Nota introductoria: En realidad, para que la democracia pueda ser asesinada primero tiene que existir. Y ésta no ha existido en este engendro que llamamos España, al menos desde que Francisco Franco derrocó al Gobierno republicano legalmente constituido. Muerto el dictador, a la democracia tampoco se le ha visto por ninguna parte, ya que el llamado régimen de 1978 no es otra cosa que el de 1939 en versión actualizada, pero con las mismas y perversas pretensiones.


Paco Azanza Telletxiki - Cubainformación - Baraguá.-  Ejemplos que certifican ésta afirmación existen por doquier. Uno de ellos es que, hasta hace pocos años, el jefe del Estado ha sido Juan Carlos I de Borbón, quien fuera preparado e impuesto por el golpista y dictador anteriormente citado. Ahora, con el único “mérito” de ser hijo del emérito, dicha jefatura la ostenta Felipe VI. El pueblo nunca eligió a ninguno de los dos.

Pero el caso que quiero subrayar en estos momentos es el de Pablo Hasel. La (in)Justicia del Estado español ya ha decidido encarcelarlo. Se dice que le han condenado por injurias a la monarquía, cuando en realidad lo único que ha expresado el cantante, a ese respecto, son verdades como puños que ya todo el mundo conoce. ¿Puede una democracia permitir semejante atropello?

También han esgrimido otros ridículos argumentos para enviarle a prisión. Sin embargo, lo cierto es que a Pablo Hasel lo han condenado porque es un militante comunista activo y consecuente y lo que ello supone para un sistema que se autodenomina democrático pero que, en realidad, está altamente dañado por la carcoma del fascismo.

Hasel hoy es ejemplo y, quienes ostentan el verdadero poder, pretenden con su encarcelamiento advertir de lo que les puede pasar a quienes osen seguir su camino.

El cuento que añado a continuación (La democracia asesinada) fue escrito y publicado en algunos medios hace unos años. Hoy le vuelvo a abrir la ventana para que se de una vuelta por ahí, para que salga volando y muestre mi modesta solidaridad con el compañero Pablo Hasel.

La Democracia asesinada

“Pienso que no puede existir la verdadera democracia en medio de la desigualdad social, en medio de la injusticia social, en medio de sociedades divididas entre ricos y pobres.

Creo que sólo puede existir democracia en el socialismo, y creo que la forma suprema de democracia será el comunismo, y a eso no hemos llegado […]

Diría que la sociedad capitalista nunca podrá ser democrática, porque es la máxima expresión de la lucha feroz entre los hombres, la máxima expresión de la falta de igualdad y de la falta de fraternidad entre los hombres. Por eso digo y sostengo que no concibo la democracia dentro del sistema capitalista, y que sólo concibo la democracia dentro del sistema socialista”.

—Fidel—

Hace unos días me topé con la Democracia. Vestía harapos y la vi extremadamente delgada, pálida y ojerosa. Miraba con cierto desespero en el interior de un contenedor de la basura, probablemente en busca de algo que llevarse a la boca. Pero la búsqueda resultó infructuosa: ni los desechos alimenticios de los “demócratas de toda la vida”, siempre tan abundantes, estaban al alcance de su mano.

Se fue del apestoso lugar. La seguí preocupado y procurando no ser visto, y, tras caminar durante un kilómetro aproximadamente, se detuvo casi de repente ante un flamante edificio. Era el “Palacio de Justicia” lo que teníamos enfrente. Al menos así informaba el rótulo situado junto a la puerta principal, aunque una mano anónima y ocurrente se había encargado de contradecir dicha información, añadiendo delante de la jota de Justicia una “i” y una “n”, de modo que a partir de entonces realmente se leía: “Palacio de inJusticia”.

La Democracia sonrió ante el hallazgo. Aunque muy débilmente, fue la primera y única vez que le vi mover positivamente sus músculos faciales. Y siguió caminando…, y yo detrás, como si de su alargada y delgada sombra se tratara.

