Mi bandera. Foto: Yusmilys Dubrosky.


Miguel Alfonso Sandelis

Cubadebate

El 11 de julio fue un día traumático para nuestra sociedad. Los hechos que ocurrieron en varios lugares del país constituyeron un sacudión a nuestras conciencias. Entre sus causas se mezclan el escenario adverso con los errores acumulados y repetidos, lo coyuntural con los necesarios cambios que nunca se hicieron o se tardaron, el oportunismo del norte con nuestra obsolescencia y conservadurismo. Pero el 11 de julio es una gran oportunidad que no podemos dejar pasar.

El recrudecimiento del bloqueo en la pandemia, la incitación al odio, el vandalismo y el pedido de una invasión militar, son atrocidades capaces de generar el más grande rechazo de nuestro pueblo. Pero lo burdo de estas crueldades no nos puede conformar ante argumentos tan fuertes, desviándonos de la revolución interna que tenemos que hacer y estando en el mejor momento para ello, teniendo en cuenta además los cambios que ya venían ocurriendo en lo político, lo económico y lo social.

En estos días hemos visto señales de que la gran oportunidad que nos ha brindado el 11 de julio comienza a ser aprovechada. Los barrios más vulnerables de la capital han sido “asaltados”, llevándoles desde distintas instituciones y organizaciones un mar de soluciones a problemas añejados entre la falta de recursos, de iniciativas y de prioridades. Pero dos grandes retos se abren a esta “invasión”: que sus pobladores sean partícipes de las soluciones (no meros asistidos) y una de nuestras mayores carencias: la sistematicidad. Sumado a esto, hay que evitar que quienes vayan a los barrios lleven más expectativas que soluciones, cerrarles el espacio a los que van a buscar imagen porque es lo que está de moda, y pensar también en los tantos barrios vulnerables que hay en otras provincias.

Por otro parte, cada día nos informamos de nuevos encuentros de nuestro primer secretario y presidente con diferentes sectores de la sociedad. Pero como los retos se regalan por sí solos, con cada encuentro se abren grandes expectativas que deben ser encausadas. Esta manera de poner el oído en la tierra debe convertirse en un estilo de trabajo para todo el que tenga una responsabilidad de dirección.

En esta decisiva etapa también debe convertirse en una constante el enfrentamiento a todo lo que se interponga al correcto cauce de las cosas, a lo que frene las iniciativas, a lo que lleve al inmovilismo.

Ante una propuesta osada, ante la necesidad de un cambio, ¿habrá algún conservador o burócrata que nos pueda detener con el viejo argumento de los riesgos? ¿Habrá en estos momentos un riesgo mayor que no hacer? ¿Cuántas buenas ideas se han detenido? ¿Quién tendrá argumentos para detenerlas ahora?

¿Qué terremoto va a ocurrir en el Poder Popular y en las organizaciones que existen en los barrios para que estos estén a tono con las necesidades y aspiraciones de la gente que allí vive?

¿Qué convulsión van a vivir las organizaciones que existen en las empresas para actuar en correspondencia con las transformaciones que ya están ocurriendo y las que se vienen encima?

¿Por qué persisten “teatros” montados para encuentros con jefes, con sus participantes requete escogidos y las intervenciones delineadas?

¿Por qué existen ciertos niveles de dirección que llenan sus agendas con acciones que buscan contentar a los de arriba y con otras centradas en su propio nivel, pero muy pocas que impliquen bajar a los niveles inferiores?

¿Por qué hay lugares donde la atención a la base, es decir, zapatear con los de abajo, es solo una prioridad en los power-point, pero no en el actuar verdadero?

¿Por qué el discurso de algunas instituciones y organizaciones va por un lado, mientras lo que estas más controlan son otros temas que tributan mucho a las estadísticas y poco a las esencias?

¿Cuándo la atención a los planteamientos y a las quejas va a dejar de ser una estadística para convertirse en un ágil y efectivo proceso de solución?

En estos tiempos urgidos de acción, recuerdo dos bicicletadas suspendidas a impetuosos jóvenes, una de la CUJAE por Martí un 19 de mayo, y otra de la Universidad de la Habana por Mella un 10 de enero. ¿Acaso Fidel suspendió el acto en el Paraninfo de la Universidad de Panamá, a pesar de saber que se le preparaba un atentado? ¿Quién va a suspender una nueva y justa iniciativa juvenil cuando las condiciones epidemiológicas lo permitan? ¿A nombre de qué temor?

Cambiemos todo lo que deba ser cambiado, para más socialismo, no para satisfacer los intereses mezquinos de quienes, allende los mares, incitaron a la violencia del 11 de julio, ni de aquellos que, con mucho oportunismo crítico, quisieron asegurar un puesto en el festín de los apátridas. Removamos lo obsoleto; impulsemos lo renovador. No nos permitamos convivir con la desidia. La Revolución espera por nosotros.

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