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20 de mayo: ¿Fecha simbólica?

Francisca López Civeira

Cubaperiodistas

La fecha del 20 de mayo ha concitado múltiples miradas, lo cual es inevitable a partir de posiciones e intereses de sus contemporáneos y, posteriormente, desde actitudes políticas y desde la investigación histórica. La relación con el pasado, con el presente y posible futuro, son factores que han condicionado en gran medida las miradas a esa fecha y su significación. A partir de esas consideraciones, resulta pertinente reflexionar sobre ese acontecer de 1902, como momento de un proceso histórico complejo.

En primer lugar, hay que tener en cuenta la coyuntura: el final del imperio colonial español, la ocupación militar estadounidense y la mayoritaria voluntad independentista del pueblo cubano aunque en medio de algunos intereses contrapuestos, lo que se había expresado de múltiples maneras, como el derribo de la estatua de Isabel II en el Parque Central de La Habana  o cuando, en Pinar del Río, las fuerzas del VI Cuerpo del Ejército Libertador entraron en la ciudad en noviembre de 1898 y el Ayuntamiento acordó cambiar el nombre de la antigua Calle Real o Mayor –desde 1897, Cánovas del Castillo– por calle de José Martí; también nombró Plaza de la Independencia a la Plaza de Armas y rebautizó al teatro Lope de Vega como José Jacinto Milanés.

Ese fenómeno se dio prácticamente en todas las ciudades y pueblos cubanos, donde las calles Independencia, República, Martí, Maceo, entre otras muchas redenominaciones mostraron los símbolos que se defendían. Este es un necesario antecedente para reflexionar acerca de cómo fue posible que, en tan adversas condiciones, se pudiera llegar a la constitución de un estado nacional en Cuba, aunque con las limitaciones de soberanía que tuvo.

En este asunto hay dos aspectos esenciales: la proclamación de la República de Cuba no significó la consumación de los ideales de absoluta independencia y de realización de la revolución martiana, por una parte; por otra, Cuba no siguió el mismo destino de otras zonas comprendidas en el mundo colonial español y que pasaron al dominio estadounidense a partir del Tratado de París de diciembre de 1898, como Puerto Rico y Filipinas. Por tanto, ¿qué pasaba en Cuba para derivar en una solución distinta a las prácticas coloniales, o sea que llevó a un estatus diferente? Este es un asunto fundamental.

El pueblo cubano quedó ocupado militarmente de manera oficial el primero de enero de 1899. Por tanto, la gran interrogante era: cuál sería el propósito de los Estados Unidos en esa coyuntura. La incertidumbre fue ganando terreno en la medida en que la ocupación se prolongaba. En tal contexto, las fuerzas independentistas quedaron sin representación organizada, sin estructura de dirección, sin organizaciones propias; sin embargo, la aspiración de lograr la salida de los ocupantes y tener el estado nacional propio se manifestaba de manera espontánea en la vida cotidiana. No se pueden desconocer esas manifestaciones patrióticas en medio de tan adverso panorama.

Entre las expresiones independentistas se cuentan los actos de homenaje a los héroes, especialmente en las exhumaciones de los restos de los caídos, los cambios de nombres de calles, lugares e instituciones; también composiciones poéticas, canciones, guarachas, décimas, boleros que, muchas veces anónimos, ponían de manifiesto ese sentimiento.

Por ejemplo, “Una patriota” decía en “El bolero de Marianao”: “Y viva Cuba, viva el machete,/ Viva el valiente que lo empuñó:/ ¡Hurra! A los montes, hijos de Cuba,/ Si nos engaña la intervención.”[1] O en las “Décimas que canta Ramitos” decía muy diplomáticamente que daría gracias y vivas a los “americanos”, “pero unidos les diremos:/ Cuba para los cubanos[2].

La voluntad de resistencia se ponía de manifiesto a pesar de los planes para ganar la opinión pública a favor de la presencia norteña, de “americanizar” a la sociedad cubana, lo que era un claro aviso al poder interventor frente a sus propósitos de que Cuba quedara ligada a los Estados Unidos por lazos de singular intimidad y fuerza, como definió el presidente McKinley el 5 de diciembre de 1899, aunque comprendía que  su carácter orgánico o convencional dependería de los acontecimientos futuros.

La designación de Leonard Wood como gobernador militar de Cuba, en diciembre de 1899, parecía dar ventaja a los partidarios de la anexión, que era una de las tendencias en debate en Estados Unidos. El nuevo gobernador militar trató de crear las condiciones para garantizar una posible anexión, por lo que necesitaba prolongar el estado de ocupación; pero las autoridades decisorias norteamericanas buscaron diferentes vías de información para aquilatar la verdadera situación.

Entre otras formas, realizaron visitas para constatar in situ los estados de opinión. Entre las visitas que llegaron a Cuba se cuenta la del secretario de la Guerra, Elihu Root, el 7 de marzo de 1900, así como la de los senadores Orville H. Platt, Nelson P. Aldrich y Henry M. Teller el 18 de marzo. En todos los casos, comprobaron la mayoritaria voluntad independentista. La comisión de senadores lo reconoció así, lo que fue reflejado por los diarios: “Puede decirse que todas las clases en Cuba esperan el establecimiento de un gobierno independentista, una república cubana.”[3]

En medio de la dispersión de las fuerzas partidarias de la independencia, algunas de sus figuras plantearon como objetivo inmediato la retirada de la ocupación militar, que Estados Unidos se fuera de Cuba.  Eso significaba hacer todo lo posible para que los norteamericanos tuvieran que salir. Esa era la meta a lograr de inmediato. De ahí que el General en Jefe Máximo Gómez insistiera en no perder un minuto para despedir al poder extranjero “para mí injustificable –decía– y que a la larga constituye un peligro para Cuba.”[4] Se trataba de poner fin a la intervención “en el más breve tiempo posible.”