Cruzamos la ciudad entera bajo un silencio casi absoluto. De pronto, la Democracia volvió a interrumpir su marcha. En esta ocasión lo hizo frente al Hospital Provincial. Se quedó inmóvil durante un buen rato, cabizbaja, pensativa… Hasta que finalmente comenzó a andar, para rodear todo el edificio y entrar a sus entrañas por la puerta de urgencias.

Un largo pasillo le llevó al pie de un mostrador, donde fue atendida por una trabajadora administrativa. De allí fue enviada a la sala de espera y, finalmente, llegado su turno, entró a la consulta del galeno.

—Siéntate —le pidió amablemente el médico de guardia—. Primero vamos a rellenar esta planilla —añadió señalando a un papel que reposaba sobre la mesa.

—Mi caso es grave, doctor, ¿no podemos prescindir o dejar para el final el protocolo?

—No te preocupes, que lo resolvemos enseguida. Dime, ¿cómo te llamas?

—Me llaman Democracia.

—Democracia ¿qué?

—Democracia Representativa.

—Anjá. ¿Cuántos años tienes?

—No sé, dicen que cuarenta y dos.

—¿Dicen? ¿Quiénes dicen?

—Mis supuestos padres.

—¿Supuestos? —el médico comenzó a extrañarse y frunció el ceño.

—Es que me atribuyen tantos que una no sabe.

—¡Qué cosa más rara!

—Y tanto.

—Vamos a ver, Democracia, ¿laboras en alguna empresa expuesta a productos tóxicos?

—Expuesta a productos tóxicos me he pasado toda la vida: fascistas sin careta, con careta, defensores míos que son todo lo contrario…, en fin, la lista es larga, pero la cruda realidad es que no trabajo. ¡Y mira que tengo ganas, muchísimas ganas, compañero.

—¿Estás desempleada?

—No he trabajado nunca.

—¿Y eso?

—En los países capitalistas la democracia nunca tiene trabajo, no puede tener trabajo y, aunque siempre está en boca de todos, todos los que tienen posibilidad y obligación de procurarle empleo se olvidan de ella, nunca le facilitan el acceso a su legítima y necesaria actividad laboral. Más bien todo lo contrario. Como no les interesa mi real existencia, porque de mi misma estoy hablando, se empeñan en matarme de hambre, en reducirme a la más mínima expresión pues, ya se sabe, en tan deshumanizado sistema es el interés personal de una exigua minoría lo que impera. Mira qué flaca estoy.

—Ya lo creo, casi ni se te ve —dijo impresionado el de la bata blanca—. No eres más que un amasijo de huesos y piel.

—Lógico, si a duras penas existo.

—En fin, vamos a dejar el formulario a un lado. Dime, Democracia, ¿qué es lo que te pasa, te duele algo?

—Todo, doctor, ya se lo he dicho, el cuerpo entero. Y mi cura sólo pasa por recuperar de manera efectiva el apellido que realmente me corresponde…

—¿Cuál? —interrumpió intrigado el médico.

—Participativa. Mi verdadera identidad es Democracia Participativa, y no Representativa, ya que el apellido impuesto suena muy bonito, pero no es más que un sucedáneo que, como ya he dicho, sólo representa y sirve a una opulenta minoría. Quiero que todo el mundo participe en la construcción del sistema que elija —obviamente el socialismo, porque otro sistema nunca le permitiría su estrecha participación—. Quiero que los que dirijan sean realmente los representantes que el pueblo haya propuesto, primero, y luego elegido; que, además, éste controle a aquellos en todos sus actos a través de periódicas rendiciones de cuentas; que, durante las legislaturas, mediante asamblea popular los electores puedan revocar los mandatos de quienes consideren que no cumplen correctamente con el trabajo encomendado, y, por supuesto, puedan participar en la elaboración y aprobación de todas los movimientos o cambios más importantes que se acometan. Quiero y debo ser útil, en definitiva, a todos los habitantes del mundo, y no sólo a unos pocos cínicos y egoístas privilegiados. Ese debe ser mi trabajo, esa es la esencia de mi existencia y no otra. Han tratado de matarme de hambre, insisto, y de muchas cosas más, pero de momento no lo han logrado del todo. Y es que, aunque enclenque, todavía camino. El caso es que yo estorbo, y mucho, para que las parásitas ambiciones de los grandes capitalistas puedan llevarse a cabo. Y si la población en general, máxima perjudicada de mi posible desaparición, no lo remedia, van a conseguir que, más pronto que tarde, deje de respirar definitivamente.

