Wilkie Delgado Correa* - Cubainformación.- Es un homenaje a José Martí en esta época el descubrimiento y aplicación de cinco vacunas cubanas contra la Covid-19 que han demostrado su eficiencia.


 

Vivimos en una época presidida hasta el momento por la pandemia de la Covid-19 que origina un amplio espectro de conceptos, fenómenos, estrategias sanitarias, políticas estatales, juicios y posiciones de los individuos y grupos sociales sobre la epidemia y su control por las vacunas y otros tratamientos.

Desde tiempos remotos las epidemias han infligido grandes sufrimientos y pérdidas de vidas a los pueblos y al conjunto de la humanidad. Y en todas las épocas las sociedades han procurado salvaguardar la salud y la vida. Ninguna aceptó pasivamente ese factor letal y todas lucharon por preservar a los seres humanos y a los animales de las enfermedades que diezmaban poblaciones enteras. Los científicos en diversas ramas aportaron lo mejor de su intuición, imaginación y constancia. Fue así que a fines del siglo XVIII, y principalmente en los siglos XIX y XX se descubrieron las vacunas contra enfermedades específicas que mitigaron o erradicaron las epidemias correspondientes: Para mencionar algunas, en 1796 contra la viruela, en 1885 contra la rabia, en 1892 contra el cólera, en 1896 contra la fiebre tifoidea, en 1921 contra la tuberculosis, en 1923 contra la difteria, en 1924 contra el tétanos, en 1937 contra la fiebre amarilla y en 1960 contra la poliomielitis.

Si en todo este largo tiempo transcurrido desde la aparición de la primera vacuna, contra la viruela, gracias al ingenio del médico inglés Edward Jenner en 1796, las inmunizaciones con sucesivas vacunas descubiertas han salvado de las enfermedades y la muerte a millones de personas, hoy es un contrasentido suicida que miles o millones de personas se manifiesten contra las vacunas anti-Covid-19 por razones diversas. Hoy también es una expresión de la desigualdad mundial la diferencia existente en la administración de las vacunas entre los países ricos y pobres. Hoy se desconoce, a pesar del éxito extraordinario que supuso el descubrimiento rápido y eficiente de las vacunas contra el virus de la Covid-19, cuantos millones de personas más enfermarán o morirán a consecuencia de la pandemia. El saldo hasta hoy, según la OMS, es de más de 332 millones de casos confirmados por pruebas de laboratorio y más de 5,5 millones de muertes relacionadas con la enfermedad.

Como el próximo 28 de enero se cumplirá el 169 aniversario del natalicio de José Martí y Pérez, Héroe Nacional de Cuba, político revolucionario, escritor y poeta, cuya existencia transcurrió entre (28-1-53 – 19-5-95), es pertinente señalar que fue un observador fecundo de su época y aunque su vida estuvo signada por su vocación política intrínsecamente vinculada a la independencia de Cuba y a su amor patrio, el tema de la medicina, en su sentido integral, le acompañó durante gran parte de su corta existencia. Resultan de gran importancia su definición conceptual y su visión sobre el estado y desarrollo de aspectos relacionados con la salud individual y pública, las enfermedades y epidemias, los tratamientos farmacológicos y aplicaciones de vacunas, los descubrimientos novedosos en estos campos, la responsabilidad de las autoridades públicas y del Estado en solucionar los problemas sociales y sanitarios, etc.1

Algunos hitos sobre estos asuntos son reveladores de sus visiones y convicciones.

