Rosa Miriam Elizalde - Alamar, barrio en el este de La Habana, se convirtió en ciudad dormitorio de la capital de Cuba a partir de 1971 cuando decenas de edificios de cinco plantas diluyeron las pocas casitas que ocuparon la parcelación original. En ese año, América Latina daba señales de lo que se desataría con la sucesión de dictaduras militares: se ilegalizaban partidos y organizaciones, iban al exilio cientos de miles de personas y se desataban las prácticas aberrantes de lo que se normalizaría después con las ejecuciones sumarias, torturas, desapariciones forzadas y secuestros de niños.


Fiel al contexto, el movimiento de microbrigadas que había nacido para crear miles de viviendas populares en Cuba, se llamó inicialmente “Tupamaros”, en honor a la guerrilla urbana de Uruguay. Luego Alamar haría honor a la corriente de simpatía de los cubanos hacia aquellos que enfrentaban las dictaduras y, en asambleas populares, se decidió destinar a los exiliados, principalmente mujeres y niños de América del Sur y Centroamérica que llegaban por olas a la isla, las primeras casas construidas en aquella porción de territorio frente al Atlántico, que se convirtió en el barrio más multicultural de Cuba.

No se sabe a ciencia cierta cuántos refugiados exactamente carenaron en la isla en esos años, pero sí que Alamar, que ahora cuenta con unos 100 mil habitantes, fue conocida como la ciudad de los chilenos.

Según fuentes oficiales, entre 200 mil y 500 mil chilenos abandonaron su país tras el golpe militar contra el presidente Salvador Allende, equivalente a 2 por ciento y 5 por ciento, respectivamente, de la población total de Chile de esos años. Miles tuvieron como destino a Cuba. Muchos eran niños que vivieron la mitad de los años 70 y prácticamente toda la década de los 80 jugando beisbol más que futbol y estudiando en escuelas cubanas, donde eran tan “pioneros” como los demás, usaban pañoletas azules y rojas, se conocían de memoria los poemas de José Martí, hablaban a los gritos, preferían la conga a la cueca y le decían frijoles a los porotos y aguacate a la palta.

La mayoría de los exilados chilenos que llegaron a Cuba en la primera hora salió del país tras permanecer asilados en las embajadas o en peligrosas operaciones semiclandestinas o clandestinas a través de la cordillera. Una campaña internacional rescató de un campo de concentración a Manuel Cabieses Donoso, director de la mítica revista Punto Final que los golpistas cerraron horas después del asalto al Palacio de La Moneda y de la muerte de Salvador Allende. Tras dos años preso en Chacabuco y Los Álamos, Manuel llegaría con su esposa y sus tres hijos a habitar el departamento 11, tercer piso, en el edificio D-2, zona 7 de Alamar.

Hace una década él me hablaba con nostalgia de Alamar y se negaba a aceptar que se redujera la localidad a la presencia de chilenos, aunque “la solidaridad que Cuba entregó a Chile es imposible de medir en términos materiales”. Alamar fue también un refugio para argentinos, uruguayos, bolivianos, peruanos, nicaragüenses, salvadoreños, haitianos, colombianos y hondureños, que huían del terror, la prisión y la muerte en sus países. Después de aquella conversación que sostuvimos en 2009, Manuel publicó sus recuerdos de exiliado en la revista Casa de las Américas.

“Éramos miles de latinoamericanos refugiados en la isla mientras Cuba enfrentaba los rigores del bloqueo estadunidense. Pero también en esos años estaban los becados africanos que se preparaban como profesores, médicos e ingenieros. Y muy cerca de Alamar, en la playa de Tarará, estaban los niños de Chernobyl recuperándose de las horribles quemaduras del accidente nuclear. Y los heridos y mutilados angoleños, sudafricanos y congoleños rehabilitándose en hospitales y sanatorios cubanos. Los camaradas de Giap, los compañeros de Mandela, los herederos de Lumumba, los seguidores del Che de todas partes del mundo”, escribió Cabieses.

Varios de los 24 ministros del gabinete de Boric nacieron, se criaron o estudiaron en el exilio pinochetista. Maya Fernández, ministra de Defensa de Chile y la nieta menor de Salvador Allende, vivió casi 20 años en Cuba.

Con justicia se recuerdan los 50 años del golpe militar contra el presidente Allende, pero los medios dan especial importancia y congratulan a unos hechos sobre otros. Por ejemplo, el gesto del Departamento de Estado al desclasificar, medio siglo después, informes enviados a Richard Nixon en las horas previas al golpe de Estado en Chile, que en realidad esconden más que enseñan. Cualquiera que haya seguido las investigaciones de Peter Kornbluh, analista del Archivo de Seguridad Nacional estadunidense, encontrará evidencias de que Nixon no sólo estaba al tanto de los acontecimientos desde que Allende llegó al Palacio de La Moneda, sino que Washington fue cómplice de la violencia con que fue derrocado el gobierno de la Unidad Popular y la brutalidad de la represión en contra de sus partidarios y su presumible base social.

El olvido selectivo, como siempre, comete injusticia con el pasado. Ojalá los homenajes recuerden que Chile, entre la pesadilla y el terror, entre las muchísimas pruebas de heroísmo, resistencia y solidaridad, tuvo también un Alamar cubano.

 

 

 

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