—¡Ufff…! El objetivo que te propones es interesante y justo, pero también harto complicado de alcanzar. No sé, hallo a la población que tú acabas de nombrar tan sumisa a los dictados del poderoso enemigo que… Es como si estuviese domesticada, anestesiada tal vez para poder soportar tan humillante castigo sin apenas protestar, sin apenas quejarse. Y sin su imprescindible concurso es casi imposible que recuperes tu verdadera identidad, tu, por otra parte, hermoso apellido.

—Lo sé, por eso estoy tan deprimida y desesperada.

—Lo que no sé es por qué has acudido al hospital, cómo puedo ayudarte. Yo no soy más que un humilde médico, y, además, el sistema de sanidad que existe en éste país no es precisamente para estar locos de alegría.

—Yo tampoco sé por qué he venido aquí. Quizá porque he visto un rótulo en la puerta que dice: Urgencias; o, probablemente, por hacer un último intento en retardar mi más que segura muerte. La siento tan inminente…

—Bueno, tampoco exageres.

—No exagero, doctor. De un tiempo a esta parte no soy ni una cuarta parte de lo que debía haber sido y nunca he llegado a ser.

—De todos modos, Democracia, déjame que insista en que creo que te has equivocado de sitio. No me lo tomes a mal, pero tengo la impresión de que adonde tenías que haber ido es al Palacio de Justicia. Allí es donde se deben resolver estos problemas.

—Se deben, pero ¿se resuelven? Acabo de pasar por allí…, pero no he entrado.

—Vete, al menos haz un intento.

—Baldío, pero lo haré. Muchas gracias por dedicarme un poco de tu tiempo, doctor.

—Por nada, muchacha. Yo soy el primero en querer y necesitar que resuelvas tus problemas; tu suerte es la mía, y la de la inmensa mayoría de la población que habita en este maltratado planeta.

Retrocediendo sobre sus pasos, la Democracia volvió a sentir el aire fresco de la calle. Cabizbaja y meditabunda llegó a la puerta del “Palacio de inJusticia”, y allí estuvo un buen rato deshojando la margarita, dudando si entrar o no a la sede local de un ministerio de justicia en la que nunca había creído.

Sabía que introducirse en su interior con intenciones curativas era batalla perdida, pero, aun así, por fin se decidió a hacer un último esfuerzo en un desesperado intento de preservar su precaria existencia.

Yo no entré, expectante me quedé fuera. Pero no transcurrieron muchos minutos sin que la Democracia, con una expresión nada favorable en su rostro, fuese vomitada con ira por el siniestro edificio.

Quise acercarme a ella para preguntar por lo sucedido, pero no tuve tiempo; según comenzaba a alejarse de la puerta, unos sicarios a sueldo del gran capital abrieron fuego contra la escuálida Democracia. Descargados todos los peines de sus armas, los agresores abandonaron el lugar con la insultante calma que otorga la impunidad manifiesta.

Con la Democracia agonizando en el suelo, alguien llamó a una ambulancia, y, llegada ésta, fue trasladada al hospital. Pero su suerte ya estaba echada; el médico que recién le había atendido, nada pudo hacer por salvarla.

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