Antonio Rodríguez Salvador (Imagen: Tomada de Pixabay) La Jiribilla.- De acuerdo con Henri Gouhier, la “imitación” de un hombre actuando no puede ser más que una representación; una acción hecha presente. En esa doble relación con la existencia y con el tiempo está la esencia del teatro. Quien entra en escena no es el representante de una personalidad, es personaje trasformando una sombra en realidad, alguien que presta su ser.


Así, estoy en mi luneta (mi casa, la pantalla de mi PC) compartiendo el tiempo con un actor llamado Yunior García Aguilera. Se ha descorrido el telón, una luz cenital lo transfigura y dota de un tono épico; difuminadas, en el fondo, se perciben siluetas. Escucho sus parlamentos, atiendo a la línea dramática y, de repente, me pregunto a quién estará prestando su ser.

“¿De qué va la obra? ¿Se trata acaso de una tragedia?; ¿teatro del absurdo? ¿Un personaje alucinado? En cualquier caso, ¿tales equívocos no son más coherentes con el sainete o la comedia?”.

Entiendo que procura representarse a sí mismo, el personaje se llama y actúa como Yunior, tiene su figura y sus señas, pero una cualidad importante en toda obra literaria es su consistencia: esa necesidad de que todas las premisas tengan que ser verdaderas para que el argumento sea válido. Las implicaciones lógicas del discurso no pueden ser autocontradictorias.

Y es que algo no me parece bien trabado en la argumentación dramática. Dice el personaje, cito el texto, que Cuba es una dictadura, no hay democracia; pero, de ese modo, ¿no se estaría negando la voluntad de una inmensa mayoría que votó a favor de tal sistema social? ¿Qué significa en esta obra la palabra democracia? ¿Será un desliz del dramaturgo?

Por otra parte, solicita realizar una marcha en nombre de los permisos que concede la Constitución; pero cuando le argumentan que la Constitución no admite su marcha, entonces niega la existencia de todo orden legal del país. Como que de pronto me enredo con su concepción de estado de derecho, pero no me preocupo tanto y sigo disfrutando la obra. A lo mejor, pienso, solo ha querido introducir un recurso impactante, propio del teatro de la crueldad.

En fin, semejantes contradicciones pudieran ser, o no, inconsistencias en la argumentación dramática: no te adelantes, me digo. No puedo evitarlo, sin embargo, y en mi confusión me pregunto: ¿De qué va la obra? ¿Se trata acaso de una tragedia?; ¿teatro del absurdo? ¿Un personaje alucinado? En cualquier caso, ¿tales equívocos no son más coherentes con el sainete o la comedia?

“Solicita realizar una marcha en nombre de los permisos que concede la Constitución; pero cuando le argumentan que la Constitución no admite su marcha, entonces niega la existencia de todo orden legal del país”. Imagen: Alfredo Martirena / Tomada de Cubahora

Ya vimos que el actor es Yunior García Aguilera, que representa al personaje Yunior García Aguilera, pero es que entre actor y personaje también hay contradicciones. Nos afirma que no le debe nada al Estado cubano, pero poco tiempo atrás, en entrevista concedida al periódico Juventud Rebelde, resulta que había dicho todo lo contrario: “Desde que empecé a hacer teatro en Holguín ingresé a la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Integrarme a esa organización me ofreció la posibilidad de participar en talleres, de compartir experiencia con otros creadores, hacer encuentros y publicar mis obras. Tengo todos los motivos del mundo para agradecer el apoyo brindado, porque sin la Asociación no hubiese podido hacer la mayoría de mis trabajos”.

¿Y quién creó y subsidia la AHS? ¿No es el Estado cubano? ¿Y quién la patrocina? ¿No es la Unión de Jóvenes Comunistas? Más adelante, en la misma entrevista, nos dice referido a sus estudios en el Instituto Superior de Arte, creado por Fidel: Fue allí “donde me enseñaron a ver el teatro no como un juego sino como una profesión”.

Las contradicciones continúan. El personaje nos dice: “Es cierto que (en Cuba) hubo algunos logros y conquistas, no todo es gris. Pero de qué sirven las gratuidades si luego van a chantajearme con ellas. ¿Qué valor tiene mi educación si luego me prohíben pensar con mente propia?”. O sea, que los libros que ha publicado y los textos que ha podido estrenar, no son obra de su mente. ¿Quién se los escribió? ¿Son grises? ¿Estará insinuando un borrón y cuenta nueva con su obra anterior?

Quién sabe si uno de esos escasos logros y conquistas de la Revolución sea él mismo: ya sabemos que una rara excepción no tiene por qué agradecer, solo confirma una regla. Pero bueno, ya vimos que él pretende representarse en escena, y de pronto me asalta otra duda: ¿Quién será el dramaturgo de esa obra? ¿Quién el director escénico?

Según el libreto, la marcha será pacífica, y por estas asociaciones de ideas, que ni sé por qué ocurren, de pronto recuerdo que la llamada Ley Helms Burton también tiene un nombre muy pacífico. En realidad se llama “Ley de la Libertad Cubana y Solidaridad Democrática”. Un título realmente hermoso. Cuando alguien te dice las palabras libertad, solidaridad y democracia, uno imagina que está paseando por un verde prado donde vuelan palomas y el cielo es de un azul intenso.

El caso es que hay más inconsistencias en el Yunior personaje. Como sabemos, el Yunior actor es dramaturgo, hombre de la cultura; alguien supuestamente entrenado para dotar de estilo y espesor semántico la palabra. Obvio entonces que el personaje debería mostrar en escena esa característica, pero no es así. En realidad se expresa como ciertos políticos de Washington; o peor: como los de Miami, lo cual no es poca diferencia en cuanto al uso de frases hechas y lugares comunes.

“Quienes aplauden furibundamente esa Ley son los mismos que ovacionan este performance”. Imagen: Osval / Tomada del sitio web Misiones diplomáticas de Cuba

¿Entonces quién habrá escrito esa obra? No puede ser él, obviamente. Alguien cuyas obras han sido estrenadas en el Royal Court Theatre de Londres no mostraría tanta pobreza en el uso del lenguaje, tantas fallas en la construcción dramática. Por poner un ejemplo, quizá excesivo, creo que un dramaturgo de tal nivel no puede caracterizarse en escena haciéndole hablar como lo haría, digamos, Marco Rubio.

No estoy insinuando nada, solo hago comparaciones técnicas, pues el personaje también pudiera ser un campesino de extraordinaria productividad, una combinada cañera viviente. Por ejemplo, en cierto momento nos dice que pagó sus estudios cortando caña y recolectando café, lo cual es un logro tremendo.

Cuando había democracia en Cuba, y no era un Estado fallido como ahora, el 43 por ciento de los campesinos eran analfabetos, aun cuando tenían que trabajar como bestias, de sol a sol. No les alcanzaba para pagar estudios a sus hijos, ni para comer, menos para hacer teatro. Vean, entonces, el mérito de ese personaje, quien consigue hacerlo en un sistema que paga salarios de “espejitos”.

En fin, allá los que sepan de teatro y sus arcanos misterios. A lo mejor tan solo se trata de una parodia, una farsa, o simplemente una crítica a la Ley Helms Burton. Aunque tampoco sé, pues quienes aplauden furibundamente esa Ley son los mismos que ovacionan este performance.

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