En 1883, en una crónica para La Nación de Buenos Aires, 2  Martí describe los efectos del cólera sobre la población infantil, a la vez que enfatiza la responsabilidad y deber del Estado en la solución de este problema. Este asunto del efecto del cólera y el drama social lo reitera en 1884.3  

“…allí, como los maizales jóvenes al paso de la langosta – afirma Martí – mueren los niños pobres en centenas al paso del verano. Como los ogros a los niños de los cuentos, así el cholera infantum les chupa la vida; una boa no los dejará como el verano de New York deja a los niños pobres, como roídos, como mondados, como vaciados y enjutos. Sus ojitos parecen cavernas; sus cráneos, o cabezas calvas de hombres viejos; sus manos, manojos de yerbas secas. Se arrastran como los gusanos; se exhalan en quejidos. ¡Y digo que éste es un crimen público, y que el deber de remediar la miseria innecesaria es un deber del Estado!” 4      

Esta última idea  es  coherente con  otras ideas  sustentadas desde   1875. En un artículo  publicado  el  4  de  septiembre  en  la  Revista  Universal de  México 5,  relacionaba  las  condiciones de miseria como  causa de la  mortalidad y la interacción  de  las condiciones del  medio ambiente en  el proceso  de  salud  y  enfermedad   con  el  deber de los  funcionarios  públicos   y de las  instituciones representativas  de  ocuparse   y  dar atención a  estos  problemas graves que afectan  a la  comunidad:  “No  es bueno  que el  Ayuntamiento  desdiga  a los  que le  recuerdan su  deber.  Es que en los barrios pobres, en  que la muerte vestida de miseria  está  siempre sentada en los umbrales de las casas, la muerte toma ahora forma nueva; se exhalan  miasmas mortíferas de la capa que  cubre  cenagosas extensiones  de agua; respírase como cuando el aire pesa mucho, o  cuando  falta mucho aire,  y  este pobre pueblo nuestro, tan  débil ya por su hambre,  su  pereza  y sus  vicios, sufre  más con los estragos  de  esa muerte vagabunda, que  vive  errante  y amenazadora en todas las pesadas ondulaciones de la  atmósfera.

“No es que la prensa se querella por hábito  o manía: es que mueren más los pobres por el descuido incomprensible del Ayuntamiento. No es esta cuestión   fácil  que puede desentender el municipio: es cuestión  de vida, gravísima, inmediata, urgente… ¿Por qué, en  el centro  de la ciudad, donde  los aires puros no corren fácilmente, repugnan a los ojos y estorban  la respiración y  se aspiran  elementos dañosos  en la miasmas  que  se desprenden de las extensiones de  agua  estancada,  cubiertas por una capa  verdosa de sustancia corrompida?  Daña  tener  que ocuparse  en  esto,  como daña a la reputación   del  Ayuntamiento  no  haberse ocupado en ello  ya.  No es que hace a la corporación municipal favor gratuito con reparar las calles, cuidar los paseos, y favorecer  empeñosamente las condiciones higiénicas  de la ciudad: es que  para esto fueron los miembros  de  la corporación  ensalzados al  puesto que ocupan…” 5

En 1884 se refiere al desarrollo de los conocimientos  epidemiológicos  con  apuntes sobre  insectos   como  vectores de  enfermedades. Al  respecto  apunta: “Sábese  que los insectos  son portaepidemias. Es  corriente  entre médicos  la  creencia de que los mosquitos y  otros  animalillos  de  su especie  transmiten y diseminan  las enfermedades contagiosas: un  buen  médico de Georgia  publica ahora hechos que estiman pruebas  de la  agencia  activa  de los mosquitos e insectos semejantes en el desarrollo de la fiebre amarilla.  Aboga porque  los actuales cordones sanitarios imperfectos, por entre cuyas filas y  sobre cuyas zonas vuelan ahora los diminutos y poderosos agentes de la fiebre, se  completen con la creación  de cordones de  fuego  que detengan en su paso  a  los funestos mensajeros.” 6

Es posible que en esa  época Martí desconociera que, en la  Conferencia Sanitaria  Internacional  de  Washington celebrada en febrero  de  1881,  el médico cubano Carlos J. Finlay,  señaló el medio de  transmisión  de  la  fiebre  amarilla, y el 14  de  agosto  del mismo año presentó en  la   Academia  de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La  Habana  su  trabajo  “El Mosquito, hipotéticamente considerado  como agente  de transmisión  de la fiebre  amarilla”,  en  el  que  expuso  su  descubrimiento científico. Al respecto, pienso que Martí fue el cronista que le faltó a Finlay para propagar su hipótesis científica sobre el papel del mosquito en la transmisión de la fiebre amarilla.

