Jesús Arboleya - Progreso Semanal.- Aunque no lo ha expresado de manera tan clara como otros personajes de su partido, parece acertado afirmar que Joe Biden, así como la mayoría de los funcionarios de su gobierno, son seguidores de la llamada “doctrina del poder inteligente” para la conducción de la política exterior de Estados Unidos.


La doctrina del poder inteligente parte del supuesto de utilizar de manera creativa y compensada todos los recursos del poderío norteamericano, dígase la fuerza militar, la influencia económica y la capacidad diplomática, para la aplicación diferenciada de las acciones hacia otros países. Aunque no se trata de algo nuevo, tomó fuerza como patrón doctrinario a partir del gobierno de Barack Obama, con vista a contrarrestar el desbocado militarismo de los republicanos y los excesos de la guerra contra el terrorismo.

El ejercicio del poder inteligente requiere de la capacidad real para aplicarlo en todas sus variantes, así como su adaptación a las condiciones que imponga una coyuntura determinada. Según esta doctrina, la fuerza militar debe ser concebida como un último recurso y, para cumplir con sus objetivos, requiere ser portadora de una propuesta global, que interese a otros países. El chovinismo de Donald Trump era la antítesis de la doctrina del poder inteligente.

A partir de esta lógica, vale la pena analizar si los primeros pasos de la política exterior del gobierno de Joe Biden se corresponden con la doctrina que se espera encamine su estrategia, así como las limitaciones objetivas que tiene su aplicación.

A pesar de su enorme poderío militar, no parece que Estados Unidos esté en condiciones de embarcarse en grandes guerras, como fueron las de Afganistán e Iraq. No obstante, necesitado de “enseñar” este poderío como recurso de dominación, muestra el ingrediente más peligroso de su política exterior. También es una necesidad de su economía interna, característica que explica el mantenimiento de enormes presupuestos militares. La dependencia a la amenaza o el uso de la fuerza, constituye una limitante objetiva para la aplicación más creativa de la doctrina del poder inteligente, cualquiera sea el gobierno de turno. 

En Estados Unidos se concentra el mayor mercado del mundo y el país controla buena parte del sistema financiero internacional, aquí radican dos grandes fortalezas de la política exterior norteamericana. Sin embargo, estas fortalezas se han visto afectadas por una economía real en decadencia, que evidencia la disminución de la capacidad de competencia de las empresas asentadas en el país. Incluso en áreas de alta tecnología, donde Estados Unidos conserva su primacía, se ven asediados por China y otros competidores. La manera en que ha enfrentado estos retos ha sido mediante la aplicación desmesurada de sanciones, medidas que complican la política exterior en otros aspectos y estrecha los marcos de aplicación de la doctrina del poder inteligente.   

En las condiciones que impone la amenaza militar y el abuso de las sanciones, la diplomacia, entendida como el arte de la negociación y el convencimiento, tiene muy poco espacio para operar y ello constituye la principal limitante en el ejercicio de la doctrina del poder inteligente. A esto se suma el deterioro de la imagen de Estados Unidos como el depositario por excelencia de valores como la democracia y el respeto a los derechos humanos, que han sido los mitos en que históricamente se han asentado las supuestas virtudes del sistema.

Hasta ahora, el gobierno de Joe Biden no ha logrado superar las limitaciones que esta realidad impone a la aplicación de la doctrina del poder inteligente, razón que ha determinado el estancamiento de su proyección exterior, dándole continuidad a las directrices de Donald Trump, en aspectos centrales de sus relaciones con el resto del mundo.

Las relaciones con China, un asunto básico para aportar cierta estabilidad a la economía mundial, continúa siendo percibido en el marco de una confrontación que, más que fortaleza, descubre la debilidad de Estados Unidos para competir económicamente con el gigante asiático. Aunque la reincorporación al Acuerdo de Paris para el Cambio Climático salvó un escollo en las relaciones con Europa, han estado ausentes otras iniciativas y se mantiene una política de presiones para limitar las relaciones de estos países con China y Rusia. Respecto a Rusia, a la que Trump ofrecía un trato respetuoso a pesar de las presiones del congreso y otros sectores políticos, Biden ha incrementado la hostilidad y cerrado, aún más, los escasos espacios de negociación existentes entre los dos países.

