Ramón Pedregal Casanova - Video: Caum Madrid.- En recuerdo entrañable de Manuel de Cos Borbolla, amigo, camarada (1920-2017).


“No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado.”

Sancho a Don Quijote cuando éste muere.

 

Al saber de su fallecimiento, imaginaba que le decía a Manuel aquello de Sancho a Don Quijote, pero no es necesario que yo quiera decírselo, siento que él aprieta muy fuerte mi mano, y me dice: “camarada, nos vamos a tener que ir al monte, conforme están las cosas… deberíamos ser conscientes de que lo importante es UHP*”.

Manuel, tenemos que hablar de eso, nos vamos a ir juntos a Cantabria, tú has recorrido aquellos montes y quiero saber de ellos tanto como pueda. Manuel se adelantó, se fue a Cantabria, ... y se fue el 26 de Septiembre de 2017.

Conocí a Manuel hace ya muchos años. Soy …,¿Manuel de Cos eres tu?. Más allá de los saludos y el reconocimiento de la actividad de cada uno, él, fotógrafo, vegano, de gran fortaleza física, de hablar musical del norte, conocedor de la actualidad política general y local del entorno en que vivía. Le pregunté por sus recuerdos de juventud guerrillera, y en aquella primera conversación me relató:

 

Manuel de Cos: “Yo no fui guerrillero, fui enlace de los guerrilleros. Tendría que comenzar contando cómo entronco yo con las guerrillas. Yo tuve unos principios con la Revolución de Asturias. Yo no estaba en Asturias, estaba en una aldea de Cantabria, a 25 kilómetros de la raya de Asturias.

Recuerdo que un día estaba comiendo para ir a la escuela y me dijo mi padre: “Hoy no vayas a Barcequiné”. Barcequiné era un invernal donde mi padre tenía las vacas, mi obligación al salir de la escuela era ir a ordeñar una vaca y llevar la leche al cuartel de la Guardia Civil. En aquella región el único que vendía leche era mi padre, los demás tenían sus provisiones de sus ganaderías, y mi obligación era que al salir de la escuela ordeñase y llevase la leche al cuartel. Mi padre me dijo: “No vayas hoy a Barcequiné sin antes ir yo”. Pero me olvidé y salí de la escuela como siempre a cumplir con el trabajo. Me encontré todas las vacas en la puerta esperando que llegue el vaquero para meterlas, había una más noble que era la que yo ordeñaba. Tenía yo 13 años, 14 años. Y cuando me pongo a ordeñar la vaca, arriba en el pajar siento unas pisadas, cosa muy rara porque en Cantabria, en la cornisa cantábrica, yo no conocía zapatos, los zapatos no se conocían, eran escarpinillas, albarcas, y el escarpín es muy suave, no se siente. Al sentir unos pasos de unas botas me sobresalté y dejé el caldero bajo la ubre de la vaca. Salto a la puerta y me quedo observando, porque vi que bajaba por la escalera, había una separación de unos tabiques, no eran tabiques eran unos zartos, la separación de las cuadras, y observo que sale un hombre alto, en mangas de camisa, y en la cinturilla al lado un arma. Si yo nunca había visto un arma más que los fusiles de la Guardia Civil, los correajes amarillos aquellos, los tricornios, pero yo nunca había visto una pistola, un hombre de paisano con la pistola,…

Entonces, cuando yo vi aquello, no corría, trotaba como un gamo por un camino hacia el pueblo, a la aldea, y tuve la suerte de encontrarme en la mitad del camino a mi padre, que me tapó la boca y me dijo: “Cállate que es un amigo mío”. Regresé con él a la cuadra, me presentó, y con éste hombre viví unos cincuenta y tantos días en el pajar. Nuestra vida era normal, sin apariencias, lo que había sido siempre, ordeñar la vaca, ir a la escuela, y siempre la Guardia Civil me preguntaba si había visto, yo no recuerdo si decían bandoleros, siempre me preguntaban y yo a decir no por mi padre, denegaba. Una noche mi padre se fue con el hombre aquél con el que yo convivía, y mi padre tardó dos o tres semanas en volver; fueron por las montañas hasta que lo llevó a la frontera, creo que fue por Pamplona o por ahí. Tardó dos semanas. Aquél hombre venía de la Revolución de Asturias. Tardé unos años en saber qué era una Revolución. Yo había practicado en la escuela y los estudios de la escuela eran sumar, restar, multiplicar y dividir, y ya estabas apto para la vida, a guardar ovejas y a las faenas del campo.

