Juan Carlos Gutiérrez es un joven profesor, investigador y activista por los derechos humanos y contra todo tipo de discriminación y violencia.


Juventud Rebelde.- Desandar los temas de sexualidad, género, discriminación y violencia resulta imprescindible, más que útil. Con Juan Carlos Gutiérrez Pérez como guía, el viaje a contracorriente atrapa. En el aula, el docente baja del estrado, el Máster en Ciencias «relaja» la jerga —sin vulgarizar conceptos—, y un activista incansable por los derechos humanos se sienta a la altura de sus estudiantes, dispuesto a aprender y a vivir una experiencia tan agradable como enriquecedora, que siempre termina con la sonrisa de todo el grupo atrapada en un selfie.

Conocerlo implica regresar a Cabaiguán, Sancti Spíritus, y descubrir al niño que nació el segundo domingo de mayo de 1989, para dar a su madre el mejor de los regalos. Travieso, hiperactivo, amante del juego al aire libre, encontró en su hermana menor «la niña de sus ojos».

«En casa no existía el mejor ambiente, pues había violencia de género. Ahora, con todos mis conocimientos al respecto, la puedo llamar así. Durante la adolescencia y la juventud pasé por procesos complejos, en la secundaria y en la Vocacional, donde la experiencia del bullying me marcó para siempre. No obstante, también fui feliz, tenía amistades que me querían mucho, una familia que me apoyó cada vez más, y mi mundo imaginario, lleno de fantasías y sueños».

—¿Cuándo fue consciente de que tenía que emprender un trayecto contrario al curso de la sociedad, para deconstruir tantos imaginarios discriminatorios?

—Desde temprana edad me interesó la visión del mundo y cómo funcionaba. La justicia social siempre fue un modo de vida, y poco a poco fui entendiendo que deconstruirse tenía que ser la vía y la meta. Todavía es un camino que transito, pues resulta muy difícil cuando casi todas las enseñanzas que te rodean están repletas de imaginarios sociales machistas, sexistas, racistas, homofóbicos y violentos. Defenderme a mí mismo y a las personas discriminadas y violentadas se convirtió en mi objetivo en la vida, para que menos personas sufrieran lo que mis seres queridos y yo sentimos en carne propia.

«El camino ha sido extremadamente complejo, con carreteras llanas, muchos baches y tropiezos, pero ahí voy. Al deconstruirte y trabajar estos temas, la mayor parte de las veces encuentras personas que no lo entienden o se oponen a las razones por las que luchas, porque estás desafiando un sistema patriarcal que ha existido durante siglos y que para muchos privilegiados es mejor que no cambie. Pudiera contarte cientos de historias, porque es un proceso constante y cuando uno entrena los ojos con una perspectiva de equidad y género, en la realidad social se puede encontrar de todo.

«Te cuento una anécdota relacionada con mi trabajo como docente y activista. Usualmente, cuando imparto talleres sobre violencia de género realizo una encuesta práctica que consiste en pedirles a las mujeres presentes —ya más de 500— que levante la mano quien no haya sido víctima de acoso sexual callejero. Hasta ahora, ni una sola la ha levantado. La experiencia me rompe el alma, pero es un diagnóstico de los patrones patriarcales que todavía arraigamos como sociedad, como casi toda América Latina, según estudios realizados».

—¿Por qué eligió la carrera de Estudios Socioculturales (hoy Gestión Sociocultural para el Desarrollo), y la sexualidad y el género como temas centrales de su labor docente, investigativa y de activismo social?

—Estudios Socioculturales fue la última opción en la lista de carreras que pedí. De pequeño fui un alumno con muy buenas notas, pero las malas experiencias relacionadas con el bullying hicieron que bajaran mucho en el preuniversitario. Me dormía en casi todas las clases y me resultó muy difícil mantener el ritmo.

«Pero hoy te digo que es la mejor carrera que me pudo haber llegado, y la que más se relaciona con quién soy y con lo que quiero ser en la vida. Me abrió la puerta para elegir los temas relacionados con la sexualidad y el género como vía de especialización, y para realizar una gestión sociocultural para transformar realidades e imaginarios sociales discriminatorios en la práctica cotidiana.

«Como docente, la primera asignatura que creé fue Estudios de Género, la cual se convirtió en Sexualidad y Género. Fue el tema que elegí para mi tesis de licenciatura y luego la de maestría, en Sexología y Sociedad.

