Por Octavio Fraga Guerra* - Cinereverso - Cubainformación.- Para el lector fílmico su entorno es continuidad del espectáculo cinematográfico que ha visto, por esa cualidad humana de absorber lo desmedido, inusual o intrascendente en dialogo con su entorno. En ese repensarlo todo, edifica singulares códigos de observación, una suma de apropiaciones de sustantiva elaboración o también respuestas que parten de una matriz banal.


Frente a este epílogo se impone apuntar sobre lo obvio: la realidad es más plural, más compleja de lo que podemos interpretar tan solo en una primera lectura. Las dinámicas sociales en las que estamos inmersos nos colocan en la epidermis y curvas de una compleja cartografía —que evoluciona en coordenadas— no necesariamente preestablecidas.

Así, transitamos en ese escenario por “autopistas” pobladas de atascos, nudos y ramificaciones que, cuando las fotografiamos, se nos revelan en toda su dimensión. Este enfoque entronca, desde un ángulo pertinente, con una perspectiva antropológica de lo visual.

Se trata de mirar más de cerca, sentencia que encabeza este artículo, resulta la esencia fílmica y sociológica del documental Los espigadores y la espigadora, de la cineasta belga Agnès Varda, quien residió en Francia buena parte de su vida.

Como buena parte de su obra, el filme referido se distingue por un sello personal ampliamente asentado en textos ensayísticos. La película es un llano boceto de una actitud ante la vida, protagonizada —a muchos niveles— por la documentalista.

Varda recicla texturas talladas en los anaqueles del documental, como parte de una escalonada narrativa que recurva hacia su eje y parece ser una suerte de reciclados “puntos y seguidos”. Para el desarrollo de sus dispares puestas, que alternan en contextos urbanos y rurales, se “apropia” de ignorados sociales —también culturales—, personajes que emplaza en cada metraje de sus cónicas soluciones estéticas de sobrias vestiduras cinematográficas.

La obra despunta con un abordaje histórico en torno a la palabra espigar. Juega, desde la entrevista, con los tonos planos de la contemporaneidad, subyugando a actores que entroncan en un punto convergente: acopian lo “desechable”.

También alterna su proscenio cinematográfico con obras de artes plásticas en tono de pasado, para despertar un ejercicio de tradición y modernidad, de comparación atemporal.

La Varda empuña su cámara, la contornea resuelta con erguidos encuadres, desvelados desde los recursos de la crónica, en una permanente mutación personaje-realizadora. Ella se nos presenta como otra espigadora que apuesta por aprovechar lo aprovechable, lo que la sociedad global —adicta al consumo de lo “nuevo”— desecha.

El filme progresa, desde los cimientos del relato fotográfico, con planos de sobrios paralelismos forjados en la apropiación dialogante de historias. Sus interlocutores participan en la narración fílmica en cuidadas dosis y permiten retratar los cercos que invaden a los personajes, traídos de lugares inconexos, entroncados por el contexto de lo periférico.

No habitan en sus soluciones narrativas de la documentalista los enjambres del suspenso que aspiran a cautivar al lector fílmico. Presenta a los personajes con lecturas fotográficas del detalle, donde todo importa: el gesto iracundo, la palabra simbólica, un justificado caminar. Incluso, los contextos y la horizontal geografía de un plano general, no resulta un anodino telar de fondo. Por esa intencionalidad de reciclar usos estéticos, pone estos escenarios en el centro de la pantalla aún gravitando en los vértices de un encuadre boreal.

Con una visita “fugaz”, también meditada, Varda reconstruye la práctica rutinaria de una cosecha de papa. Nos lo revela más allá del simbolismo, en su intención de “anclar” signos sin dejar de mover la cámara. Todo ello dispuesto para el lector audiovisual desconocedor de esas geografías y de sus tempos.

La modesta cámara de la Varda retrata el diálogo cercano, personalizado, indagador de costumbres. Son respuestas de la autora cinematográfica a la edificación del relato. En este repasar de palabras, la autora subraya a los actores de la puesta, para quienes espigar es una “tradición perdida”.

