Karima Oliva Bello - La Pupila Insomne.- En honor a Marielle Franco, quien un 14 de marzo de 2018, hace justamente dos años, fue brutal e impunemente asesinada, por ejercer su derecho y alzar la voz en defensa de los más pobres. Cuando la oposición a un sistema es digna.


La primera vez en mi vida que vi una movilización social como acto de protesta política fue en octubre de 2014. Estaba de visita en México y, desde la ventana del Hotel donde me hospedaba, en el mismo centro de la Ciudad, a dos cuadras exactas del Zócalo, vi avanzar una multitud interminable de personas de todas las edades, que se dirigían, imparables, hacia la emblemática plaza en la que se ubica el Palacio de Gobierno. No alcancé a ver dónde concluía la aglomeración. La calle apenas la contenía. Temblaban las paredes de esos predios antiquísimos, medio hundidos en el asfalto, sobre el lago.

Me estremeció el grito de tantas voces al unísono: 1, 2, 3, 4, 5, así, hasta 43. ¡Vivos se los llevaron! ¡Vivos los queremos! Se trataba de los 43 jóvenes, estudiantes de una Normal, en Ayotzinapa, que habían sido desaparecidos por agentes de las fuerzas policiales del estado mexicano: criminalizados por pobres, sus vidas se consumieron desoladas, ensartadas en la urdimbre de un narco-estado, en donde la indignación de familiares y ciudadanía, a pesar de ser mucha, no alcanzó para encontrarlos. Los gritos, esa noche, producían un eco conmovedor contra el vacío que habían dejado los jóvenes normalistas, cavado en el alma de las madres y los padres, allí presentes. Bajé corriendo las escaleras del Hotel y me uní, profundamente consternada, a la multitud, que no dejaba de gritar pasando lista a los 43. Un grueso cordón de policías contenía a ambos lados de la calle el avance de la afluencia. Iban armados. Vi sus caras y sentí un miedo completamente nuevo, del que no tenía registro en mi experiencia: allí estaba, a la espera, cruda y voraz, la violencia del Estado.

Nunca olvidaré la seriedad de aquellos rostros en rebeldía, todos gritaban levantando los brazos, muchos lloraban: contra la pared de inverosímil terror que formaban los cuerpos de los policías, se agitaba la indignación más pura que había visto. Ese día, perdida en medio de una plaza extranjera, a miles de kilómetros de la Isla, esta comenzó a adquirir para mí un tono completamente distinto. Pensé en mi país como nunca antes. Cada escena, cada imagen, cada rostro, desde entonces, y hasta ahora, los comparo con Cuba, con severa agudeza. No pensé en ese momento que en mi país no se daban esas manifestaciones porque no existían las leyes que normaran su realización por fuera de las organizaciones y convocatorias oficiales. Pensé, en su lugar, que el estado no desaparecía a sus estudiantes más pobres, y que tal vez por eso, por no conocer esa violencia brutal contra sus hijas e hijos, el pueblo en Cuba, con o sin las leyes en cuestión, no tomaba las calles, y me alegré de que así fuera.
Meses después, en Brasil, camino a la universidad, atravesaba la Plaza 15, en el Centro de Río de Janeiro. En la medida en que dejaba atrás la estación de las barcas de dónde provenía y me adentraba en la plaza, comencé a ver personas corriendo atemorizadas, gritaban. Me di cuenta de que algo estaba mal. Me comenzó a faltar el aire y me ardían los ojos. Aparecieron policías galopando sobre caballos rollizos y desbocados, con barrotes en las manos, blandiéndolos en el aire, que para ese entonces ya era seco y me quemaba la piel, los ojos, la garganta. Estaba en medio de la represión a una movilización, pero lo supe solo después. Un hombre, al verme desorientada, me tomó de la mano y echó a correr conmigo. Presa del susto no atiné a otra cosa que seguirlo. No paramos hasta cinco cuadras más arriba, ya lejos del efecto de los gases lacrimógenos. Me dijo, ¿para dónde vas? Para la Universidad Federal de Río de Janeiro. Al notar mi acento hizo una mueca. ¿Sabes cómo llegar?

No desde aquí, no reconozco este lado de la ciudad. Ven conmigo, te voy a dejar donde puedas tomar un ómnibus que vaya para allá. Anduvimos varias cuadras a paso agitado sin decir palabra. Ya lejos del peligro más inminente, comencé a pensar quién era aquel hombre y hacia dónde íbamos, sentí miedo. Me miraba a cada rato y se sonreía como quien no quiere, pero debe, como quien da un abrazo, como para calmarme. Así habría lucido yo. Llegamos al punto de ómnibus. Gracias, le dije llorando. Me sujetó el hombro a modo de despedida. Nunca más lo vi. De esa violencia inesperada demoré en recobrarme. Pensé, de qué sirve el derecho a manifestarse en las democracias capitalistas si te queman los ojos y te caen a barrotes.

