Reinaldo Cedeño Pineda - Alma Mater.- Un sabor agridulce me quedó en los labios cuando lo vi esfumarse en las primeras horas. Me asombré cuando desembarcó en mi casa unos días después. Se quebró la sentencia del segundo encuentro. Fue como una fiebre, como una venganza.


¡No soy gay!, me dijo entre lágrimas. ¡No lo soy!, repitió con fervor. Y casi me convenció…

Era muy tarde, era muy lejos, así que tendría que quedarse. De amante pasé a terapeuta. Lo consolé como pude, le dije que una vez no determina nada, le dije lo que precisaba escuchar aquel muchacho ovillado en mi cama, aquel chico tímido, desnudo, hermoso, que juraba y perjuraba que no era gay.
Un sabor agridulce me quedó en los labios cuando lo vi esfumarse en las primeras horas.
Me asombré cuando desembarcó en mi casa unos días después. Se quebró la sentencia del segundo encuentro. Fue como una fiebre, como una venganza; pero al final, volvió la desesperación:
¿Cómo voy a vivir después de esto?… No soy gay, cojone… nooo…

Era una penitencia.
Mi vocación de consejero se había aletargado, se había quedado entre las sábanas, se había extraviado mientras recorría su cuerpo erizado, gimiente, duro. Y ya comenzaba a extraviarme yo mismo, cuando hice acopios de voluntad y le mostré la puerta. Tarde y todo, tendría que irse. Era el fin.

Así pensaba, así debió ser, mas hubo otra, la tercera. Lo recibí con sequedad, que lo pensara bien antes de abrazarme, que se detuviera antes de quedarse sin nada, que… pero sus ojos ardían, ardían los míos y el deseo se saltó cualquier remilgo y la lujuria, con su capa de lluvia, nos empapó.

Cuando pensé que había dado el paso, que finalmente había cruzado el puente, cuando creí que por tercera sería la vencida… pretextó un compromiso ineludible, una tarea impostergable, algo. Y le vi enrojecer, le vi rabiar contra sí, le vi irse.

Una cuarta ocasión era un exceso que decidí no permitirme. No, le dije cuando tocó mi puerta. No, cuando rogó. De ninguna manera. Y no hubo nada ni nadie que me sacara de ahí.

Y la vida siguió. La vida siempre sigue, siempre empuja.
Hace poco me encontré con él. Me estremeció su mirada nerviosa, perdida. Solo en la calle solitaria. Quise correr a ayudarlo cuando dio un traspiés inoportuno, torpe; cuando un estremecimiento recorrió su espalda. Y yo, que ya tengo algunos años, que me creía a salvo de todas las angustias, lloré.

(Del libro en preparación La discreta garra. Testimonios sobre la diversidad y la discriminación)

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