Mucho antes de estallar la guerra mi padre recorrió los cinco continentes del mundo, navegó por los mares, fue minero, y cuando regresó de América se afincó en el pueblo de Puentenansa, en un balneario que arrendó, … y todos los días (aún existe, quiero hacer unas fotos) después de las faenas del campo, de las gallinas, de las ovejas, las vacas y todas esas cosas, mi padre en un encerado nos explicaba lo que era el mundo, los barcos, las ciudades, los trenes y todo eso, yo creo que lo hacía con la idea …, siempre le oí que la mejor profesión, la profesión más noble del ser humano era la agricultura, eso se lo oí yo muchas veces a mi padre, y con aquellas explicaciones que nos daba en el encerado creo que lo hacía para afincarnos a las ovejas, a las vacas, a las tierras, y en mí ejerció un impulso distinto, yo quería conocer esos barcos, esas ciudades, … yo que había nacido en una aldea no sabía lo que era un tren, lo que era … nada, pues a mí me aguijoneó. Cuando venía de la escuela a mi madre no hacía más que decirle “¡que me voy por el mundo!”, “¡que me voy por el mundo!”, y qué se yo lo que es el mundo, y mi madre me tiraba …, no había cocinas, en el suelo había un montón de leña y cogía verdaderos troncos ardiendo y me tiraba con ellos a dar porque la ponía loca, “¡que me voy por el mundo!”, “¡que se lo digo a tu padre!”, “¡que se lo digo a tu padre!”. Y tanto llegué a cansar a ésta madre que un día comiendo dice: “Éste mocoso, que me tiene loca, que se quiere ir por el mundo”; al recordar esto hago honor a mi padre, porque en aquella época los padres o te daban una bofetada y te mandaban a las ovejas, no dijo nada, dos días después me abrió la puerta y a correr por el mundo. No me lanzó así a la calle sino que él tenía muchas amistades y me gustaría, quisiera yo tener una fotografía del aspecto que yo tendría al montar por primera vez en el coche que se llamaba “La Cantábrica”, un coche de línea que bajaba por la mañana y subía por la tarde por aquellas montañas hacia la estación del tren en Pesues. Y al meterme en el tren yo no sabía dónde iba, iba con mi padre, pero él había hablado con amigos y ya me había buscado una colocación en Cádiz. Por el camino recuerdo que vomité, recuerdo que en aquella época todo el mundo se mareaba, el olor simplemente de la gasolina producía mareos y vómitos. Al llegar a la estación, en Pesues hay un túnel, estaba con mi padre en el andén y veo por un agujero, por un túnel, salir un aparato con una chimenea, chu, chu, chu, me agarré a mi padre y observé aquello que era el tren Oviedo-Santander por la línea esa de vía estrecha.

Me metí en el tren, en el tren venía un amigo que era de Meroyo, bajaba por la línea de Potes. Y nosotros bajábamos por el Nansa a Pesues, aunque está muy cerca una línea de otra, allí me presentó y me entregó. Tres días después de esto desembarcaba yo en Cádiz, con ese amigo. Recuerdo que me quitaba con la mano la carbonilla de los ojos y del cuello, porque en aquella época el aire metía el carbón en el tren, en los ojos,…

En Cádiz me puse a trabajar en un establecimiento donde había cinco dependientes, se llamaba “El recreo de Merino”. ¿En “El recreo de Merino” qué función era la mía?, era el chicuco, eran cinco dependientes internos, el trabajo allí era como el de las criadas, no sé cómo son las monjas, pero de allí no salía nadie. ¿Qué misión me encomendaron?, pelar patatas, tirar orinales, hacer las camas, matar chinches, los platos y todas esas cosas, y cuál no sería mi sorpresa de la libertad que yo tenía en las montañas a verme encerrado sin ver el sol ni nada, yo me encontré enjaulado: ¿ese era el mundo que iba buscando?. El mundo que me había pintado mi padre no era ese, era otra cosa que yo me había pintado y no pude plasmar en mi vida en Cádiz. Hablo del año 34-35, estuve un año en Cádiz. Cuando yo escribía a casa, entonces había un tintero y una pluma que aún hoy utilizo, como lloraba y las lágrimas caían y se corría la tinta, no recuerdo si mi padre al observar esas cartas comprendía porque estaban tan emborronadas.

Permanezco en Cádiz creo que un año. Yo que venía de la libertad estaba enjaulado, me sentía comprimido en aquel establecimiento. Recuerdo una cosa que caló en mí, creo que algo influyó aquél hombre que se guareció en el pajar conmigo.

En el establecimiento había un mostrador y las mercancías, el arroz, los garbanzos, todo eso estaba aparte, en un sitio que era como una bodega y daba a una calle, la calle Cervantes y Sagasta, hacía esquina, y allí “El recreo de Merino” tenía una ventana, y en la esquina había un vendedor de periódicos, ¿pero quién me dijo a mí qué es un periódico?, qué sé yo si yo vengo de guardar ovejas, aquél hombre que vendía periódicos los voceaba y sé que decía “¡Mundo Obrero!”, “¡Mundo Obrero!”, “¡Contra la explotación!”, ¿y yo qué sé lo que es la explotación?. Pero aquello parecía que estaba ligado a lo que  yo vivía en aquel establecimiento, y todos los días cerraba la puerta con un cerrojo y así el tiempo que duraba el vocear el periódico, la venta, yo atendía como un mensaje, un mensaje que me conformaba, sin saber lo que era la explotación parecía que era lo que me estaba ocurriendo.

Así transcurren unos meses y de los cinco internos que había le dije a uno que se llamaba como yo, gallego, que yo me quería marchar, que a ver cómo …, y dice, “imposible, hasta que no hagas un año no vas a poder salir”, y dice, “mira, yo te voy a preparar una coartada, cuando hagas la limpieza de la cocina y todo lo que tienes que hacer, rellenes las taquillas de los garbanzos y todo”, yo era la criada última, las camas, repito, lo que se me encomendaba, el dueño estaba siempre en la caja con una botella, estaba amoratado, debía estar alcoholizado, la botella le duraba dos días, “no le despiertes,” me decía mi amigo, “cuando veas que se despierta y coge el periódico, te acercas y le dices que quieres ir al cine infantil con el del Alcázar”, porque había un bar en la otra esquina que era íntimo amigo, “que vas a ir al cine.”

