marcha de un multitudinario debate colectivo en el país con el fin de poner al día la Revolución, los cambios fundamentales siguen sin ser una realidad.

En el acto central de la celebración del 26 de Julio en Holguín, la intervención de Raúl Castro volvió a dejar fuera de agenda muchas de las preguntas de buena parte de una ciudadanía que, entre la desilusión y la indiferencia, observa cómo la crisis mundial unida a la permanente inestabilidad económica interna sigue afectando abiertamente a su vida cotidiana.


Esta vez la cita del 26, la jornada política de más relevancia en la Revolución, tuvo lugar en Holguín. La razón para la elección no ha respondido, excepcionalmente, a la consideración de los distintos índices socioeconómicos habituales para la designación sino, fundamentalmente, a la capacidad del trabajo colectivo en la recuperación de esta provincia tras el paso de los devastadores huracanes de finales de 2008, que dejaron las provincias orientales de Cuba al borde del colapso económico. Desde las siete de la mañana (para evitar el fuerte calor), decenas de miles de personas acudieron el domingo a la plaza de la Revolución Mayor General Calixto García para escuchar a Raúl Castro.

Un repaso en media hora

En una intervención de 35 minutos, el presidente cubano hizo referencia directa a la gravedad del momento por el que atraviesa la Revolución: «Aquí no sobra nada. Generalmente sólo problemas». En un discurso marcadamente económico, Raúl Castro analizó detenidamente la recuperación progresiva de las provincias de Holguín, Las Tunas, Camagüey, Santiago o Guantánamo tras el desastre natural producido por el huracán Ike y anunció la finalización entre 2010 y 2011 de una amplia red de trasvases que enfrenten estratégicamente el problema de la sequía y el cambio climático (lo que implica la más ambiciosa inversión estatal desde la década de 1990).

También informó de la próxima celebración de tres reuniones importantes: mañana, un Consejo de Ministros con el fin de establecer el segundo ajuste de los gastos previstos en el plan anual; el día 30, el séptimo pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba; y el 1 de agosto, el estudio en la Asamblea Nacional del proyecto de ley de la Contraloría General de la República con el fin de crear un mecanismo de control de todas las estructuras de dirección del país. Si hubiera que destacar alguno de estos tres cercanos encuentros por su posible trascendencia política sería, sin duda, el del Comité Central del Partido.

En su alocución, Raúl Castro volvió a reiterar las graves dificultades existentes en el ámbito de recuperación de las viviendas afectadas por los fenómenos naturales («sólo se ha cumplido un 43% del plan previsto») y la importancia estratégica del campo cubano de cara a la consecución de una soberanía alimentaria, que continúa siendo más un deseo que una realidad: «En una nación que sigue importando productos agropecuarios por valor de miles de millones de dólares mientras buena parte de sus campos siguen sin ser cultivados», señaló Castro, quien agregó que «las consignas no sirven para mucho. Cumplir la palabra significa producir la tierra».

En este sentido, el presidente cubano comentó que son cerca de 82.000 las personas a las que se les ha asignado ya tierra en usufructo, de acuerdo a las medidas anunciadas el 26 de julio del 2007. Se trata de 69.000 nuevas hectáreas destinadas a la producción agrícola, lo que viene a representar un 39% del total de tierras ociosas.

Cuestiones Pendientes

En ningún momento de su intervención hizo Raúl Castro referencia a la celebración del próximo Congreso del Partido Comunista de Cuba, anunciado en ocasiones anteriores para finales de este año. Un silencio significativo que posterga sine die los debates, las asambleas preparatorias y las fechas para el encuentro, más allá de que algunas voces auguren novedades en fechas próximas.

Tampoco hubo ninguna alusión a las conclusiones obtenidas en la amplia catarsis colectiva que representaron las miles de asambleas con reflexiones y propuestas que siguieron al anuncio del 26 de julio de 2007. Ni siquiera se mencionaron los últimos cambios producidos en las estructuras de poder político o los reajustes ministeriales.

De igual manera, no habló de las ligeras medidas económicas avanzadas en los últimos meses (algunas ya puestas en marcha), como la descentralización y flexibilización del mercado laboral (que incluye las posibilidades de pluriempleo y contratación directa), el aumento del sueldo a los profesionales de la enseñanza o la ampliación de licencias para el trasporte privado, en un momento en que las «guaguas» chinas reducen sus viajes de manera ostensible para ahorrar combustible.

