Jesús Arboleya Cervera - Progreso Semanal.- Coincidiendo con el debate respecto a la necesidad de promover el diálogo entre los cubanos, la editorial Ocean Sur acaba de presentar el libro Cuba y su emigración. 1978: Memorias del primer diálogo, una compilación llevada a cabo por el investigador Elier Ramírez Cañedo, contentiva de documentos, testimonios y análisis relacionados con el llamado Diálogo con figuras representativas de la comunidad cubana en el exterior, celebrado a finales de 1978 en La Habana.    


Al mismo concurrieron unos 140 emigrados cubanos, en su mayoría procedentes de Estados Unidos, y su principal resultado fue establecer un cambio radical en la política cubana hacia la emigración, así como propiciar un tratamiento distinto de este fenómeno hacia lo interno de la sociedad cubana, con repercusiones que llegan hasta nuestros días. En tanto Fidel Castro fue la persona que ideó y condujo esta actividad, vale la pena que analicemos algunas ideas y normas que propuso para su implementación.

La convocatoria sorprendió a todos, parecía una misión imposible, dado el nivel de contradicciones existente entre los potenciales participantes. La emigración había servido como base operativa y social de los planes norteamericanos contra Cuba, por lo que la condición de emigrado se identificaba con la traición a la patria y una absoluta incomunicación existía entre ambas poblaciones. Bastaba que una persona tuviese relaciones con un familiar emigrado, para que fuese demeritada su condición de revolucionario.

Como era de esperar, la primera reacción de la mayoría del pueblo cubano fue de rechazo al encuentro y sus resultados, que incluyó entre los principales acuerdos autorizar las visitas de los emigrados a Cuba, suspendidas por los gobiernos de Cuba y Estados Unidos hacía más de 20 años, así como la liberación de 3600 presos por delitos contrarrevolucionarios.

Sin embargo, para Fidel Castro, “captar a los adversarios” constituía un principio doctrinal de la estrategia revolucionaria e igual defendió su aplicación en este caso. Fue necesario convocar una reunión en el teatro Karl Marx, el 8 de febrero de 1979, para explicar los resultados de este encuentro a dirigentes y militantes de todo el país. Fidel les decía refiriéndose al cambio de política adoptado: “(Los) yanquis son los que están más preocupados; y en segundo lugar, los extremistas de allá. No voy a decir los extremistas de aquí, para no confundir los confundidos con los extremistas”. 

A la reunión asistieron “figuras representativas” de todas las tendencias políticas de la emigración, desde una izquierda que se declaraba socialista hasta conservadores de diversos signos, también antiguos invasores de Playa Girón y expersoneros de la dictadura de Fulgencio Batista. Los únicos que no fueron aceptados fueron los líderes de las organizaciones contrarrevolucionarias activas, las cuales emprendieron una brutal campaña terrorista contra los llamados “dialogueros”. Carlos Muñiz Varela, Eulalio Negrín y Luciano Nieves, personas provenientes de diversas tendencias políticas, fueron los mártires de esta cruzada.

Más de cien mil emigrados visitaron el país en 1979 y ello tuvo una profunda repercusión, tanto en Cuba como en la emigración. A partir de criterios bastante simplistas, ajenos a una mejor lectura de la realidad nacional, algunos achacaron los hechos del Mariel, ocurridos un año más tarde, a la apertura de las relaciones con la emigración. Sin embargo, Fidel había alertado sobre la complejidad de la política emprendida y sentó pautas para el tratamiento estratégico del fenómeno.  En la reunión antes citada decía:

“(Una) política de guerra siempre suscita más emociones (…) muchas veces una política de paz es más difícil de elaborar, de entender (…) Si lo que deseamos con toda nuestra alma es que desaparezca el capitalismo y el imperialismo, y tenemos sin embargo que hacer política de coexistencia pacífica, porque es la única que se puede hacer (…) el socialismo la tiene que hacer y la tiene que defender”.

Seguía Fidel en su discurso ese día: “No concibo al revolucionario en estado de asepsia pura, ¡no lo concibo! (…) como si un revolucionario verdadero pudiera temer el contacto ideológico, la confrontación y el contacto (…) y creyéramos que nos vamos a enfangar todos por eso. Quizás brillemos más, quizás podamos decir más legítimamente que somos puros.

Otra premisa del diálogo establecida por Fidel fue definirlo como un “problema nacional”, que no podía ser objeto de negociaciones con el gobierno de Estados Unidos: “esa es la posición básica”, decía en una conferencia de prensa previa al diálogo, celebrada el 6 de septiembre de ese año en La Habana.

También colocaba a la cultura nacional como el centro aglutinador de la convocatoria: “No importa lo que sean, si es un millonario en la emigración o es un trabajador cubano en la emigración (…) no se trata aquí de un problema de clase, es un problema de tipo nacional (…) Y eso lógicamente despierta la solidaridad nuestra (…) No importa que ellos no simpaticen con la Revolución, pero a nosotros nos satisface saber -y lo vemos, lo comprobamos- que la comunidad cubana trata de mantener su idioma, sus costumbres, su identidad nacional cubana”.     

El “diálogo” se llevó a cabo contra los dogmáticos de entonces, que arropados en una engañosa intransigencia revolucionaria, no dejaron de ponerle zancadillas. Su éxito, capaz de sobreponerse a todos los avatares que ha tenido que enfrentar esta política, radicó en la legítima amplitud de la convocatoria, así como en la construcción de una agenda que respetó los diversos criterios e intereses allí representados.

La experiencia de esta reunión sienta pautas sobre el diálogo posible, incluso entre contendientes políticos muy diversos, ya sean emigrados o vivan en el país. La línea de demarcación es la defensa de la soberanía nacional. Incluso aquellos que no son socialistas, pero son patriotas, seguro reconocen la validez de que “esa es la posición básica”, tal y como ocurrió en 1978.

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