Tal y como me lo preparó el compañero fui y le pedí que me quería ir al cine con el del Alcázar. Me dio una moneda en plata de 50 céntimos, la primer moneda que yo recibí fue de 50 céntimos en plata, y salgo, y yo iba con el del Alcázar, había un cine que había una sesión infantil, los críos chillando y chillando, yo estaba desorientado totalmente. En el cine vi por primera vez “El gordo y el flaco”, y al volver me pidió la vuelta del dinero, el cine costó 15 céntimos y yo le devolví 35 céntimos.

Aquella salida influyó en mí y quise repetirla y volví a decírselo al compañero, pero me dijo, “olvídate, dentro de dos semanas te voy a preparar otra vez.” Y también me dejó salir, pero aquel día ya no hubo cine. Salgo andando por la calle, y yo que no conocía las ciudades, salgo andando por las calles de Cádiz sin saber dónde iba y llego a la calle Ancha, no sé cómo se llamará hoy, yo iba por donde iba la gente, y veo que en una calle, que sé que es la calle Arbolí número 5, había un arco, una puerta alta, y ponía “Casa del Pueblo”, y entré en aquel  patio y vi allí “Sindicato de ...” y me quedé sin entender aquello. Tengo que reconocer que en aquella época los sindicalistas estaban al servicio de la observación, y alguien me vio y me preguntó que qué hacía allí, que a qué pertenecía, y me subió a la oficina y me hizo una entrevista, me expurgó bien, estuve una hora con él, dónde estaba, de dónde era,… y yo no sé volver al establecimiento, no se volver y me mandó con uno para que volviese a la tienda.

Dos días después de este hecho se presenta. Estaba yo con una zaranda de lentejas para llenar de lentejas los mostradores, y entró un hombre que traía en el brazo un montón de sobres azules, y le entregó al dueño un sobre azul, y se fue, y al poco tiempo me llama el dueño y el encargado, “¿dónde estuviste tú el domingo?”, “pues en una casa”, “¿y con quién fuiste a esa casa?”,… otro interrogatorio. Desde aquel momento observo que me plantean dentro del establecimiento algo que veo raro. Aquella carta era una citación al patrón éste, del sindicato. 3 o 4 días después se presenta una persona, me llama y me dice que yo quedo excluido del sistema interno, que me han buscado una casa donde tengo que ir a comer y a dormir. Me trataron como mis padres, o mejor que mis padres. Me hicieron la advertencia de trabajar de las 9 hasta la 1, y desde ese momento no me dejaron tocar más trabajos, ni más camas, ni más orinales, ni más nada, un boicot total.

Todo esto transcurre en un par de meses, y un día se presenta otro individuo y me dice que por el tiempo que llevo ahí tengo 15 días de permiso, que si quiero volver a mi tierra. Cuando me dicen eso yo vi, vamos … salgo huyendo, y coincidió que salí con el del Alcázar, pero el del Alcázar era más valiente que yo, era de Panes, Asturias, el chaval aquél sí era más valiente porque … recuerdo que se revelaba más, yo no, yo confieso que estaba aturdido, él era muy respondón. Bueno, salimos para Santander y al llegar a Madrid, en la estación observamos movimiento, había estallado la guerra, esto fue el 13, el 14, ya había habido movimientos en Madrid, ya había habido jaleos en Madrid. Cuando llegamos a Valladolid entraron ya los falangistas y echaron a todos los hombres fuera del tren, y nosotros nos metimos en el wáter, y éste chaval cuando fueron a tocar en la puerta habló como una señorita. El último tren que pasó de aquí a Cantabria fue este. Metidos en el wáter  continuamos en el tren. Cuando llegue al pueblo mis padres y mis hermanos se quedaron sorprendidos.

Estaba mi padre segando un prado y por la carretera, como a 25 metros, iban seis individuos con pistolas al cinto, y le digo a mi padre, “¿pero quiénes son esos?”, y me dijo “cállate”. Aquella noche, aquellos pistoleros, aquellos hombres que llevaban las pistolas, fueron a por mi padre. No había luz eléctrica había un carburo, no habíamos encendido el carburo, estaba todo oscuro, yo veía a mi madre y a mi padre hablar y nosotros cinco hermanos, por allí, “¿qué pasa que es tan de noche?”. Totalmente en la oscuridad. A esto ladra el perro y preguntan por Donato, que era mi padre, y mi madre sale a una ventana y dice que no, que le estamos esperando, que está en Barcequiné. Abrieron la puerta y entraron, y mi padre, que estaba, se tiró por una ventana y se escapó, estuvo por los montes 2 o 3 días hasta llegar a Torrelavega. Decía que allí conocía a alguien, y fletó, organizó, cinco coches, recuerdo que iban con unas chapas, los coches iban protegidos con chapas y con escopetas, y regresaron al pueblo y cuando llegaron salía yo con un cogollo de hierva para las vacas, y siento una sirena, todo para mi eran sorpresas porque la sirena era como los zapatos, por primera vez en mi vida oía yo una sirena, luego vi unos coches que venían lentos y por las ventanillas sacaban los cañones de las escopetas, no eran fusiles, eran escopetas de caza, y veo que pasa uno y se para y en él estaba mi padre y me pregunta que qué nos habían hecho, le digo que no habían entrado, que habían registrado pero que se habían ido.

