Alberto Buitre - Oficio Rojo - Es muy difícil escribir hoy, pero es necesario. Partió Fidel. Y duele su ausencia física, pero tal dolor se acompaña de una sonrisa cínica porque el Comandante en Jefe partió invicto.


Durante mucho tiempo me preparé para un día como el de hoy. Y la noticia sobre ese momento indeseado que finalmente llegó, me ha amargado más de lo que siquiera imaginé. Y es que no, uno nunca está del todo listo para un momento así; para ya no compartir la misma tierra con un gigante. Porque uno nunca sabe el tamaño que tiene un ser humano en este universo, hasta que sentimos en carne viva el vacío que éste deja. De tal tamaño el vacío, de tal tamaño su presencia.

No obstante, esta amargura no es como otras, del todo inesperadas, inevitablemente depresivas. Al partir Fidel, deja con nosotros 90 años de historia viva. Deja un legado tan extenso que nadie tendrá vida suficiente para abarcarlo. Porque Fidel parte invicto, lo que significa que en su vida nunca hubo un punto final, y sigue escribiéndose en cada una de las obras que nos ha heredado.

Porque "Fidel es Fidel", como dijera Raúl, lo que significa que sólo Fidel pudo encarnar tal enormidad histórica, política, intelectual, tan grande, que sólo millones, unidos, podremos continuar su obra. Para entender la inmensidad del Comandante en Jefe, piensese en la historia de toda la humanidad del siglo XX.

Qué tan grande es Fidel que el imperialismo no pudo contra él –como versa el guaguancó--, a pesar de tenerlo a 90 millas de distancia; a pesar de haber destinado por más de 50 años cientos de millones de dólares en fallidos proyectos para acabar con él y con su Revolución. Por eso en Miami y en Madrid, como en todas aquellas mazmorras donde yacen asquerosos liberales ultraderechistas, vociferan hoy de rabia porque el Comandante partió incólume, intacto. Pobres gusanos, nunca antes como hoy lucen tan insignificantes.

Fidel no puede morir. Lo atestiguamos hoy. No por sentimentalismo, por esa cursilería infantil de quien no quiere dejar partir a quien se ha ido. No puede morir por aquello que enseñó Jorge Luis Borges que, la inmortalidad se alcanza con las obras. Y la herencia del Comandante es inmensa; abarca más de medio siglo, ni más ni menos. No obstante no termina ahí, puesto que su Revolución en tanto socialista, es dialéctica, se construye todo el tiempo, en cada conversación, en cada jornada de producción, en cada vida que es posible gracias a esta inconmensurable estructura social, política, cultural, científica, humanitaria que gestó desde Cuba para el mundo.

“Buenos días historia, agranda tus portones, entramos con Fidel”. Las palabras de la actriz cubana Corina Mestre lo dicen todo. Hoy el Comandante ha dado un paso hacia la inmortalidad, pero entre el cielo y el suelo que es este tiempo, Fidel permanece. Al fin y al cabo, ¿cómo puede morir aquel que ya ha vencido a la muerte?

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