En la Sección Constante, de la Opinión  Nacional de Caracas,  Martí publicó artículos desde  el 4 de noviembre  de 1881 al 15  de  junio de 1882, en los cuales reflejó  temas diversos entre los cuales  sobresalieron los científicos, y dentro de estos los referidos a aspectos diversos relacionados con  la medicina. Se  puede constatar  de qué manera  tan  especial  Martí  seguía los avances más notables de la medicina de su época,  de cómo  expresaba  su dominio   sobre temáticas  médicas diversas, con  su nomenclatura  particular,  qué  afán ponía en la divulgación  de los logros científicos principales, y de cómo llegó a conceptuar los problemas  y tendencias médicas de  su  tiempo y  del porvenir.

El  11  de noviembre  de 1881 reporta que los aportes científicos del Louis Pasteur (1822 – 1895), uno de los hombres más prominentes de la ciencia y la humanidad.   “M. Pasteur ha  hecho,  y  comunicado  ante el Congreso  médico  en  Europa, utilísimos  descubrimientos sobre los gérmenes de  las enfermedades. En los ganados ha logrado   resultados sorprendentes, librándolos  por la inoculación, de la epidemia  conocida (…) por ántrax  (…) estudia ahora los gérmenes de  la fiebre  amarilla.” 7

En nota  del día siguiente retoma el tema: “M. Pasteur  ha  leído al Congreso  Médico Internacional un  folleto para probar que muchas enfermedades que se convertían en peste  de los animales,  se previenen por  medio de  la nueva vacuna o sea la  inoculación  fluido  diluido (…)” 

Vale la pena resaltar la pregunta contenida en esta frase de Martí: “¿Cuándo se descubrirá  la inoculación  contra la fiebre  amarilla?”8, que tendría respuesta 56 años después, pues la vacuna definitiva contra la fiebre amarilla se descubrió en 1937, gracias al científico Max Theiler

El  13 de febrero de 1882 comenta  los estudios científicos  realizados que apuntan hacia la propagación de determinados enfermedades “por la  existencia en el aire que respiramos de animálculos invisibles  y  envenenadores  (…). La especie peligrosa desaparece casi totalmente en la época de lluvias, y dobla su número durante la seca.  Concuerdan  con exactitud estos  ascensos y descensos con los  de las enfermedades epidémicas en  las diversas  estaciones.” 9

El 14 de  junio  de 1882 escribe una larga  nota  sobre Pasteur. Entre otras cosas, afirma: “…Nadie ha  hecho  más que Pasteur, por sacar  de la ciencia recursos para aliviar  los dolores de los hombres.  Con generosa caridad, ha  estudiado celosamente los orígenes desconocidos de muchas enfermedades extrañas y  mortíferas  en los  animales  y los hombres (…) De la  averiguación  de  la existencia de esos cuerpos orgánicos, que llevando  vida en  sí, pueden empobrecer y  arrebatar la vida de los demás seres vivientes, Pasteur, movido  de su  alma generosa,  se consagró  a  estudiar los estragos que esos animalillos  causan en el organismo  de los  hombres y  de  los  animales, y  a combatirlos. Por él se supo que todas  las enfermedades contagiosas son producidas por gérmenes,  y Pasteur vio que cultivando esos gérmenes de enfermedad,   e inoculando suavemente en  nuestros cuerpos una parte de ellos, los  más  fieros  ataques  de las enfermedades  que ellos producen serían luego impotentes para arrebatarnos la vida, como  sucede con  la viruela, a contener los estragos de lo cual  basta  una buena  vacuna. Y  lo  que Pasteur aconseja es  eso:  otra clase  de vacuna: la aplicación  del mismo  sistema a diversas enfermedades (…) Pasteur ha confirmado por experiencias en ovejas y  otros animales  que es  posible el  medio  de salvación que propone:  no hay  hombre notable en la ciencia  médica  que no  esté hoy preocupado con el  medio de aplicar  y aumenta r estos descubrimientos.” 10