Mi padre continúa al pueblo de Cosio, que está a 1 kilómetro del lugar que estoy hablando, del balneario donde estábamos alojados, el propietario lo había alquilado. Tengo que manifestar que la guerra en Cantabria no se estableció ni en Santander, ni en Torrelavega, ni en Cabezón, iban a descabezar a mi padre, iban a por el minero, mi padre, allí empezó la guerra, en el pueblo de Cosio.

Se inició la guerra, mi padre se incorpora, fue del Comité de Resistencia en la retaguardia.

Termina la guerra. Se rompe el cinturón de Bilbao. Cuando yo me encontraba observando aquellos hombres que iban en retirada, un ejército en retirada es monstruoso, los muertos, los heridos, muchos descalzos, … Y al pasar un comisario que había me encañonó y me metió dentro del pelotón de aquellos hombres y me preguntó qué hacía yo allí, no supe que responder, y me llevó a Puente Nansa. Había otro comisario dando órdenes. Sentíamos los obuses pasar. Pregunta qué hacemos con el prisionero, sé que le contestó “llévalo para casa, no sé”. Cayó la noche y entre bombardeos y ametralladoras fue terrible. Me quedé en ese batallón y fui guía con ese mismo que me había detenido por los Picos de Europa, de allí a la Ermida y llegué a Cangas de Onís. En Cangas de Onís tenía un tío en Eléctrica del Viesgo, y allí me quedé 1 año. Mi tío, sospecho que teme porque los falangistas en Cangas de Onís revisaban a la gente extraña, por miedo o por precaución me dice que ya habían pasado los momentos más peligrosos y que me han llamado para la “quinta” y debía presentarme.

Regreso al pueblo de Rábago, me tallan, y el secretario dice allí, delante de los que habían ido conmigo a la escuela, que yo no era digno de ser español, cosa que yo no entendía en aquella época, yo procedía de una aldea de Cantabria, sin más principios que cuidar la ganadería, guardar las ovejas, … Al salir para la estación iba con un amigo que se llamaba Juan Vigil, y me dice: “Mira Manolo, yo llevo aquí un sobre que tengo que entregarlo en la caja de reclutas, que es algo tuyo”.

Ni a Juan ni a mí se nos ocurrió coger el sobre y abrirlo, yo no interpreté aquello como una amenaza, como una denuncia que se me ponía a mí. Llegamos a Santander y en la caja de reclutas en el Paseo de la Concepción, habría unos 2.000 reclutas que se incorporaban, y en una plataforma que había en una azotea sale un militar, un capitán, y “¡Manuel de Cos Borbolla!”, “¡presente!”, “¡suba!”. Al recordar esto parece que todavía siento las hostias, estuvo 10, 15 minutos pegándome delante de aquellas 2 mil personas. Lo que yo venía sufriendo con mi escapada en Cádiz, de aquel hombre que al ordeñar las vacas sentí, todo eso hoy es el día que no acabo de entender lo que estaba ocurriendo en mi vida. Me esposan y me llevan a la provincial de Santander, a la cárcel, y cuando pasaba por el Paseo Pereda las mujeres, sí, tengo que decir que las mujeres fueron valientes porque las oía decir “¿qué habrá hecho éste chaval?”, se metían con el soldado. En aquella época ver un chaval esposado era extraño. Permanezco en la cárcel aquella pocos días, quince, diez o así.

Una noche me sacan y me llevan con más presos a un tren, en un vagón, y me conducen sin que supiésemos dónde, después supe que era Bilbao. En Bilbao me sacó la Guardia Civil esposado y me metieron en Escolapios. Escolapios fue un centro penitenciario donde había 22.000 hombres. Iba con la Guardia Civil y en el centro del patio, con aquellas columnas, me quedé impresionado porque vi caras muy pálidas, con los ojos hundidos, y yo me quedé como si viese pinturas. Hubo uno que fue a dar los papeles que traía a la dirección y me meten en la cárcel aquella. Permanezco en la cárcel hasta mi condena a muerte. Tenía entonces 17 años. Estuve 29 meses, unos 30 meses. Un día me llaman, me llevan a la Audiencia, había muchas mujeres, o sea que fue una Audiencia Pública, cosa rara. Si valientes fueron las de Santander al verme conducido por los soldados las mujeres vascas eran más, me decían, porque decían, “¡Buen gudari!” “¡Gudari!”, e insultaban a la Guardia Civil, todo eso me quedó a mí grabado de la conducción. Cuando me pide el fiscal la última pena, la condena a muerte, yo estaba totalmente perplejo de lo que estaba sucediendo, yo no entendía nada, lo que sí recuerdo es la imagen de aquellas medallas militares de todo aquél tribunal que me juzgó.

Me meten en el calabozo de Larrinaga. Son las despedidas que hacían a los que iban a fusilar, con qué entereza, con qué ánimo se despedían aquellos hombres, “¡Viva la República!”, “¡Ánimo!”, palabras que aún sueño muchas noches, aún tengo sueños de rememorar aquellas vivencias que tuve en Bilbao. Otro día me sacan, yo no quería salir, me sacaron a rastras del calabozo, y me llevan en un coche de la Guardia Civil a la Audiencia, y había otro esposado como yo. Se sienta el Tribunal, hacen tres preguntas, y resulta que el expediente mío le habían mezclado con el de éste porque se llamaba igual que yo, el primer apellido también era Cos, el nombre también Manuel, pero el segundo no coincidía, los expedientes los mezclaron y éste hombre había sido responsable, había estado en el frente, yo no había estado en el frente, yo estuve con las ovejas, guardando ovejas.