América Latina y el Caribe han estado prácticamente ausentes en la política exterior del nuevo gobierno demócrata. Solo en el tema migratorio, con mucha incidencia doméstica, que involucra a México y algunos países centroamericanos, se aprecia un alto grado de priorización por parte de la administración. Con Venezuela, la política de Biden ha sido similar a la llevada a cabo por Trump, está claro que poderosos intereses económicos imponen esta política de acoso, pero la falta de iniciativa de Biden para plantearse un camino diferente, refleja la limitada creatividad del gobierno. En el caso de Cuba, uno los pocos temas latinoamericanos que han tenido alguna atención debido a la presión de la opinión pública, se dice que se encuentra en revisión, sin modificaciones hasta ahora.

África parece no estar en el mapa de la nueva administración demócrata. Sin embargo, además de todo lo que rodea a la problemática china, Asia se presenta como un campo minado y el desconcierto prima en la política exterior del gobierno: hay dudas si retira o no sus tropas de Afganistán; a la vez que condena como asesino al príncipe heredero de Arabia Saudita, dice que es mejor no sancionarlo, para colmo, dispara unos cohetes contra territorio sirio, en respuesta a supuestos ataques iraníes contra sus bases en Iraq. El caso de Irán es particularmente inconsistente, toda vez que en la práctica asume la tan criticada política de Donald Trump, al exigir una renegociación del acuerdo nuclear con ese país.      

En el enfrentamiento a la pandemia, donde Estados Unidos podría intentar asumir un papel de liderazgo a escala mundial, “America First” ha predominado sobre otras consideraciones. Solo el reingreso a la Organización Mundial de la Salud, rectificando una de las decisiones más funestas para el prestigio de Estados Unidos de las llevadas a cabo por Trump, puede ser considerado un gesto positivo.

Es cierto que apenas han transcurrido dos meses desde que Joe Bien asumió el poder y que son enormes los problemas domésticos que ha tenido que enfrentar, pero lo peor es que ni siquiera se aprecia el interés por formular ideas para superar esta situación de estancamiento y proyectar una política exterior distinta hacia el futuro.

Biden apenas ha tenido alguna propuesta positiva hacia el resto del mundo y han estado ausentes proyecciones como las de Obama al inicio de su mandato que, a pesar de la tremenda crisis económica que vivía el país y más allá de su posterior cumplimiento, indicaban cierta inclinación filosófica en la actuación del gobierno. Por el contrario, la política exterior de Joe Biden ha estado, hasta ahora, vacía de ideas.

Más grave aún, el equipo encargado de esta política, a pesar de estar compuesto por personas de innegable experiencia, parece no haber encontrado el justo equilibrio entre sus aspiraciones y la situación real del país para encaminarlas. Desde posiciones de fuerza, empaquetados en una pureza ideológica que nadie les reconoce y con una arrogancia que recuerda los peores momentos del comportamiento estadounidense en política exterior, los funcionarios del actual gobierno, incluyendo al propio presidente, han cerrado el diálogo con otros actores. Aquí es donde se traba el ejercicio del poder inteligente.

Precisamente, la incapacidad manifiesta para gestionar la diplomacia, constituye una de las principales decepciones frente al actual gobierno. Ante estas insuficiencias, ni siquiera haber sustituido a uno de los presidentes más aborrecidos de la historia, ha logrado incentivar el entusiasmo del mundo hacia la nueva administración norteamericana. “Estados Unidos ha vuelto”, ha declarado con mucha fanfarria el secretario de Estado Antony Blinken, lo que nadie sabe es para qué.

Aunque algunos pueden considerar que sería esperar demasiado, todo indica que los demócratas no tienen otra opción que superar la cultura del “destino manifiesto” y mirar con más modestia al resto del mundo. Existe la esperanza de que puedan hacerlo. En definitiva, se supone que son más “inteligentes” que los fundamentalistas republicanos.

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