Ismael Sánchez Castillo


Hay declaraciones que, por su crudeza, merecen ser leídas dos veces. Una para entenderlas y otra para asumir la magnitud de su significado. Lo dicho recientemente por Mauricio Claver-Carone, exfuncionario del gobierno de Trump en el Consejo de Seguridad Nacional y hoy enviado especial para América Latina del Departamento de Estado de los Estados Unidos, ante el Consejo de Asuntos Mundiales de Miami, no es una anécdota diplomática más. Es, con todas sus letras, una confesión. Una confirmación de lo que Cuba y buena parte del mundo lleva décadas denunciando: que el verdadero propósito del bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba es infligir dolor. Dolor al pueblo. Sufrimiento cotidiano como herramienta política. Hambre como estrategia de cambio político.

En palabras del propio Claver-Carone, se trata de aceptar “dolor a corto plazo para ganancias a largo plazo”. Lo dice con naturalidad, con frialdad, incluso con cierto orgullo. Y lo más alarmante no es solo lo que dice, sino cómo lo dice. Como si fuera legítimo agredir a una población entera para forzar un modelo político diferente. Como si el hambre, la escasez, la migración forzada o la desesperanza fueran simplemente los peajes necesarios hacia un futuro deseado… por ellos.

Estas palabras, lejos de sorprendernos, vienen a ponerle nombre y apellidos a una política inhumana que desde hace más de seis décadas ha intentado doblegar a un país soberano. Una política que ha fracasado en su objetivo último, pero que ha conseguido algo no menos grave: dificultar el desarrollo económico de la isla, limitar su acceso a bienes esenciales, cercar sus relaciones internacionales, y castigar, día a día, al pueblo cubano por el hecho de haber elegido un camino diferente.

Ahora, sin disimulo, se reconoce públicamente lo que siempre se negó. Que las sanciones no se diseñan para afectar a un gobierno, sino para dañar directamente al conjunto de la población. Para hacer la vida tan insoportable que la única salida parezca ser la rendición. Es el abuso como doctrina, la crueldad como política de Estado.

Se pueden tener opiniones diversas sobre el modelo político cubano. Como también se pueden tener sobre muchos otros regímenes del mundo con los que, por cierto, Estados Unidos mantiene relaciones cordiales. Pero lo que no puede ni debe tener cabida en la política internacional del siglo XXI es la utilización del sufrimiento humano como arma para forzar voluntades. Eso tiene otro nombre: crimen.

No es Cuba el único objetivo de esta estrategia despiadada. Claver-Carone lo extiende a Venezuela, Nicaragua y otros países de la región que no se alinean con los intereses de Washington. Y lo hace, además, recurriendo a argumentos que huelen a Guerra Fría, a estigmatización de pueblos enteros, a criminalización del migrante. La comparación entre las personas migrantes y supuestos delincuentes enviados “para desestabilizar” a Estados Unidos es un ejercicio de xenofobia peligrosa y repugnante, impropia incluso del cinismo habitual en la política exterior estadounidense.

Hoy toca no solo condenar con contundencia el bloqueo criminal contra Cuba, sino denunciar con toda claridad la impunidad con la que Estados Unidos se permite hablar de intervenir en los asuntos internos de países soberanos. Es un atropello al derecho internacional, una agresión continuada que debe cesar de inmediato. Y es, también, una llamada de atención para las personas y los pueblos que creemos en la justicia, la soberanía y la dignidad.
Cuba ha resistido porque su pueblo ha sabido organizarse, cuidar lo común y defender su proyecto con errores y aciertos, pero con decisión. Lo ha hecho frente a una política que, como ahora se confiesa, no busca el diálogo ni la cooperación, sino el colapso.

Hoy toca comprometerse con la solidaridad internacionalista, trasladar el apoyo, desde todos los rincones, al pueblo cubano. No están solos. Frente al odio planificado, respondemos con hermandad. Frente al bloqueo económico, levantamos puentes de cooperación. Y frente al cinismo de quienes confiesan su crueldad como si fuera estrategia legítima, afirmamos con rotundidad que los pueblos tienen derecho a vivir en paz, sin injerencias ni castigos por atreverse a construir su propio destino.

Que nadie olvide esta confesión. Porque en ella se desnuda no solo una política exterior, sino toda una forma de entender el poder: como imposición, como castigo, como abuso. Y porque, aunque se diga en Miami, resuena con fuerza en La Habana, en Caracas, en Managua… y también aquí, en Sevilla.

Seguiremos del lado correcto de la historia.

En Sevilla, a 4 de abril de 2025

Ismael Sánchez Castillo

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