La historias de dos mujeres cuyas vidas estuvieron marcadas por el nacimiento como fenómeno, pero de maneras totalmente opuestas…


Mario Héctor Almeida Alfonso - Cubahora.- Tener una familia suele ser ley de vida. Sin embargo, existe a quienes se les niega ese derecho. Algunos nacen y, en ese instante sagrado de la maternidad, son abandonados por sus padres a su suerte. El hecho resulta aun más deplorable cuando ese ser indefenso que se trae al mundo tiene alguna limitación física o mental. Tal es el caso de Nena Milagros Huaraz Huaraz.

Vive hace 36 años en las instalaciones del Hospital Víctor Ramos Guarda, de Huaraz, específicamente desde el dos de junio de 1984, día de su nacimiento y fecha también en que sus padres se fueron. Es por ello que sus apellidos no son otros que el propio nombre de la ciudad. La niña presentaba bajo peso y microcefalia, lo cual supuso alguna afección genética y fue diagnosticada posteriormente con el síndrome de Cornelia de Lange (CdLS).

Esta alteración genética poco conocida conduce a anomalías severas del desarrollo, tanto físico como intelectual. Se determina por sus características faciales en asociación con retraso del crecimiento pre y postnatal, retraso mental de nivel variable y, en algunos casos, deformación de miembros superiores. Muchos síntomas se pueden mostrar en el nacimiento a muy temprana edad y suele presentarse en uno de cada diez mil o veinte mil recién nacidos.

¿Sobreviviría la pequeña? Nadie podía saberlo. Lo cierto fue que una criatura frágil y enferma fue criada sin padres naturales y, en cambio, tuvo el amor inmenso de muchas personas, trabajadores de la institución, que a lo largo de estos 36 años le han proporcionado todo lo necesario para vivir.

Esta es su casa, anda de arriba para abajo sin ocasionar alboroto. Su antiguo cuarto en el servicio de medicina, un pequeño espacio habilitado para ella, ha sido su refugio, su pequeño gran mundo. Ahora pasó por la terapia intermedia de COVID-19. Era de esperar que, en estas circunstancias y a pesar de los cuidados se contagiara. Pero es fuerte, ni su diabetes tipo II se enteró de la presencia del peligroso virus.  

Ahí está nena, jugando con sus manos e intentando colocarse un gorro en la cabeza de cabello corto bien negro. No parece interesarle el frío: yace sentada en la rampa de entrada a la sala y nada ni nadie la molesta.

Otras manos, en la cercana ciudad de Carhuaz, rememoran a sus noventa años bien cumplidos la historia de quien desde su profesión de obstetra ayudase a nacer a tantos… que hoy se hace imposible contabilizarlos.

Beatriz Flores nació en Loreto, Iquitos, un cuatro de abril de 1930 y obtuvo su título en la universidad de San Marcos, Lima. No había trabajo en la gran ciudad para ella, joven y con muchas ganas de hacer. Luego de recibir varias negaciones de plazas, fue nombrada para trabajar en la Sierra, particularmente en Carhuaz.

Jamás pensó echar raíces tan alto, pero la vida caprichosa la aprisionó a estas tierras. La “joven de la selva” se convirtió en “mujer de la Sierra”. Ni el terremoto del setenta, que golpeó fuertemente su pierna izquierda, impidió que regresara a trabajar nuevamente a su Carhuaz desbastado. Tenía ya diez hijos, un matrimonio, una carrera y muchas mujeres parturientas esperando por ella.

“En ese hospital, el que los cubanos nos hicieron y que aún funciona, hice mi último parto, por demás múltiple: trillizos. Nacieron todos sin problema alguno”, comenta mientras esboza una sonrisa, disfrutando, a pesar del tiempo, esa victoria.

La jubilación fue mero cuento, pues su casa se convirtió entonces en sala de parto. Cuatro camas resultaban muchas veces insuficientes y había que habilitar otras. Sus hijos recuerdan que ella sola asistía los nacimientos, higienizaba el local, lavaba las sábanas, preparaba y servía los alimentos; por si fuera poco, se ocupaba de su familia.

Desde los lugares más intrincados acudían por sus servicios. Nunca le interesó el dinero; el embolso por su trabajo quedó pendiente de cobrar en muchos casos.

Beatriz Flores viuda de Torres, como dicen por aquí que se le debe llamar, es una persona encantadora. Apartada de sus actividades habituales por la edad, su salud no se amedrenta fácilmente. No acepta tratamientos sin antes estar completamente convencida. Su voz es firme cuando discrepa o emite algún criterio. Ella resulta, tal vez, como el Huascarán.

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Pd: Logros del esfuerzo común: tres altas en la UCI/Covid-19 durante la semana y mejoría evidente de Kennyo, el joven de 16 años que ha sido reintervenido y ventilado por más de veinte días. Antonia se despedía desde su cama y la foto apresurada a su salida solo indica otro triunfo.

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