La mayoritaria oposición cubana a los intentos de convertir el gobierno militar en civil, lo que significaba la permanencia de la ocupación al eliminar su carácter transitorio, se expresó a través de la prensa, en los círculos de veteranos, en mítines y otros muchos espacios, lo que dejaba muy claro que la anexión no sería aceptada por la mayoría, por lo que requeriría el uso de la fuerza.

En aquella época Estados Unidos no podía asumir tal riesgo, dada su condición de nueva potencia ascendente en medio de un mundo repartido en colonias y zonas de influencia por las grandes potencias ya asentadas. A esto se sumaba la guerra que enfrentaba en Filipinas.

Ante la resistencia mayoritaria del pueblo cubano a una posible anexión, Estados Unidos se vio en la necesidad de encontrar variantes para ejercer el dominio sobre Cuba, de ahí la orden No. 301 de convocatoria a elecciones para delegados a una Asamblea Constituyente que debía iniciar sus sesiones el 5 de noviembre de 1900, un día antes de las elecciones generales en Estados Unidos.

La fecha era importante para mostrar al electorado de aquel país la imagen de solución para el tema cubano, más aún cuando McKinley aspiraba a la reelección. La convocatoria establecía la obligación de los delegados de redactar y aprobar una Constitución y, como parte de ella, “proveer y acordar con el Gobierno de los Estados Unidos en lo que respecta a las relaciones que habrán de existir entre aquel Gobierno y el Gobierno de Cuba”.[5]

La reacción frente a este enunciado, que se denominó “cláusula sospechosa”, fue inmediata. A tal punto se manifestó el descontento, que Leonard Wood presentó una modificación a esta disposición en su discurso inaugural de la Asamblea Constituyente, cuando expresó que “la fórmula de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, será completamente distinta de la redacción de la Constitución Cubana”, lo que fue saludado con aplausos.[6] Esta formulación tomaba cuerpo en una nueva Orden, la No. 455. De ahí que la llamada Enmienda Platt no formara parte del texto constitucional, sino que fue un apéndice al mismo.

La reacción popular fue de absoluto rechazo, por lo que hubo manifestaciones en todo el país y en La Habana llegaron ante el teatro Martí, donde sesionaba la Asamblea; pero el gobierno de Estados Unidos impuso a los delegados la aprobación del apéndice conocido como Enmienda Platt, que constituyó un instrumento de dominación sobre Cuba, por el que se sentaban las bases, conjuntamente con otros mecanismos, para el establecimiento del sistema neocolonial. Esa fue la variante creada y aplicada en Cuba

No obstante, también es cierto que Cuba no fue anexada, que hubo que implementar una fórmula en la cual fue imprescindible incluir la existencia del estado nacional cubano. No tomar en cuenta esta circunstancia implicaría desconocer la resistencia de aquel pueblo que, en tan adverso escenario, defendió el derecho a tener su propio estado y trabajó por la retirada de las tropas de ocupación. Esa resistencia marcó un camino diferente para Cuba.

El 20 de mayo de 1902 se inauguró la República, fue día de fiesta para la gran mayoría de cubanos, pues se alcanzaba el propósito inmediato aunque no se concretaba la revolución anticolonial. La poesía popular también muestra ese sentimiento complejo en aquel día. Mientras imploraba a Dios por la prosperidad del pueblo cubano, pedía también:

Que como dulce rocío

derrames sobre su frente

con tu brazo omnipotente

el fuego de la bondad.

¡Ay! Sostén su libertad,

sosténmela Independiente.[7]

En medio de múltiples incertidumbres, de una ocupación militar y de políticas encaminadas a la dominación, se expresó la afirmación de las aspiraciones nacionales a la independencia; el pueblo cubano fue capaz de resistir y defender su derecho nacional, lo que determinó la búsqueda de nuevas formas para el establecimiento del dominio que no pudo soslayar la instauración de la República de Cuba.

Quedaría por delante alcanzar la plena soberanía, es cierto, pero no hubo anexión. Se alcanzó un primer escalón para la nación cubana en medio de situaciones adversas y eso significó un factor fundamental para el devenir posterior. Cuba no abandonó su aspiración a la plena independencia de manera mayoritaria.

(Imagen de Portada: Isis de Lázaro).

Notas

[1] La nueva lira criolla. Guarachas, canciones,  décimas, y canciones de la guerra por un Vueltarribero. 5ta edición aumentada. La Moderna Poesía, La Habana, 1903, p. 197

[2] Ibíd., p. 120

[3] Citado por Philip S. Foner: La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, T II, p. 209

[4] Reproducido por Yoel Cordoví: Máximo Gómez. Utopía y realidad de una República. Editora Política, La Habana, 2003, p. 188

[5] Hortensia Pichardo: Documentos para la Historia de Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1969, T II, p. 70-71

[6] Diario de sesiones de la Convención Constituyente de la Isla de Cuba. Imprenta El Fígaro, Obispo 62, Habana, 5 de noviembre de 1900, p. 1

[7] Dirección de Investigaciones Folklóricas: Los trovadores del pueblo. (Búsqueda, selección y prólogo de Samuel Feijóo). Universidad Central de Las Villas, Cuba, 1960, p. 21

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