El  15 de noviembre de 1881  apunta: “ ¡Cuántos remedios se  han anunciado con grande  encomio contra la tisis,  que viene a veces de descuidar una sencilla enfermedad  pulmonar,  y a veces de dejar crecer la imaginación,  a un extremo tal que anonada y devora el cuerpo que la encarrila! Los periódicos de ciencia de Alemania hablan ahora de algunas curaciones…” 11

 El 5 de junio  de 1882, comenta:  “Venían muriendo y  mueren  abundantemente, los italianos de pellagra,  sin  que los médicos  diesen con las causas de este mal  terrible,  que nada ataja  luego que ha  prendido en un  cuerpo humano  y  que  sólo puede  ser  combatido  en sus  orígenes. Parece que  al  cabo  se ha dado con la causa del  mal, un mal de veras  terrible.  El  médico Lambrosso ha hecho  investigaciones pacientísimas, en  amigos suyos, en  perros y en  ovejas. Ha hallado  al fin  que la causa de la  pellagra es  el  maíz enfermo.  Lambrosso  ha descubierto que una tintura de  ese maíz  enfermo  contenía un  alcaloide semejante  a  la estricnina.  La infusión de esta tintura en animales  y aún en personas, ha producido en grado correspondiente  a la cantidad inyectada, los síntomas de la pellagra  (…).  El uso del arsénico ha  servido de mucho al médico en el tratamiento de esta enfermedad, verdadero azote de las campiñas de Italia.” 12

El 14 de diciembre de  1881  reporta que “La Academia de Ciencias de París en  una de sus  últimas sesiones, tuvo  conocimiento de  una serie de inventos útiles y curiosos (…)  vino  M. Galtier, profesor  de la Escuela Veterinaria de Lyon, que  tiene la firme esperanza de haber descubierto  un  procedimiento de vacuna contra la rabia.” 13

El  18 de abril de  1882 apunta  que: “Murieron de  hidrofobia  muchos desventurados en el verano de 1881 en  París, y  el departamento del Sena encargó a un médico que propusiese las medidas más  importantes para la prevención  del contagio de ese mal, ciertamente terrible.”  Y acto  seguido Martí  refiere las medidas que a tales efectos  se recomendaron,  consistentes  en un lavado cuidadoso  de la  herida, ligadura  del miembro herido  y  cauterización profunda. 14

En conclusión, José Martí, como esclarecido personaje de su siglo supo poner en la mira de sus conocimientos y sensibilidad las experiencias que en torno a las enfermedades y las principales epidemias eran problemas urgentes de su tiempo. Hoy esa actitud mantiene su vigencia, pues la humanidad necesita como siempre de salvadores. Es un homenaje a José Martí en esta época el descubrimiento y aplicación de cinco vacunas cubanas contra la Covid-19 que han demostrado su eficiencia.

 

1. Delgado Correa Wilkie. José Martí y la Medicina, editora Política, La Habana, 2000,1. 2. José Martí: Obras completas. Editorial Nacional de Cuba, La Habana,  1963. (OC, 8-410-411) 3.  (OC,  9-458-459) 4.  (OC, 13-488-489)  5.  (OC, 9-458-459) 6.  (OC,  8-430-431) 7.  (OC,  23-73) 8.   (OC, 23-76) 9.  (OC, 23-197) 10.  (OC,  23-313-315) 11. (OC, 23-80) 12.  (OC, 23-311) 13.  (OC, 23-114) 14. (OC,  23-268)

 

*Doctor en Ciencias Médicas, Doctor Honoris Causa, Profesor Titular, Consultante y Profesor de Mérito de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.

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