Yo creo que soy el único español que del calabozo salgo a la calle. Aquel Tribunal, pienso si aún les quedaba un hálito de humanidad, en consideración a lo que se había hecho conmigo, que había sido un error,...y me dieron entre todos los militares 3 o 4.000 pesetas, en aquella época era mucho dinero, y me extendieron un documento, una credencial que, entonces había que andar con salvoconductos, lo supe luego, para andar por el país cántabro, que fue la última provincia de España que estuvo en estado de guerra. Y cuál no sería mi sorpresa que al salir a la puerta yo creí que algo había pasado con la Ley de fugas, en el centro del patio vi un montón de gente, allí había ocurrido algo, era mi madre que había ido con documentos, porque había denuncias que pesaban sobre mí de que yo había sido profanador de iglesias, incendiario, y un montón de invenciones, y mi madre cuando se enteró de esto, a través de una tal Fermina, esa Fermina, si yo tuviera dinero le haría un monumento por los favores que hizo a los presos,... pues mi madre cuando llegó a entregar los papeles dijeron que yo no estaba, y le dio un ataque porque creía que me había matado, yo me enteré más tarde.

Tengo que añadir que el pueblo vasco estaba organizado internamente en la cárcel y en el exterior, y yo tenía unas chicas por medio de las cuales recibía ropa y cestas de comida cuando había permisos. Si sabía que mi madre no podía mandarlo, ¿quién mandaba eso?: bueno, pues era una organización vasca que había asignado a cada preso unas chicas, y mi madre ya había tenido relación con eso. Cuando me comunicaron la pena de muerte ésta chica comunicó a mi madre lo de la iglesia, y mi madre fue donde el cura. No tengo nada que ver con las religiones, soy ateo, no pude dar un abrazo a éste cura que fue con mi madre a La Berzosa, al balneario ese. Allí había una iglesia. Mi padre me dice un día: “coge un baúl, baja todas las imágenes con cuidado, las pones hierba y después las metes…”, tal como me dijo mi padre lo hice. Ni mi madre lo supo ni lo supo nadie, eso pasó, y al llegar las fuerzas que llaman los nacionales se encontraron desvalijada la capilla y me acusaron de que había sido el que las incendió, y yo fui el que las protegió, y entonces mi madre, que no sabía nada de esto fue con el cura y revisaron y encontraron eso, y el cura certificó que no solamente no había incendiado sino que las había protegido, ese documento fue el que llevó.

Salgo de la cárcel y al llegar esa noche con la gran noticia, los familiares y todos, nadie se acostó, y a las 7 de la mañana se presentaron 2 falangistas, un tal Lolo y El manco de Cades. Me quitan el documento y me mandan otra vez a la cárcel. No pude recurrir a ese tribunal que me había dicho que si alguna vez se metían conmigo que recurriese a él, ¿y cómo voy a recurrir si ya no tengo el documento?. Es la segunda tragedia, me mandan a Santander y allí había un campo de concentración en La Magdalena; allí había vascos, asturianos,… permanecimos allí 10 o 15 días.

Una noche nos meten en vagones completamente cerrados y no sabemos dónde vamos. Llegamos a Miranda de Ebro y nos sacan. La peste, el hedor, las heces, nos orinábamos, todo era dentro del vagón; eso hay que vivirlo para comentarlo. Y en este campo de Miranda de Ebro tengo contacto con las Brigadas Internacionales, había muchos de las BBII, ¿qué se yo lo que son las BBII?, si yo estoy analfabeto de todo lo que me está ocurriendo. Yo vi allí matar a palos a unos rusos, unos chavales, horrible, lo de Miranda de Ebro fue tremendo. Allí permanecimos 10 o 15 días. Todavía hace 1 año alguien de Miranda de Ebro supo que yo había estado en ese campo y me mandó una carta…, que si yo había conocido a un fulano, a un jefe de allí, le dije que no, tengo las cartas que me pide datos de mi estancia, yo le respondo que no recuerdo los jefes, que yo fui de tránsito y se lo que vi.

Otra noche nos meten en vagones y desembarcamos en Madrid a altas horas de la noche, en las mismas condiciones, nos pasan por la Estación del Norte, no de Chamartín, del Norte, por el sur de Madrid, y nos llevan a la Universidad Miguel de Unamuno, ahí en Legazpi, y ahí se formó el Batallón 91, batallón de penados, en el gorro ponía una T, y atrás en la chaqueta una P, Trabajador Penado. Se forma el batallón y nos arengan allí de forma horrible, el capitán o el comandante recuerdo que nos dijo: “¡Van ustedes a pagar los crímenes cometidos,… han comido carne de cura!”, eran cosas tremendas. Arranca otro tren en las mismas condiciones, mucho peores, de Madrid al sur, el calor, debía ser en verano, en mi vagón murieron uno o dos y de allí hasta el Castillo de Santa Catalina murieron 10 o 12 que yo sepa. Al llegar a Baeza paró el tren en una vía muerta y con las gomas enchufaron para baldear el coche y la mierda. Los que tuvieron la desgracia de parar frente a otro de mercancías precintado quitaron los precintos e iba cargado con sardinas arenques, tabales, y el que comió sardinas arenques murió porque comió todas las que pudo y la sed, bueno ...Yo no alcancé a las sardinas. Llegamos a Cádiz, y en Cádiz nos meten en el Castillo de Santa Catalina.

 

CONTACTO, ENLACE, GUERRILLA.

