La poeta cubana Georgina Herrera (1936-2021).

Zaida Capote Cruz - Red Semlac / Foto: Tomada de OnCuba.- Georgina Herrera murió hace poco más de un año y, cada vez que pienso en ella, recuerdo las reuniones de Magín1, aquellas mujeres entusiastas y optimistas que, en medio de la crisis atroz de comienzos de los años noventa, se juntaban para soñar y hacer, para pensar y trabajar porque Cuba fuera mejor. Georgina imponía por su corpulencia, pero en cuanto hablaba rezumaba cordialidad. No era todavía una “negra vieja” como esas que solía evocar en sus poemas; pero ya la vida le había deparado experiencias muy dolorosas. Todas la escuchábamos con mucho respeto y atención.


Había quedado huérfana siendo muy niña y luego perdió a su hija en un accidente de tránsito. Con esos dolores a cuestas trabajaba en la radio, escribía, escribía, se sumaba con entusiasmo a las discusiones públicas. Su palabra se imponía, clara, sin gesticulación, pero decía lo que había que decir. Su poesía límpida y a menudo triste nos habla de los más hondos dilemas vitales. Su diálogo permanente con la muerte y la soledad, su resistencia a dejarse vencer por la adversidad son ejemplares. No en vano contaba con alegría la primera confusión en su escuela: cuando aquella “niña negra, pobre, muy pobre, que había logrado llegar a la Escuela Superior” fue acusada de plagio antes de que las autoridades escolares tuvieran que conceder que se trataba de una “poetisa de altos vuelos”, según le contó a Daisy Rubiera en Golpeando la memoria (2005).

Su primer poemario, GH (1962), es bastante lúgubre. Una especie de declaración de fe sin fe. Sin embargo, su elección del árbol como representación de sí misma, lleva implícita la fuerza de su decisión vital: ella es “el árbol rebelde” en el poema “Para la ceniza”, ese árbol que, a pesar de todo, “sigue pertinaz sin doblegarse”. Es también sombra, esa “múltiple costumbre de no ser”, como dice en “Los lugares”. Una recia introspección desalentada domina sus primeros poemas y se compacta en el decisivo “Convocatoria”, que todavía hoy nos estremece: “Hermanos de la sombra: / todo es inútil, hay que suicidarse”. Vuelta hacia sí misma, encarna en la interpelación a la naturaleza su coloquio con la vida; si una garza o una lechuza representan la tristeza, un árbol o una piedra pueden encarnar la vida o la muerte.

Aquel retraimiento se va tornando gusto por la compañía de los demás. La llegada de los hijos, el contacto con Gentes y cosas (1974), como tituló su segundo libro, provoca que aquel árbol quemado, deshecho, retoñe alegremente con su maternidad, esa “dicha y agonía” que la aleja de una vez de la tristeza. Sus hijos la acompañan, ya no estará sola: “Todo el dolor que venga/ será pequeño, comparado/ a tanto amor creciendo en sus tamaños”, dice en “Las dos mitades de mi sueño”. Sin embargo, la atracción de la muerte permanece en poemas dedicados a narrar la experiencia: “Una niña: su muerte”, “La solterona: su muerte” o “El ahorcado: su muerte” ilustran esa calma inevitable, la clausura de la vida. Su poesía estrecha vínculos con la naturaleza y el paisaje y su cuerpo puede ser árbol o río, y hasta un perro echado a los pies del amado.

En 1978 publica Granos de sol y luna, y su percepción se expande aún más hacia lo colectivo, con el afianzamiento de su conciencia revolucionaria. Esos “granos de sol y luna” serían su legado a los hijos en caso de su muerte: son la belleza; pero también el vínculo a una genealogía de mujeres luchadoras contra la injusticia: Doña Ana de Souza, que enfrentó a los traficantes de esclavos en lo que hoy es Angola -a cuyo primer presidente, Agostinho Neto, dedica un poema-; las jóvenes soldados que enfrentan a los nazis en la película soviética Los amaneceres son aquí apacibles (Stanislav Rostoski, 1972), frente a cuyo heroísmo la voz poética ríe de su propia pequeñez; la heroica batalla a punta de pistola de Carmen Castillo, compañera de Miguel Enríquez, embarazada. Esos homenajes permanecerán en su poesía hasta el final. Con esas mujeres conversa, se compara y en ellas se inspira. Baste citar el poema dedicado a Haydee Santamaría, inédito hasta que se publicara en Poesía completa (2016): “Haydee, confío / en su gesto y su palabra. / Parece frágil siendo la más fuerte. / Lo que usted dice, y su manera, / precisamente son el fuego antiguo, necesario. / Nuestro. / Lo supimos / gracias a usted”.

Como ha dicho una de sus estudiosas, Katherine M. Hedeen, su voz lírica trashumante “se identifica con mujeres y hombres de distintas culturas y tiempos históricos, y con las luchas anticolonialistas y antimperialistas de otras horas y latitudes”, ofreciendo la imagen de “un sujeto a la vez feminista, afrocubano, proletario y descolonizador”. Ese rasgo de su poesía, combativa y antijerárquica, podría ilustrarse con sus “Conclusiones sobre la reina Subad”, a quien rechaza por disponer de la vida de sus súbditos, y con el ímpetu de su alabanza a Ana de Souza: “¡Ay, Doña Ana, abuela / de la ira y la bondad!”. O en su diálogo con la Virgen María en “Epitafio en la tumba de María”: “¿Qué hizo de ti la voluntad del hombre?”.