Agnès Varda recorre el entramado social de “ocupas de la tierra” que asumen esa suerte de reciclar lo pasado, esa tradición que el desarrollismo no ha desterrado de nuestra arqueología del presente.

La documentalista combina el trazo conversacional del filme, subrayando acentos y reflexiones tardías con encuadres que jerarquizan a estos reubicados en el gran juego del consumo. Establece una visión, un logaritmo de prominencias temáticas, en la que anónimas historias traspiran en el filme. Asume, desde primerísimos planos, los argumentos de cada uno de los entrevistados en una figuración textual que va más allá del acto manual de espigar.

Personajes secundarios, parte de esta gran partitura fílmica, asumen la “profesión” de espigar a la espera de una opción mejor, como verdaderos sustentos de familias enteras. Cosechan lo que las máquinas inteligentes escupen.

La cámara doméstica de Varda sigue el rastro al más universal de los tubérculos, como si de personajes se tratara. Desmenuza con acento periodístico los destinos de una cosecha, clasificadas en aptas para el mercado y aptas para el descarte. Las catalogan (entre el tamaño tal y el más cual).

Este absurdo clasificar de alimentos nos transporta a un estado de alucinación, a una burda realidad en la que determinados alimentos van a parar a su origen —a las faldas de la tierra— cuando no cumplen determinados requisitos “estéticos”.

Son normas que nos recuerdan las exigencias del mundillo de la moda, cuyos intérpretes del “buen vestir” de fastuosas pasarelas, discriminan para las construidas exigencias de una élite.

En el filme, dos historias enriquecen portentosos enfoques sociológicos que contribuyen a edificar la aguda reflexión que nos propone esta puesta documental.

La primera: un camionero que ha perdido su empleo y por circunstancias sicosociales deriva en un toxicómano in crescendo, un consumidor frecuente de bebidas alcohólicas. Un hombre que “ha perdido” a su esposa e hijos ante su deriva social y humana. Vive en condiciones de precariedad e incertidumbre. Sin embargo, nos invita a interpretar —con su erguido testimonio y cotidiana andadura— su singular relación con los “desechos” de patatas que encara desde las asimetrías de su realidad, con un obvio —también esperado— posicionamiento crítico.

Su transitar por contenedores de basura es aprovechado por la cineasta, que construye para el lector fílmico un ambulante de historias pobladas de dolor interior.

Se alimenta de productos que están en perfecto estado, así lo demuestra ante la cámara. Piezas que pasan a engrosar depósitos de basura pensados como “espacios tardíos”.

En esta primera historia aflora la posición ética y humanista de la autora. No se desmarca del “teatro social” revelado. El ángulo que discrimina el entorno nos revela la mirada cómplice de la cineasta que obvia lo superfluo para poner en primer plano los ardores de su actor “invitado”.

Un segundo personaje se dibuja en otro estatus social. Su profesión: chef de un restaurante. Es un espigador de frutas y legumbres con una premisa: “todo es aprovechable”. Llama la atención su sentido práctico y realista, su conexión naturalista con los que nos da la tierra. La lente de la cámara lo particulariza como un “icono de novela literaria”, actitud justificada desde el propio testimonio de este actor-personaje, cultor de las esencias del laboreo de espigar.

Una particular secuencia —el preciado alimento es vomitado desde los camiones a pocos metros de donde estaba emplazada la realizadora—, es todo un símbolo, también un nudo en la motricidad de la obra. Por el azar recurrente, peculiares patatas con formas de corazón o de “exageradas proporciones” son tomados por la cámara domestica de la Varda en trazos de diálogos.

En este capítulo, la documentalista asume labores de espigadora. La alucinación de las formas le atrapa y recicla sus revelaciones desde la intimidad de su casa donde nos vuelve a mostrar las proporciones de los nombrados tubérculos, convertidos en descartes agrícolas. Presenciamos un juego de humor, una mirada oblicua ante los “caprichos de la naturaleza”. La singularidad de los “desechos” implica la exclusión de lo “diferente”.

No se afinca la Varda en ningún espacio definitorio, recorre ciudades de Francia en busca de dispares realidades que enriquezcan sus indagaciones. Apunta hacia otros horizontes sociales en los que espigar constituye una adjetivación real.