 

Llego de Tenerife en el año 43 a Rábago, mi pueblo natal, y un tío mío viene por la mañana y me dice: “Anoche han estado aquí 20 hombres y quieren hablar contigo, te han citado en el monte”. Y fui y conocí a 2 ó 3, eran Ceferino Machado y Juanín. Entro en contacto con ellos, entran mi madre y mis hermanos todos eran los que suministraban los víveres. Había que hacerlo con mucha discreción porque cuando se iba a comprar a las tiendas no se podía comprar diez cajas de eso porque era una pista que se les daba, esa cantidad para quién era.

El tío que tenía en la Electra del Biesgo, al saber que estaba liberado de las cárceles, me ofreció una colocación en la Electra, y desisto, me busca una en Santos del Nansa, y también la deniego, quería correr otros cursos. Pedí dinero a un vecino y me dio 200 pesetas y me fui a Madrid; dejo ya a mis hermanos en contacto con las guerrillas y me incorporo a la vida civil. Al llegar a Madrid me entero de que Eloy Díaz Cuevas se había instalado en Vigo, en casa de un pariente, Herminio Puertas, estaba en un almacén de bisutería. Almacenes Tobaris, de Vigo. Fui a Vigo y me dan como trabajo viajante de comercio el País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia, eso me permite estar en contacto. Al llegar a Bilbao hablo con los de Baracaldo, las chicas aquellas me hablanron de un almacén, de tiendas, o sea entré en una relación muy estrecha con todos los que habían estado conmigo en la cárcel, con familiares y con una gran red, desde Irún, Fuenterrabía, Tolosa, conozco todos esos pueblos …

Siempre que fui a hacer una oferta de lo que yo representaba, echaba el catecismo que había aprendido, la retahíla, “soy representante de tal, abra usted el muestrario”, ... y siempre, una vez que me compraba, mi tema era hacia la cárcel, y tengo que decir que el 80% de los comercios que visité eran de izquierdas en el País Vasco. Eso me permitió tener unos documentos de la casa para andar por la frontera, eran muy especiales, sobre todo los de la frontera Navarra e Irún, porque ahí había mucha evasión hacia Francia, había mucha gente que se escapaba por ahí.

Entro en contacto con mi familia y recibo la noticia de que un yerno que tengo se tiene que ir al servicio militar, en el Ferrol deserta y se incorpora a las guerrillas, creo que tengo la carta, tengo que buscarla.

San Sebastián fue la primera capital  donde entré como viajante de comercio. Tengo que añadir una cosa muy curiosa, qué nerviosismo llevaría yo que entré en un establecimiento, “Buenos días”, le contaba la historia, “mire soy de la casa tal y tal”, “pues mire eso no lo trabajamos”, y este establecimiento tenía una entrada por una calle y otra por otra entrada por otra, y salgo de aquí y me meto por allí y se echaron todos a reír, y eso recuerdo que me produjo una vergüenza ...y digo “pues esto ya no se repite, ahora voy a coger esta acera hasta allá, y después paso …”.

El recorrido que yo hacía, País Vasco: Vizcaya, Álava, Cantabria, Asturias, en todas partes tenía noticias y mensajes. En una parte recogía pistolas, las tenía que entregar en tal sitio, en otra recogía munición. Podía moverme con aquellos documentos que llevaba y todavía no había sido perseguido, vigilado por las fuerzas nacionales. Yo todavía no estaba organizado, yo me mantenía por el contacto de esa visita que hicieron los guerrilleros al pariente mío. Al estar mi hermano ahí yo iba a esa zona de Cantabria. Cada vez que llegaba ahí me detenía la Guardia Civil en el pueblo de Rábago. Los destacamentos que había allí persiguiendo a los guerrilleros, siempre que iba, como mi hermano estaba en el monte, me perseguían, me detenían horas amenazándome. Eso duró año y medio, hasta que detuvieron a mí madre, habían pegado a mí madre, habían pegado a mis hermanos, … bueno eso no quiero ni rememorarlo, porque no comprendo cómo los seres humanos, habiendo padecido tanto, tanta represión, se me niega hoy, quieren olvidarlo, están atemorizados, no quieren hablar, eso para mí es inconcebible. Tuve ocasión de hacer un vídeo a 10 o 12 mujeres que les cortaron el pelo al cero, y se me negaron, y eso a mí me ha dejado confundido. Qué represión tan brutal ocurrió para que aún hoy, 70 años después la gente aún siga teniendo miedo, cuando la persecución que se hacía a las familias, a mi madre, a muchas, muchas familias de Cantabria, se descompone.

Ya habían matado a Ceferino Machado, a Juanín. Antes de eso les propuse llevarlos a Francia, yo tenía facultades, yo lleve a 32 a Francia. El primer grupo fue mi hermano, la compañera que estaba con él, fueron tres. Primero había pasado a otro amigo que estaba muy perseguido en Cantabria. 2, 3, 4, y muchos de ellos no los conocía. Yo llegaba, tenía un mensaje en el Hotel Lasa, Helena, era la regente del hotel, había 6 u 8 chicas, donde paraban todos los viajantes de España en San Sebastián. Ésta chica ya me la habían presentado y tenía confianza, y ella me comunicaba que habían llegado dos personas, y esa habitación no se la dejaban a nadie, hasta que no llegaba el que los tenía que llevar quedaban encerrados en esa habitación, y ahí estuvo mi hermano. Las llaves las tenía Helena y en esa habitación no entraba nadie, ni el dueño del hotel lo sabía. Duró esto hasta el 46, en el 47 llevé los últimos.