«Ser activista por los derechos humanos y contra todo tipo de discriminación y violencias, lo llevo casi en la sangre, pero comencé a ejercerlo a partir del año 2013, con un taller de formación en el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), donde me incorporé a la Red de Jóvenes por la Salud y los Derechos Sexuales.

«En 2016 fui de las personas elegidas para crear y formar la Articulación Juvenil (AJ) por la Equidad Social, del Centro Oscar Arnulfo Romero, en la cual me mantengo hasta los días de hoy como coordinador en Villa Clara. Desde esa fecha colaboré con la campaña Eres Más y luego con Evoluciona. En esa última soy parte del equipo creativo y de redes sociales.

«Desde diciembre de 2021 integro un grupo voluntario que ofrece consejería a las mujeres víctimas de violencia, junto a profesionales de Derecho, Sicología, Sicopedagogía y Medicina. Los primeros y terceros miércoles de cada mes, en la Casa de Orientación a la Mujer y la Familia, de Villa Clara, las orientamos y aconsejamos sobre las vías legales y sicológicas que tienen a su disposición.

«Ahora, desde el 1ro. hasta el 31 de mayo, me encuentro en medio de la celebración del primer Mes de la Historia LGBTQ+ Cuba desde Villa Clara, con el objetivo de promover la visibilidad de esta comunidad y los avances del país en materia de derechos».

—¿Cómo han sido las experiencias desde el activismo?

—Muchas y muy diversas, pero la verdad es que me llena el alma cada una de ellas. Ser parte de la AJ y de Evoluciona ha transformado mi vida, tanto en lo personal como en lo profesional. Siento que he crecido inmensamente, y todavía me falta mucho, cada día se torna un nuevo aprendizaje.

«He incorporado estos conocimientos en mi práctica docente y en el campo de la investigación, y han nutrido a mi yo activista también. Como siempre digo, intento aportar el granito de arena desde donde puedo. Sé que no voy a cambiar el mundo, pero si cada persona pusiera un poco de su parte, confío en que sería un lugar mejor para quienes lo habitamos».

—A su juicio, ¿qué logra y qué le falta al proyecto de Código de las Familias sobre estas temáticas?

—El proyecto de Código de las Familias constituye un instrumento legal importantísimo para lograr que todas las personas tengan los mismos derechos, y de paso, todas las familias, que son tan diversas como cuantas familias existan. En Cuba, si algo nos ha caracterizado históricamente, es nuestro ajiaco de saberes, culturas, construcciones sociales, etcétera.

«Entonces, este Código responde a todas esas deudas sobre nuestra propia diversidad que tanto nos han enriquecido. También tiene puntos muy claros en contra de las manifestaciones de violencia y discriminación. Creo que una de las deudas fundamentales está relacionada con la comunidad trans cubana.

«El texto ampara y protege a todas las personas, pero, de manera explícita, no aparecen ni una vez las palabras “transexual”, “no binario”, “queer”, “intersexual”. Entonces, muchas personas dentro de esa sombrilla trans quedan contempladas solo de forma implícita y menos visible, porque los derechos dependen de la interpretación y puede que sus identidades de género no sean respetadas. Como esa comunidad tiene una vulnerabilidad mayor y específica, necesita una protección mayor y específica».

—¿Cómo sería esa Cuba que sueña desde sus clases, investigaciones y proyectos sociales?

—La Cuba inclusiva que sueño y por la que lucho desde todos los ámbitos en los que me desempeño está basada en el respeto, la aceptación, las formas no violentas ni discriminatorias de socialización. Sería un lugar donde cada persona cuente y tenga un espacio para desarrollar y llevar a cabo sus sueños. Veo a esa Cuba sin violencia de género en ninguna de sus manifestaciones, sin discriminaciones por color de piel, edad, origen étnico, discapacidad, género, orientación sexual e identidad de género.

«Creo que es la Cuba que estamos viendo crecer, a partir de la Constitución de la República, el proyecto de Código de las Familias, el Programa de Adelanto a la Mujer y la Estrategia Integral de Prevención y Atención a la Violencia de Género. Todavía queda mucho por hacer y deconstruir, porque, aunque existe la voluntad política, los imaginarios sociales deben ir a la par, y no es un proceso que tarda años, sino siglos. Pero ahí vamos, haciendo cada día un poquito más, sensibilizando y educando, creo que esa es la base de todo el proceso».

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