Wilkie Delgado Correa* - Cubainformación.- El más conmovedor de los mensajes fue pedir a la amada que les diera doscientos mil millones de besos a sus mellizos.


 

Es conocido que en Cuba se celebra este día, desde 1938, el tercer domingo de cada mes de junio, como ocurre en otros muchos países del mundo, siguiendo una tradición que se inició en los Estados Unidos.

Esta fecha es, por lo tanto, un asunto de amor filial y familiar como lo es el día de las madres.

Sin embargo la historia de la patria dejó un legado para los cubanos al conceder el título de Padre de la Patria a Carlos Manuel de Céspedes, quien con su levantamiento armado el 10 de octubre de 1868 en su ingenio La Demajagua inició la primera guerra de independencia en Cuba y, además, fue su primer presidente en la República de Cuba en armas. Nacido el 18 de abril de 1819, murió en combate el 27 de febrero de 1874.

En carta confiesa sus cuitas: “Días hace, querida hermanita, que estoy muy triste y me atormenta esa terrible idea: No tengo un día de placer; los males me persiguen; la vejez me ha entrado de repente; pero no creas por eso que desmayo, ni me desaliento en la empresa que creo asegurada, sino que los disgustos domésticos me agobian. ¡La familia me hace desgraciado! Por eso me ha servido de muchísima complacencia la descripción que me haces de las gracias de mis idolatrados mellizos. Con ella he gozado, como si estuviera viéndolos; y ese será mi único consuelo; porque yo no los veré nunca; moriré sin tenerlos en mis brazos, sin conocerlos siquiera más que por mudos retratos. Sin embargo estoy resignado a todo (…).”

Resulta emocionante la forma cariñosa en que Céspedes se dirige a su esposa e hijos, lo que refleja su alma en extremo amorosa y sensible. De las despedidas en sus cartas que merecerían reflejarse textualmente, sólo escogeremos algunas a modo de ejemplo.

 “Para concluir, alma mía, tu sabes que soy tuyo, ¡que te quiero más que a mí mismo, y que jamás podré olvidarte, que tu separación me es más dolorosa que la muerte…” “Adiós, mi idolatrada mujercita. Soy todo tuyo. Doscientos mil millones de recuerdos y caricias mando para ti y mis queridos hijitos.”

En el diario de Carlos Manuel de Céspedes de julio de 1872 a enero de 1873, se detallan también todas sus cuitas en relación con su familia, una de las cuales es representativa:

“Martes 13 de agosto. Por estos días han cumplido un año mis hijitos y todavía no los conozco. ¿Qué digo? Tal vez no los conoceré nunca. Veinte meses hace que no veo a su madre. En esa eternidad ¡cuántos dolores!”

Las anotaciones y valoraciones escogidas siguientes hacen referencia a los numerosos momentos de la existencia de Céspedes en los que se imbrican las condiciones materiales de existencia y su estado físico y anímico provocado por las circunstancias de su vida cotidiana.   

 “El agua, el sol, el frío, el hambre, la desnudez, la carencia de armas y parque, la distancia, los ríos, las montañas, los precipicios, las balas de los enemigos, nada nos arredra. Cuando queremos hacer una cosa, la hacemos: poco nos importa el resultado.”

“En estos días me ha sucedido una rara coincidencia. El 3 de agosto llegué a la finca Jesús María a los tres años justos del día en que estuve en ella en unión de Isaías Masó. Veníamos a representar a Manzanillo en la junta que habría de celebrarse entre los diputados de algunos pueblos de la Isla, para conferenciar acerca de nuestro levantamiento contra la tiranía española. Al siguiente día nos reunimos todos en San Miguel, lo mismo que resultó este año en igual fecha. La primera finca fue incendiada por Valmaseda y está hoy desierta. La segunda está simplemente destechada, pero también solitaria. Antes eran prósperas y visitadas. Pero antes éramos esclavos: hoy tenemos patria. Somos libres. ¡Somos hombres! Cuba, que entonces temblaba al sólo nombre de España, ya se bate contra todo su poder, la desprecia y la vence. Yo, que llegué a esta finca, como un simple particular y acompañado de un solo patriota, ambos servidos por esclavos, hoy, aunque sin pretenderlo, ni merecerlo, soy el Presidente de la República, que tratábamos entonces de fundar. República que existe ahora y que en esa época estaba solamente en nuestros corazones. Me rodean cientos de patriotas libres de casi todos los pueblos de la Isla y aún de las repúblicas suramericanas. Los que aquí se juntaron ocultos, recelosos, desarmados, hoy vienen públicamente con la frente altiva, llenos de seguridad y confianza, y haciendo brillar al sol de la libertad sus armas escogidas. Todos los pechos estaban animados: todos consideraban la coincidencia de aquel aniversario como un feliz agüero. Yo participaba del común regocijo: mi frente no estaba nublada y pensativa como en el 3 de agosto de 1868, sino apacible y serena, como el cielo después que ha descargado los rayos de sus tempestades. Allí referí a los circunstantes, ansiosos y admirados, las gráficas escenas de aquel día que ya pertenece a la historia, y les marqué las localidades que habíamos ocupado en el rancho de San Miguel que todos saludamos con religioso respeto al despedirnos de aquel lugar sagrado.”

“Estuvimos caminando hasta el día 28. (…) En la mañana siguiente, muy temprano, se mandó explorar por la parte del Rehondón (…) No hacía dos horas que se ausentaran, cuando se oyó el fuego en nuestra avanzada del lado mismo que se había hecho la exploración. … Yo lo presencié todo, sintiendo el silbido de las balas sobre mi cabeza, y recorriendo luego el teatro de la acción sembrado de cadáveres, caballos, armas, etc., y regado todo de sangre. Así tuve lugar de perdonar la vida a un soldado español prisionero que tenía una pierna rota; porque los sentimientos que aquellas víctimas de la tiranía española me inspiraron, fueron de compasión al considerar su ignorancia, su juventud y el dolor de las madres que con tanta ternura habrían cuidado aquellos cuerpos destrozados y besado aquellos rostros desfigurados por el rayo de la guerra.”

“El campamento es un pueblo: se han refugiado en él como 200 familias que huyen del furor de los españoles. Las hay ancianas tullidas, inválidas; pero prefieren la muerte a presentarse a los tiranos. Todos los días tengo gran número de visitas. Dicen que vienen a conocer a su padre.”

EL PADRE

Un gran hombre atormentado

-el amo de la guerra le llamaban-

Dolido hasta los tuétanos

De nostalgias de cariños

Escribió a su amada

¡Oh, lejanía que ponen las distancias!

¡Oh, lejanía que imponen los deberes!

¡Ay, corazones desbocados

Por amores faltos de reencuentros!

Y el grande hombre que desbordó emociones

Capaces de estremecer el mundo

No pensó en el tiempo necesario

Para hacer realidad el añorado sueño

De poner los millones de besos en las mejillas tiernas.

Murió distante –cual estaba-

Pero grande como era,

Sin poder dar uno solo de esos besos,

El padre que peleaba por amor

De millones de hijos irredentos.

¡Así de hermosas y tristes

Son las historias que ocurren en el mundo!

 

 

Doctor en Ciencias Médicas y Doctor Honoris Causa. Profesor Titular y Consultante. Profesor Emérito de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.

 

 

 

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