Como yo tenía un contacto con el comercio siempre toqué el problema social, me permitía esta confianza el que yo había estado preso en Bilbao, y muchos comerciantes tenían parientes que había estado presos. En San Sebastián, pasado el puente del Cursal había una perfumería muy importante, tuvimos tanta confianza que me presentaron a un tal “Pachi”, que era el que pasaba la gente a Francia, previo pago, él cobraba.

Me encontré un día en Santander, iba a ver a Presmanes, una joyería. Yo vendía bolitas de oro y calamitas de oro, y con Gonzalo, de Presmanes, tenía relación. Iba yo por el Paseo de Pereda y me llamó “¡Manolo!”, “¡Manolo!”, “no mires, no mires, metete en el portal”, me metió en el portal y llega un hombre llorando: “Perdóname que hemos cometido una indiscreción. Ahora mismo te tienes que marchar. Estando en Torrelavega, en un bar, llegó un amigo que venía porque le había maltratado la Guardia Civil, y me dice que quería marcharse a Francia, y le dije que tenía un amigo que te va a llevar a Francia en el momento en que se lo comuniquemos” -recuerdo lo que decía Dolores Ibárruri: “Las paredes oyen”-, “bueno, pues entró uno, tomó un vaso de vino, había una bicicleta, oyó algo a éste, desarmó la bicicleta, hizo que arreglaba un pinchazo, ellos no se dieron cuenta, y cuando salió fue a la comisaría a denunciar: “en tal bar hay un hombre que habla que lleva la gente a Francia”. Entonces viene la policía, coge a éste, que era el padre de Eloy Díaz Cuevas, de Vigo, que había estado conmigo en Tenerife, y le dicen: “Busque a ese amigo que lleva gente a Francia, le damos ocho días de plazo para que nos traiga a ese amigo”, le dieron, creo, dinero. En la tarjeta que le dieron yo escribí: “Yo, Manuel Cos, comunicado por éste señor, me voy a presentar a las 4 de la tarde en la comisaría”. Era en Torrelavega. Fui donde Presmanes y le dije: “Te dejo el muestrario, tengo que ir ...”, no le dije a qué. Entro en Torrelavega y mi gran sorpresa fue que había un montón de policías, me pasaron a una sala y vi que tenían las fotografías de todos los guerrilleros. Entré a las 4  de la tarde y eran las 2 de la mañana y estaba declarando. Ellos trataban de buscar las contradicciones, pero creo que yo tenía una gran facultad para zafarme de esas presiones, porque en el País Vasco se pasaba gente por Portugalete, las barcas, por Motrico, por todos los puertos, yo tenía contactos y sabía por dónde iba la gente, y yo me aferré a que mi hermano fue por el puente de Portugalete, que pagué tantas pesetas en el bar La Oficina. La policía sabía que en ese bar se pagaba. Yo mantuve una postura firme en un itinerario que lo dieron por válido, y no fue por ahí, mi hermano pasó por el Puente Internacional de Irún, pasaron 23 personas que las pasó Pachi. ¡Qué contactos tenía Pachi que con un coche oficial, con una placa de embajada pasaba el puente!. Yo me pregunto ¿con quién estaba relacionado?, eso es una incógnita para mí. Tal fue la amistad que yo tome con Pachi, con esa familia y con todo el País Vasco. Pachi pasaba gente y seguía a París, cargaba el coche con perfumes de Dior y llegaba a Madrid, y en la calle Embajadores que vivía yo, paraba el coche con la placa, y digo “¡Pachi!, que están mirando el coche”. Dejaba 8 o 10 maletas en mi casa y las repartía él en las grandes perfumerías de Madrid. ¿Quién apoyaba a Pachi?, ¿qué oficiales había enredados en ese manejo?.

En Torrelavega, en el interrogatorio, a las 3 de la mañana todos se ponen firmes y entra un personaje, si me lo presentan 2 veces tiemblo, tenía la cara desfigurada, un “carácter” chino, o era enmascarado o algo así. Yo recuerdo que estaba sentado y para no temblar me apretaba la pierna con las manos. Cuando entré en el calabozo tenía húmedo el pantalón, había clavado las uñas en la carne a través del pantalón. En el calabozo estuve 13 días.

Tengo que ir a Torrelavega para hablar con una mujer que aún vive, fue la que me llevó comida a la cárcel. Yo fui el último preso que hubo en Cantabria por esas circunstancias. Cuando salí me obligaron a, si entraba en Unquera a ver a un cliente, la primera visita era al cuartel de la Guardia Civil, si iba a Llanes... a la Comisaría, si iba a Ribadesella..., la primera visita estaba obligado a presentarme en la Comisaría de policía. En la comisaría de Vigo yo estaba el 3º en una lista que tenía la policía. Allí, en Vigo, conocí a un policía que colaboraba. En Coruña, en el Hotel España, había un camarero que era muy comunicativo, siempre estaba hablando, entrabas al comedor y decía: “Qué habrá comido éste que le está buscando la policía”. Nadie hacía caso porque siempre estaba hablando, y es que entonces había estraperlo y los viajantes que hacían la frontera de Portugal compraban 2 kilos de café para casa, no para comerciar; si ibas a Vitigudino comprabas porque era más barato, y “qué habrá comido éste que le busca la policía”, y me dice que había estado la policía, que con quién había estado en la habitación, que había un seguimiento mío por todas partes. Yo pasaba todo lo que me dejaban, si me daban un paquete sé que eran pistolas, en Cangas de Onís pistolas para otros que se habían incorporado. Hubo un sabotaje en Santander, uno o dos. Dice mi hermano que también intentaron los guerrilleros matar a Franco en un pozo de salmones, que no se llegó a ejecutar porque ocurrió algo y no llegó la dinamita.

