Por Octavio Fraga Guerra* - Cinereverso - Cubainformación.- Desde mucho antes del 1ro de enero de 1959 —día de luz y victoria para la Nación cubana— Fidel desamarró con pasión el nítido susurro de sus palabras. Una práctica que forjó (1945-1950) como estudiante y líder en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana.


 

Los anclajes de su voz inconmensurable —con el paso de los años— emergieron como encendidas alocuciones, secundadas por el multiplicar de otras voces cultas, éticas, revolucionarias, protagonistas todas del período fundacional de la Revolución.

En más de seis décadas de historia afloraron otros esenciales oradores en la Isla, núcleos sustantivos del capital simbólico de nuestra cultura. Se revelaron como medulares, erguidas, poéticas, impostergables voces, la incisiva retórica del Comandante Ernesto Che Guevara, la virtuosa dignidad de Raúl Roa y la complicidad del General de Ejército Raúl Castro Ruz, proféticas palabras de un período fundacional.

Cabría distinguir en la contemporaneidad la oratoria del Canciller Bruno Rodríguez Parrilla. Valedor de las raíces y los argumentos martianos que engrandecen a Cuba en los más complejos escenarios internacionales, encara con altura intelectual dispares desafíos, afincando con llanas palabras los pilares de nuestra Nación: libre, soberana e independiente.

Tras su entrada triunfal a La Habana, en 1959, Fidel desató un telar de argumentos, un torbellino de vocablos legitimadores, compartidos para legitimar la existencia de la Revolución cubana. En el punto de todas las miradas, la mítica fuerza de sus palabras, la sentida oratoria, el diálogo con la multitud comprometida.

Siempre resuelto a platicar con el gesto horondo y la frente alta. No mirando hacia un horizonte impreciso, en verdad conectando con el pueblo. Son las virtuosas palabras de un hombre coherente con su praxis política y ética. Esenciales diálogos con multitudes, desabotonados con gestos edificadores ante el desafío de dialogar con muchas voces y manos reunidas en los espacios simbólicos de la Revolución.

Asiste siempre el tiempo de escuchar las muchas otras palabras sabias, esbeltas, inaplazables, nacidas desde las hondas raíces de nuestra revolución cultural, siempre inconclusa.

Fidel enseñó sobre el deber de tomar de la historia y del pensamiento de los más ilustres cubanos que han colmado de fortalezas la patria. Herencias, todas estas, necesarias para edificar con erguidos valores y llanos argumentos los pilares teóricos que legitiman la gesta revolucionaria.

Frente a las arremetidas que impone la propia existencia de la Revolución, Fidel labró veredas de apariciones urgentes —muchas de ellas inaplazables— resueltas como un perenne guerrillero que asumió el vivir en una Nación asediada por un Imperio.

Fue su práctica preguntar, desmenuzar al detalle, las geometrías de las palabras compulsando respuestas. Destrabó acertijos y compartió soluciones ante los interrogantes que desata la contemporaneidad. Las respuestas han de estar siempre en el ejercicio lúcido del pensamiento de todos los cubanos.

Las lógicas de sus reflexiones fueron pasto de su sabia, la de un pertinaz lector de palabras impresas. Encaró como praxis las sorpresivas visitas a cualquier punto geográfico de Cuba. Ellas habitan como huellas orales en los más recónditos lugares de la isla.

Tejió en cada cita, en cada encuentro, un arsenal de retóricas y discursos comprometidos, urgentes, apasionados, esbeltos. Es la praxis de una Revolución construida por la fuerza de la palabra —parte esencial de los símbolos que la distingue— resueltas para labrar un proyecto humanista frente al perenne desafío de su existencia.

Fue estratégico, entre sus muchas tareas, la praxis de comunicar, de llegar al vasto y plural abanico del pueblo. De un país pensado y edificado por hombres y mujeres morales, convocados para narrar la nación, hacerla posible. Expresión material de nuestro derecho a existir, a construir los pilares identitarios y valores que nos distinguen.

Somos millones de cubanos empeñados en fundar una Nación despojada de dictados espurios, negados a darle espacio a los que apoyan una intervención militar del gobierno de los Estados Unidos, o a los que balbucean descorchados sustantivos platistas y anexionistas, tesis frontales que desprecian el ideario de José Martí y la dignidad de la nación cubana.

Brotó en Fidel, desde su ganado liderazgo, todo un arsenal de preguntas. Era su máxima —coherente con el ejercicio civilizatorio del dialogo— de saber más allá de los manuales y los libros: esos que la cultura cimenta como clásicos imprescindibles. Las respuestas se han de encontrar también en las lecturas críticas de textos al uso que el tiempo, a veces, deposita en las mamparas del olvido, por esa envoltura de temporalidad que les envuelve, cual si nada.

La literatura destraba interrogantes, afina ideas, construye realidades, es un constante converger de palabras sustantivas pobladas de significados, materializadas por acciones inacabadas o vueltas a tocar con otras vestiduras. Todas ellas transitan en dispares respuestas, desplegadas en un telar de geometrías y de revolucionadas aritméticas, que son esenciales estudiar para fortalecer los pilares de una isla rebelde.

Sujetos a múltiples transformaciones sociales y económicas, a escalonadas metamorfosis simbólicas y culturales “inoculadas”, pretenden quebrar, desunir. Son estudiados ropajes dispuestos a fragmentar voluntades, descafeinar proyectos comunes que laceran los principios constitucionales de la Patria. Es, por tanto, la palabra, esencial en nuestras batallas y gestas, insustituible para revelar derroteros y asimetrías.

Despojados de los aplomos del cansancio, se impone tocar las realidades, descifrando esos múltiples cursos que le distinguen, vestidos con los cromatismos de la vida. El ser humano y la naturaleza son los protagonistas de sus andares, de sus más delgados vértices.

Con palabras fecundas Fidel afinó el dialogo con la sociedad toda, desde los albores del ideario de José Martí, que algunos cubanos se prestan, como serviles de turno, para manchar con sus sucias palabras, vulgares adjetivos y actos hostiles, que no amedrentan.

Tenemos derecho a existir frente a un gobierno extranjero que por más de sesenta años, ha pretendido ahogarnos, revelando las esencias de sus arrogancias, propias de hinchados emperadores que tan solo presumen de mostrar la cronología de sus siniestras historias.

Foto de portada: Eterno Baraguá (Roberto Chile, Cuba) De la serie Fidel es Fidel

 

(Tomado de Cuba en Resumen)

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