Viticultores, recogedores de hortalizas y verduras aportan otras reafirmaciones que dibujan una visión más completa del tema. El espectro de los testimoniantes va desde los que defienden su derecho a recoger lo que otros dejan en el olvido, hasta los que se oponen a que otros recolecten en sus campos, porque “les afecta su economía y su patrimonio”, a pesar de ser “juguetes trasnochados” en silente desintegración orgánica.

Su reiterado retorno por otras carreteras desvela otras claves. Grietas de paredes ausentes de pintura, goteras pronosticadas para el tiritar en la soledad de su ausencia. Singulares detalles de su casa se desvisten ante nosotros con la simpleza de sus manos avejentadas y sus “disimuladas” canas, con las que se recrea para el compartir con ese todos. La realizadora hace planos detalles de estos injertos de su intimidad, elevándola a la categoría de obra de arte, simbologías con la que se siente acompañada. Es un horizontal dialogo en soliloquio de tono autobiográfico.

Un nuevo recorrido por los insospechados vericuetos de lo inservible, presentes como huellas en la intemperie urbana, ocupan a la Varda. Dos artistas peculiares retrata en esa ruta: el primero recoge objetos para convertirlos en mensajes vestidos de arte. El segundo, un albañil, empotra objetos en la fachada de su casa, con énfasis en muñecas. Sus intervenciones le dan vida y sentido a las composiciones que esconde su intimidad resguardada.

La autora fílmica aprovecha la carretera para reforzar la temática del reciclado. En su transitar por ese buscar de nuevos testimonios e imágenes retrata, en cuadro cerrado, los camiones que por montones transitan a su paso. Remarca con su mano en forma angular una suerte de mirada inquisitiva, acusatoria, signos de un punto de vista resuelto con la simpleza de una idea.

Otros sectores de la sociedad como los recolectores y recogedores de ostras y almejas, de frutas y verduras, repiten argumentos y visiones del mismo asunto. Contribuyen así a reforzar la tesis de la obra y la postura que la realizadora defiende.

Su lente regresa al espacio urbano. Nuevos testimonios y erigidas imágenes transportan a una generalizada realidad de la que estamos presentes en verdaderas ausencias. Basureros que descubren embutidos en perfecto estado, frutas que aún pueden ser aprovechadas. Legumbres que pernoctaron poco tiempo en el mercado para darle paso en los anaqueles, a “productos frescos”. Son, todas estas, contribuciones de Los espigadores y la espigadora en franco desafío a los derroches de la “civilización moderna”, machacado por tres palabras mágicas: “estado de bienestar”, una conjugación semántica que sabe a mentira inoculada.

Este no es un documental de suculenta música, de bandas sonoras interpretadas por una orquesta sinfónica de grandes proporciones. Se acompaña con pequeños fragmentos de obras en la que el discurso es denuncia, es llamado de atención desde la filosofía social que distingue los poderes narrativos del rap.

La sobriedad de los planos, el diálogo enriquecedor y plural de los testimonios, junto a la conjugación del verbo de la Varda, despeja toda duda de apuntar hacia una estética manipulada. La ética con que la cineasta desarrolla este particular tema está legítimamente representada por la retórica y la argumentación, soportada en sobrias proporciones estilísticas.

El punto de vista trazado en cada metraje del filme, dispuesto en iconos progresivos, y la perspectiva de lo indagador, contribuyen a identificarnos con los mundos ajenos que se nos presentan, resueltos en sobrias dimensiones. Esta es una pieza vanguardista, que bien valdría incluir en los anaqueles de nuestra videoteca. Revisitarla constituye una necesidad en tiempos en que se impone la selva del consumo.

Ficha técnica

Título: Los espigadores y la espigadora. Título original: Les glaneurs et la glaneuse; año: 2000; duración: 82 min; país: Francia; directora: Agnès Varda; guión: Agnès Varda; música: Joanna Bruzdowicz, Isabelle Olivier, Agnès Bredel, Richard Klugman; fotografía: Stéphane Krausz, Didier Doussin, Pascal Sautelet, Didier Rouget, Agnès Varda; Productora: Agnès Varda.

 
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