Otros poemas revelan la felicidad doméstica, la crianza de los hijos, la asunción gozosa de los deberes de cuidado y la alegría de los juegos y descubrimientos infantiles, como en el bellísimo “Ella ha descubierto su corazón”, dedicado a Anaísa, su hija:

No se está quieta.

Qué modo el suyo de girar llenando

sitios marcados

por el hábito de la soledad.

De pronto, lleva

ambas manos hacia la izquierda de su vida,

corre hacia mí, despavorida casi

y bella como nunca. Aprieta

mis dedos a los suyos. Trata

de aprisionar el ruido. Busca

mi cara como

quien busca amparo.

Apenas puedo

besarla. Un poco,

nada más, sobre la frente.

Su introspección autobiográfica se ahonda en Grande es el tiempo. Libro de elogios, lamentos y capitulaciones (1989), en el cual reivindica la herencia africana desde lo íntimo, como en “África”: “Cuando yo te mencione / o siempre que seas nombrada en mi presencia / será para elogiarte. / Yo te cuido”. De este libro es su galería de mujeres levantiscas, modelos de mujer rebelde. Como en “Fermina Lucumí”: “Válida es la nostalgia que hace poderosa / la mano de una mujer / hasta decapitar a su enemigo”. O en “Retrato oral de Victoria”: “Qué bisabuela mía esa Victoria. / Cimarronéandose y bocabajos / pasó la vida. / Dicen / que me parezco a ella”.

Esos recorridos por la historia la afirman en su vínculo con el pasado, pero también definen su compromiso con la justicia, como ocurre en “El más anciano de Vietnam”, “Historia americana, nuestra” o “Girón”, poemas antimperialistas y vindicadores de la lucha contra la opresión.

También en “Muerte de Jesús”, dedicado al asesinato del líder azucarero Jesús Menéndez. Lo interesante aquí es que esa muerte se cuenta desde el espacio íntimo: el padre llega acongojado a casa “moviendo de un lado a otro la cabeza, / así, de un modo, como / si todos fuésemos huérfanos”; es la desesperanza de quienes nunca hasta entonces tuvieron derecho a la esperanza. Tales poemas se acompañan de otros que celebran el amor, como “Agradecida al hombre que me ama” o “Amándose en un ómnibus”.

Tras la muerte de su hija, en 1988, su poesía pareciera regresar al tono lúgubre de sus primeros versos. “Se le ha muerto la hija” es una elegía peculiar, muy intensa, en la cual no se evoca a la muerta, sino la desolación de la madre, su pérdida, mientras se la retrata “yendo y viniendo desde la que ama / hasta los que la compadecen”, fuera de sí, desorientada, desvalida. Otros poemas volverán sobre el tema, eterno ya, en la poesía de Georgina Herrera: “Cercanía de lo ineludible” o “La que ascendió al planeta que no entiendo”. Como le confesó alguna vez a Sara E. Cooper, de Cubana Books: “en mis poemas está toda mi vida. Yo no sé escribir de otra cosa”. Así, su poesía canta todo lo humano, enaltece lo cotidiano y la naturaleza y da cuenta de su lugar en el mundo, del lado de los desposeídos. En “Viviendo en casa grande” da una lección de vida. Prefiere compartir, rescatar lo colectivo, la solidaridad con los más pobres: “el resto, casi / toda la casa grande, / yo la cedo. / A los que nada, / a los que nunca, / a los que nadie…”.

Asimismo, sus raíces africanas, la veneración por sus mayores, por sus gestos “para que nunca olvide / quién soy, de dónde vengo, a qué me debo”, recorren sus poemas “Primera vez ante el espejo”, “Oriki para mí misma”, “Despidiendo el duelo de Rosa Parks”. Entre los publicados en Gatos y liebres o libro de las reconciliaciones (2009) destaca “Al palacio real llegan mensajes”, que denuncia la expoliación de África, el tráfico negrero. Otros poemas recorren ese vínculo entre pasado y presente: “Cuatro razones para ser como soy”, “Oyendo hablar al viejo Owení” y “Oriki para las negras viejas”, un canto de alabanza a la sabiduría ancestral. El tema, que parece afianzarse en sus últimos libros, estaba sin embargo entre sus primeros textos, como el luminosamente antirracista “cuento de amor y muerte en Alabama”: “Richard Alfred era un obrero pobre / y el Ku Klux Klan un cuervo gigantesco…”.

Entre los inéditos que su Poesía completa (2016) puso en circulación destaca “Diseño de la excluida”, un autorretrato en ausencia, pudiera decirse, conciso y por lo mismo potente: “Ge-or[1]gi-na He-rre-ra. / Ese nombre no existe”. Las invocaciones a José Antonio Aponte, Quintín Bandera, Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet, mártires del antirracismo cubano, confirman cuánto su poesía es, a un tiempo, canto de amor y de batalla, con esas palabras suyas “transparentes, tenaces”, como rezaba aquel verso de “Gritos”.

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1 La Asociación de Mujeres Comunicadoras – Magín, nació en Cuba el 15 de marzo de 1993, en homenaje a la creación de la Asociación Nacional Femenina de Prensa en ese mismo día de 1939. Magín funcionó intensamente hasta 1996, fecha en que se declaró su desactivación.

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