Más allá del discurso de Raúl en este 26 de julio, ajustado a un patrón formal de recapitulación y con pocas novedades de verdadero calado político, el proceso de transformación de las estructuras de poder en Cuba parece responder a un calendario diseñado a alto nivel pero aplicado de forma muy gradual y buscando evitar en todo momento cualquier «ruido en el sistema». Mientras centenares de miles de militantes del Partido Comunista de Cuba siguen visionando los vídeos en los que se explican oficialmente las razones para la destitución de Carlos Lage, Felipe Pérez Roque, Carlos Balenciaga, Marta Lomas y otros nombres vinculados a la alta dirección política y/o gubernamental, los reajustes ministeriales y las reducciones de aparatos económicos y administrativos evidencian el «cambio de equipos» propiciado en estos últimos meses.

Es el caso, por ejemplo, de la importante corporación Cubalse, dedicada a la importación de bienes de consumo y su distribución minorista, que ha sido absorbida por el grupo Gaviota, procedente del sistema empresarial de las Fuerzas Armadas, al igual que la cadena Caracol (tiendas en hoteles) ha pasado a depender del Ministerio de Comercio Interior. Lo mismo ocurre con la unificación de los Ministerios del Azúcar y de la Agricultura en una sola institución. Habrá que ver ahora hasta qué punto esta política de fusiones ministeriales y administrativas favorece o no la descentralización, aumenta la eficiencia y la productividad o logra evita la duplicidad de funciones.

Crisis «a la cubana»

El equipo gubernamental encabezado por Raúl Castro también ha paralizado en la práctica todas las inversiones del Estado previstas con anterioridad, menos las que ya estaban puestas en marcha. En plena crisis mundial, con manifiestos límites en el acceso a créditos y financiaciones externas (en gran parte por el bloqueo estadounidense), con un aparato económico que, en general, muestra bajos índices de productividad y eficiencia y con la urgente necesidad de una profunda reforma estructural y salarial, la nueva crisis ha hecho irrupción en la sociedad cubana afectando grave- mente los ingresos por exportación de sectores estratégicos para la Revolución (níquel, azúcar, turismo, remesas familiares, reexportación de petróleo e ingresos por servicios asistenciales).

A falta, por el momento, de medidas económicas, laborales y sociales de profundo calado que, sin duda, tensionarían la actual articulación social, la política oficial pone énfasis en antiguas recetas de recorrido corto y coyuntural, como la sustitución de importaciones y el ahorro energético, sin dejar de señalar que esta última iniciativa ha venido a reducir de forma considerable el consumo eléctrico y de combustibles con medidas de choque en lugares públicos, centros de trabajo y hogares, tratando de evitar así los cortes de luz domésticos en un verano especialmente caluroso. Una realidad que en su reverso, hay que señalarlo, ha afectado de manera notoria al ya difícil funcionamiento de los servicios cotidianos y del comercio interno.

Lo que queda de este año será sin duda tenso y con un recorrido seguramente poco noticioso. La crisis manda y marca los ritmos internos a todos los niveles. Recuperar la normalidad económica con las potencialidades internas, para poder pensar y consensuar futuros posibles, es un reto difícil pero que Cuba debe afrontar obligatoriamente y a la mayor brevedad posible.

Sin salidas milagrosas

No hay salidas milagrosas en el «laberinto cubano» entre la espera de respuestas y mensajes claros sobre lo que una mayoría de la población expresó en los debates de finales de 2007, un poder político en pleno reacomodo de generaciones, estructuras y nombres y una participación social y política con evidentes carencias y reflujos, lejos, hoy por hoy, de recuperar ilusiones y proyectos compartidos. Todo ello sin dejar de constatar que, frente a determinados cantos de sirenas, la política estadounidense hacia la isla no cambiará en lo esencial en estos cuatro años de mandato de Barack Obama.

Cincuenta y seis años después de aquel amanecer del 26 de julio en el que una nueva generación de cubanos decidió tomar las riendas del destino de su país, la ciudadanía se mira constantemente al espejo, buscando en este particular momento histórico la mejor manera de defender sus conquistas sociales, su independencia nacional y su lugar en el mundo.

Una nueva y aparente «misión imposible» a escribir con la ya consabida épica cotidiana en la que, una vez más, deben ser los cubanos los que tengan la última palabra.
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