Michel E. Torres Corona - Foto: Juvenal Galán - Granma.- A esa valentía, a ese compromiso con la verdad desde la Revolución, a ese modo ético y límpido de luchar por el socialismo en Cuba, se encomienda Con Filo, un programa de apenas 15 minutos que sigue intentando rasgar la costura de la manipulación mediática y adentrarse en la arista filosa de los acontecimientos.


Con filo lleva ya par de meses al aire y ha intentado ser un espacio reflexivo sobre las matrices de opinión que suelen querer imponer sobre Cuba. Fruto de un esfuerzo colectivo, el programa ha tratado por todos los medios de eludir verdades absolutas, llamar al debate y a la recepción crítica de cualquier discurso mediático, incluso el propio.

Con una amplia legión de detractores, pero también con muchas personas que lo han acogido con beneplácito, Con filo asume la política y la polémica en torno a nuestro país desde una posición partidista: toda opinión se esgrime a favor o en contra de los fenómenos, eventos y personajes analizados. No nos escondemos para decir que somos partisanos de la Revolución y a ella nos debemos, con mayor o menor tino, pero desde la convicción de que su defensa es más eficaz cuando se practica desde el compromiso irreductible con la verdad.

En su corto recorrido al aire, el programa es celebrado y, al mismo tiempo, tildado como el peor de la parrilla televisiva actual. Y no puede haber problema alguno con ello: es saludable que existan discrepancias, que la gente valore en función de sus gustos, preferencias e intereses. Con lo que sí no vamos a estar nunca de acuerdo es que, amparados en un supuesto ejercicio de la libertad de expresión, se ofenda y se amenace.

Ha sido precisamente ese el mayor resabio de los que nos involucramos en esta riesgosa aventura de hablar desde y sobre Cuba: la profusa y entristecedora campaña que el bando de los que odian y deshacen han urdido para tratar de amedrentar no solo al equipo de Con filo, sino a todo aquel que piense de forma distinta. El lenguaje de odio y la violencia simbólica, las amenazas de muerte y represalia contra los defensores de la Revolución, se han hecho lugar común. Es casi un cliché, un detalle cotidiano, que las personas se deseen la muerte cuando el vasto internet ocupa el espacio entre ellas.

Es increíble ver cuánto puede cambiar una persona cuando sufre de esa intoxicación por odio, cuando se deja influir por ambientes en los que se premia y se aplaude la violencia. No es algo que debamos asumir como inherente o exclusivo de las «nuevas dinámicas digitales», pero ciertamente hay una tendencia al paroxismo del vituperio en la posibilidad de ofender con impunidad, sin tener que ver a los ojos de la potencial víctima. Si antes se decía que el papel aguantaba casi todo, hoy podemos afirmar que Facebook y Twitter son un interminable papiro de vulgaridad y rencor.

Esta realidad debe llamarnos a permanente introspección. Debemos revisarnos a fondo para que conductas de esta índole no se imiten en el campo revolucionario. Siempre debemos ser mejores que nuestros enemigos, luchar por la Revolución con ética e inteligencia, ganar para nuestra causa a lo mejor de la sociedad cubana y tratar siempre de convencer a aquellos que han sido secuestrados por voceros del caos y la destrucción, que lo mismo llaman a asesinar, a provocar estallidos sociales o a una intervención militar.

Y a esa eticidad debemos acompañarla con valentía, para no dejarnos amedrentar por esa maquinaria mediática de odio, que intenta intimidar a todo aquel que, aun en circunstancias muy complejas, aboga por el socialismo; y honestidad, para no callarnos ante los ataques más bajos y viles, pero también para alzar nuestra voz ante cualquier injusticia, cualquier error que se cometa dentro y fuera de nuestro país.

Debemos romper el aparente monopolio sobre la crítica que parece ejercer la contrarrevolución. Es perentorio que

abordemos temáticas o sucesos escabrosos, difíciles de digerir, antes que dejar ese espacio a nuestros enemigos, que contarán la historia a su manera. Toda laguna que dejemos en el relato mediático de nuestra realidad será utilizada en nuestra contra: no tenemos derecho a callar.

A esa valentía, a ese compromiso con la verdad desde la Revolución, a ese modo ético y límpido de luchar por el socialismo en Cuba, se encomienda Con filo, un programa de apenas 15 minutos que sigue intentando rasgar la costura de la manipulación mediática y adentrarse en la arista filosa de los acontecimientos.

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