La Habana, 4 nov (Prensa Latina) - Video: TV Cubana.- El Ministro de Cultura de Cuba, Alpidio Alonso, lamentó hoy la muerte del notable poeta e intelectual Pablo Armando Fernández, cuya extraordinaria obra trascendió en el ámbito literario a nivel regional.


Dolor hondo nos causa la muerte del gran Pablo Armando Fernández. Con una obra poética y narrativa que lo llevó a ganar el Premio Nacional de Literatura, publicó Alonso en su perfil de la red social Twitter donde lo definió como «uno de nuestros escritores más queridos».

Nacido en el central Delicias de la entonces provincia de Oriente, el creador fallecido a los 92 años protagonizó uno de los momentos más altos de la lírica cubana de la segunda mitad del siglo XX.

El autor de obras relevantes como Los niños se despiden, Premio Casa de las Américas 1968; Golpe de dados, o la primogénita Salterio y lamentaciones, mantuvo un apego absoluto a la defensa de la cultura en la Revolución Cubana y su líder histórico Fidel Castro.

Su quehacer en el campo de las letras cubanas fue elogiado con justeza por el escritor y etnólogo, Miguel Barnet durante la Feria Internacional del Libro 2019 cuando destacó las cualidades poéticas del creador que, en 1961,recibió las llaves de la que sería la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, hoy Monumento Nacional

El también traductor de la poesía anglosajona, ensayista y dramaturgo cubano realizó estudios en la Universidad de Columbia, Nueva York e impartió cursos y conferencias en reconocidos centros académicos de Estados Unidos, Canadá así como la región latinoamericana.

En su país, lideró la revista Unión, codirigió el periódico Lunes de Revolución, fue secretario de redacción de la revista Casa de las Américas y miembro del consejo editorial de la Academia de Ciencias de Cuba y ejerció como jurado en el Premio Casa de las Américas, del Festival de Cine Latinoamericano de La Habana y del Premio Miguel de Cervantes (1992).

A sus múltiples reconocimientos se suman el Premio de la Crítica Literaria, la Distinción por la Cultura Nacional, la réplica del Generalísimo Máximo Gómezl y la Medalla Raúl Gómez otorgada por el Ministerio de Cultura.

 

Pablo Armando Fernández, lo cardinal perdura

El Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República expresó en Twitter sus condolencias a la familia del distinguido intelectual «nacido en Delicias, crecido en Nueva York y cubano en todas partes. Amó tanto a Cuba y a los suyos que los cobijó en sus versos», escribió Díaz-Canel

Madeleine Sautié

Granma

Pablo Armando ha muerto, pero no el poeta. Tampoco el intelectual completo, que no por azar fue Maestro de Juventudes, ejemplo para sus contemporáneos y para los jóvenes de todos los tiempos. Se ha ido apenas el cuerpo. Lo cardinal perdura.

Los poetas respiran en sus versos; los novelistas, en sus personajes; los hombres de pensamiento, en el pensamiento de los que lo han conocido. El autor de Los niños se despiden no fue ni será un desconocido. Publicado en unos 40 países y traductor él mismo, Pablo Armando fue un trabajador incansable no solo en sus múltiples misiones, sino también a la hora de crear.

Creyó en Fidel y en la Revolución desde que sus primeros rayos mostraron su llegada, y a la imprescindible obra cultural que de ella nacería entregó sus mejores fuerzas. Admiró y respetó al líder y mereció su confianza. Vivió sin disfraces morales y fue hermosa su existencia.

En paneles destinados a honrar a otros grandes, brilló la palabra generosa de Pablo Armando, también testigo de otras proezas. En escenarios del patio y del mundo regaló poemas y conocimientos, atomizando la riqueza de su espíritu.

Mucho podrían decir en esta hora, sobre Pablo Armando Fernández, intelectuales nuestros que ya han partido: Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Jaime Sarusky, Luis Marré o César López, por solo citar algunos, dada la cercanía entre ellos y la postura común en defensa de la cultura cubana.

En el inevitable reencuentro de las almas, Pablo Armando les dirá lo que siempre supieron aquellos, también fieles, también consagrados y tremendos. La salud de la cultura cubana es inocultable y hoy más que nunca defiende sus raíces. La cultura, que es el rostro de la Patria, sigue apostando por la firmeza y la legitimidad amparada por maestros como ellos, que no mueren. Tan solo se convierten en leyendas.

 

Un príncipe llamado Pablo

Virgilio López Lemus

Granma

Era un hombre de cabellos de plata, pero lo conocí cuando apenas tenía canas, y ya con obra crecida. Ojos verdeazules de mirada tranquila y afectuosa, hombre de bien y de alma limpia como masa de coco, sonriente y siempre positivo, Pablo Armando Fernández (1929-2021), príncipe entre poetas, dejó de vivir físicamente, pero no en espíritu, que se halla pleno en su amada obra.

Y ¿cuál es esa obra poética, narrativa, ensayística? Reseñarla ahora resultaría abrumador para esta nota que quiere despedirlo con el amor que él mereció en vida, con el recuerdo que obtiene su posteridad. Pablo Armando comenzó publicando en la década de 1950 sus primeros poemarios, entre ellos Salterio y lamentación (1953), uno de los aldabonazos de la que habría de ser la corriente coloquialista de la poesía cubana.

Cuando publicó Toda la poesía (1961), ya era uno de los mejores poetas de Cuba. En 1964 dio a conocer El libro de los héroes, su ofrenda al tránsito revolucionario cubano. Con Aprendiendo a morir (1983) y Campo de amor y de batalla (1984), el poeta extraordinario se había consolidado y El sueño, la razón (1988) daba fe de ello. Sus obras narrativas, con su novela Los niños se despiden (1968, Premio Casa de las Américas), y su labor como ensayista y crítico literario, fueron dándole cuerpo mayor a su obra, siempre atento a su ser verdadero: el de poeta, aquel que en 1999 ofreció De piedras y palabras, cuyos textos parecen cartas-poemas a sus amigos.

Integró la Generación de los Años Cincuenta, con Carilda Oliver Labra, Rafaela Chacón Nardi, Rolando Escardó, Heberto Padilla, Fayad Jamís, Roberto Fernández Retamar, Roberto Branly, Francisco y Pedro de Oraá, José Álvarez Baragaño, Rafael Alcides, Manuel Díaz Martínez, Antón Arrufat, Severo Sarduy, Rolando López del Amo, David Chericián, Miguel Barnet, entre otros muchos, todos los cuales participaron juveniles en la llegada de la Revolución en 1959. Entre ellos, Pablo se cumplía como amigo de todos, colega reconocido y querido.

En su labor bulle la realidad objetiva cubana pasada por su sensibilidad, por su subjetividad, con entero dominio de su idioma expresivo, bajo la égida de sus temas preferidos: el amor, la familia, la búsqueda de la belleza y la obra social de su muy amada tierra natal. En el amor escanciaba su pasión por la vida y el complejo mundo del compañerismo, la amistad, los hijos y la esposa (aquella inolvidable Maruja). Pablo era tan activo en el entramado cultural del archipiélago y fuera de las fronteras insulares, que asombraba contemplar el crecimiento de su obra, sin desaliento, sin detenerse a solo admirar al mundo, sino también expresándolo, cantándolo.

Ahora ha muerto, como decir que ha pasado a vivir en su obra. Sea hermoso el adiós a Pablo Armando, «que la Patria os contempla orgullosa». Cubano esencial y universal, tan nuestro, digámosle: Cúmplete errante, solo, / en un tren sin regreso, / y como ruinas de la noche, espárcenos. Extiéndenos, dilátanos tú, Poeta.

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