Entonces, era mayo del 2016 y estaba llegando al final, con éxito, el Impeachment contra la Presidenta electa Dilma Rouseff. Sin pruebas en su contra y como resultado de un complot de las élites económicas en el poder, con quien el propio partido de Dilma había pactado para poder gobernar el país, se dio un Golpe de Estado anticonstitucional en la cara de toda la ciudadanía, dividida entre quienes querían que se respetara la constitución y quienes querían ajustar cuentas al Partido de los Trabajadores, que para ese entonces, habiendo nacido de un fuerte movimiento popular, se había convertido en un grupo desligado de las bases que lo gestaron, corrompidos muchos de sus líderes. Ese es el rostro real del pluripartidismo. Todo el aparato jurídico político de la democracia en curso, no fue más que un panfleto formal, sin efecto, ante las voluntades de los grupos económicos más poderosos del país, que sentenciaron la muerte política de Dilma de forma violenta, en función de sus intereses de clase. ¿La democracia? Prostituida.

Para rematar, en esas mismas calles, donde meses atrás, me había tocado asistir desprevenida a una manifestación reprimida por el estado, el 14 de marzo de 2018, asesinaron a Marielle Franco, por usar su voz en defensa de los prescindibles para el sistema: los jóvenes negros de las favelas que tan bien ella conocía. Aun hoy, mientras escribo estas letras, su asesino está libre. ¿La justicia? Obvio, corrompida.
Marielle era, a todas luces, la expresión más clara de la belleza. Mujer, pobre, negra, había nacido y crecido en una de las favelas más bravas de la ciudad, no obstante, se había convertido en profesora de sociología en la Universidad Estadual de Río de Janeiro. Como si fuese poco, Marielle tenía una sonrisa abierta y frontal. Era feminista, militante del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), un partido de izquierda dentro del escenario político brasileño, y concejala, por este partido, en la Cámara Municipal de Río de Janeiro. El de Marielle, fue un crimen político. Se había convertido en esos días en una de las voces más fuertes contra las redadas brutales con que el narco-estado brasileño sistemáticamente limpia de negros pobres las favelas, criminalizando, a balazos, la pobreza en la que el sistema los tiene sumidos. De nada le sirvió a Marielle educarse, llegar a ser profesora universitaria, ser electa como miembro de una instancia del aparato jurídico político de la democracia en que vivía. Marielle era negra y pobre, las estadísticas indican que los negros pobres en su país tienen alta probabilidad de ser baleados y punto. ¿La meritocracia, la democracia, la justicia, y todos esos eufemísticos etcéteras?: un chiste muy mal contado.

De modo que me avasalló una realidad que ni intuía que existiera, ya que solo conocía los actos de los llamados opositores en Cuba. Las causas por la que los movimientos sociales toman las calles en señal de oposición al sistema son, la mayoría de las veces, la reivindicación de derechos como el derecho a la vida, amenazados por estados en que los crímenes se cometen sistemáticamente con total impunidad y con complicidad de las fuerzas del orden. O el derecho a garantías laborales amenazadas por la honda privatización del mercado laboral que convierte prácticamente en esclavos a quienes contaban con empleos seguros. O la defensa de territorios que, a cuenta y riesgo de extinguir la forma de vida de sus pobladores, contaminar sus suelos, sus aguas, su aire, sus pieles, su sangre, son entregados para saciar el lucro de corporaciones extranjeras.

Estos actos de oposición al sistema capitalista, a pesar de que formalmente está reconocido el derecho a manifestarse, son barridos ferozmente, en tanto constituyen la crítica a los mecanismos de enriquecimiento de las élites económicas. Los activistas políticos que protagonizan la oposición al sistema capitalista, los líderes, los defensores de derechos humanos, los periodistas que denuncian, que critican, que disienten, son, no ya apresados, sino asesinados con total impunidad, en serie, todos los días.

Pero lo más importante es ver cómo estos movimientos, surgidos en la resistencia ante las más brutales formas de violencia y violación de derechos elementales, son modos de resistencia colectiva ante un sistema que es muchos y el mismo a la vez en todas estas latitudes colonizadas y vueltas a colonizar, por las pulcras potencias occidentales, acreedoras de la idea del bienestar que se nos impone. El occidente que decretó que negros e indios no tenían historia ni conciencia y, como salvajes, debían ser salvajemente esclavizados en estas tierras. No es casual que Marielle fuese una mujer, pobre y negra y que por los negros alzara su voz.

Ese día de la manifestación en el Zócalo, surgió en mi horizonte la noción de lo colectivo. Comprendí que los actos de oposición y protesta ante un sistema, no son alegatos narcisísticos de resentimientos e inconformidades personales, sino que nacen de la urgencia colectiva, de resistencia y lucha, en sociedades donde las fuerzas propenden al exterminio de la vida de esos grupos. Marielle no estaba indignada por ella misma, Marielle era el vehículo de una lucha colectiva que la ha trascendido, incluso, después de su muerte.

Luego de haber conocido esas realidades y las circunstancias por las cuales los pueblos y sus mejores hijos se indignan, la indignación mediática alrededor de los más recientes actos de los llamados opositores en Cuba, me parece un teatro con muy malos actores y de muy mal gusto.

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