Yo recibí una llamada de Ramón Arce, uno de los del barco de Cádiz que seguíamos relacionados, y fui a Torrelavega, a Polanco, y me dice que hay que derribar todas las torres de alta tensión, que viene Franco, venía a pescar, que había que dejar sin luz Vizcaya, Asturias y Santander. A nosotros nos había tocado el que hacía Torrelavega con Asturias, y de ahí se pasaba hacia Solares y Laredo. Se organizó Ramón, yo siempre a lo que me mandaban. Más valía que no lo hubiésemos hecho. No sé lo que es una bomba nuclear, pero se lo que es tirar una columna de alta tensión, se iluminó la tierra, una explosión como una bomba nuclear, es indescriptible lo que vi, ni el sol, no hay luz…, y no nos electrocutamos…, no se puede hacer eso sin conocer lo que es la corriente y la fuerza que tiene. Yo recuerdo que vi a Ramón en el aire, después vienen las consecuencias.

Otra vez Ramón me camufló, me buscó unas albardas, un pantalón roto, una chaqueta rota, una colilla en la boca, una gorra, una cesta de huevos de esas que tienen una asa y abren a los lados, que todavía cuando las veo quiero comprar una, y ahí puso cebollinos, berzas, plantas, y 200 balas dentro de las raíces, porque no había plásticos, con hojas de berzas que son más anchas y con unos juncos, no había cuerdas, las ató ... y al mercado de Torrelavega cuando estaba toda la policía. Me vieron y yo pasé, en vez de ir al mercado me metí en el tren, y cuando llegué a Pesoes tenía una bicicleta escondida en un bardal. Coloqué las berzas aquellas en el sillín y las carreteras estaban llenas de baches, y llegué a un pueblo que se llama Muñoz Rodero en el que había una romería como a 500 metros; en el camino había una pareja de novios y en un bache se rompe aquello y salen las balas, todavía las veo rodando por la carretera. Cuando lo recuerdo me entra temblor. La primera idea fue echar a correr al monte, entonces observo que viene aquella pareja y empiezan a recoger balas y dicen “dónde las ponemos”. Años después ella riéndose me decía, “Manolo que lo parlo, que lo parlo”.

Yo estuve de enlace hasta la muerte de Juanín. A Paco Bedolla lo mataron en Castro Urdiales. Pase una tarde con él, el día que se iba a marchar estuvimos juntos ahí en Fuencarral. Yo había recibido de Juanín una nota, y cuando le propuse llevarlo a Francia dijo que no, se negó. Pasé a mi hermano y a mucha gente que no conocía, conocía a 6 u 8, los demás eran desconocidos, y ellos tampoco me conocían. En el 46 llevé a mi hermano y estaría 1 año más. Después, un día abandoné el viaje y me quedé en Madrid y nunca más me volví a presentar a la policía.

Unos años más tarde supe que aquél hombre de Barcequiné que venía de la Revolución de Asturias se encontró a un pescador al caer la tarde -estaba prohibido, cuando cae el sol había que dejar de pescar, las truchas saltan a coger los mosquitos, ese hombre era habilidoso y no había tanta vigilancia de guardarríos- y se le acerca y se da a conocer, y el pescador le dice: “quédate aquí que voy a buscar a unos amigos”, y él pensó “éste va a buscar a la Guardia Civil”, y en lugar de quedarse allí se fue más lejos. Éste hombre va a casa de un socialista, José Ramón García, la pregunta que le hizo el socialista al pescador fue: “¿Qué botín trae?”. Si yo tuviese dinero al pescador le hacía un monumento, por lo humano, me decía, “Manolo, me dio tal coraje, tal repugnancia, que no le dije nada”. Cuando le dijo eso se fue, empezó a dar vueltas por el pueblo y pensó en mi padre y fue en su busca, venía de las vacas, y cuando le contó ¿qué le dijo mi padre?: “¿Dónde está ese hombre, que hay que salvarlo”. Dos socialistas, uno: “¿Qué botín trae?”. Y otro: “Dónde está ese hombre, que hay que salvarlo”.

Eso se me gravó a mí como algo humano, como algo que va conmigo, eso es lo que te forma. Quise saber dónde está enterrado ese hombre, me dijo un pariente dónde se encuentra, y quería yo hacerle una mención, por lo menos mención de que esto merece recordarle por el gesto que tuvo. Aquél otro, luego, también traicionó a mi padre.

 

*UHP, Unión de Hermanos Proletarios.

 

Manuel de Cos Borbolla, compañero, hermano, camarada, no se muera vuestra merced, vámonos al monte como tenemos concertado.

 

Ramón Pedregal Casanova es autor de los libros: “Gaza 51 días”, “Palestina. Crónicas de vida y Resistencia”, “Dietario de Crisis”,  “Belver Yin en la perspectiva de género y Jesús Ferrero”, y “Siete Novelas de la Memoria Histórica. Posfacios”. Presidente de la Asociación Europea de Cooperación Internacional y Estudios Sociales  AMANE.  Miembro de la Comisión Europea de Apoyo a los Prisioneros Palestinos.

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