Karima Oliva Bello - Granma / Cubainformación.- La América Latina que vio nacer el festival sigue padeciendo los males estructurales con que el capitalismo aniquila la vida y menoscaba la dignidad.


El Festival del Nuevo Cine Latinoamericano fue inspiración de un destacado grupo de cineastas, junto al empuje de un proyecto de emancipación social sin paralelo en América Latina: la Revolución Cubana. No en balde La Habana se convertiría en su sede oficial a finales de la década de los 70 del siglo pasado. Con el mismo ímpetu esperanzador la ciudad había visto nacer la Casa de las Américas, y años después acogería la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, porque la Revolución tenía que ser una revolución de la cultura.

El festival se creó para que el cine de nuestra América tuviera un espacio frente a la hegemonía representada, fundamentalmente, por la industria hollywoodense, en cuyas películas los «latinos», la mayoría de las veces, no han podido ser más que narcotraficantes o empleados domésticos.

Por estas aspiraciones que le dieron sentido, el festival lleva ese nombre y no otro. Se quería producir un cine que reflejase, sin complejos y con orgullo de su identidad, las realidades de nuestros pueblos, a través de un lente comprometido con sus orígenes, su historia, su estética, sus lenguas, sus tradiciones, sus luchas e, incluso, en no pocos casos, con la denuncia de las violencias sistémicas y sistemáticas que el capitalismo y el colonialismo nos han hecho padecer. De manera que el festival, desde sus inicios, tuvo una connotación política y una impronta ideológica.

Hoy el mensaje político es más importante que nunca. La América Latina que vio nacer el festival sigue padeciendo los males estructurales con que el capitalismo aniquila la vida y menoscaba la dignidad. En la década de los 70 se convirtió en territorio del experimento neoliberal, mientras el colonialismo entraba en un nuevo capítulo, uno muy agresivo y no menos fatal: los territorios nacionales y la mano de obra pasaron a ser expoliados por las élites transnacionales a gran escala, los movimientos sociales perseguidos, los defensores de la tierra y los derechos humanos asesinados y los periodistas desaparecidos.

En el plano cultural, el colonialismo no ha dado tregua. Sigue a la orden del día el terror al comunismo que en el periodo de la guerra fría Estados Unidos diseminó por el mundo con ayuda de Hollywood, por cierto, y reprimiendo o matando a no pocos hermanos latinoamericanos.

Entonces, en esta barrida de todo cuanto ha significado algo nuevo, verdaderamente alternativo y alguna esperanza, los que nos consideran patio trasero, mirarían con gusto que abandonemos el sueño de un cine otro y que eludamos el compromiso político con lo que el festival representa.

Si Cuba fue sede en otro momento de lo más avanzado del movimiento cultural latinoamericano, si fue casa e inspiración para los mejores artistas de nuestra región, hoy el mundo nos sigue mirando. Es grande la responsabilidad y no podemos trocar la revolución cultural, que aún tiene mucho por andar, por una cultura cobarde y mediocre. Como anfitriones tendremos que estar siempre muy convencidos de nuestro mensaje a los creadores y pueblos de América Latina en su festival, que no puede ser otro que el del orgullo por nuestra identidad como pueblos, el de la liberación en todos los órdenes y el de la belleza.

 

 

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