El 22 de diciembre de 1961 culminaba en la Plaza de la Revolución José Martí de La Habana, la campaña con la que la Revolución en el poder declaraba a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo.


La misma bandera que se izara en cada municipio de la isla ascendía ahora en la capital, coronando el esfuerzo que había dotado de capacidades para leer y escribir, en apenas un año, a 707 mil cubanos.

Una fuerza conjunta de 121 mil Alfabetizadores Populares; 100 mil brigadistas Conrado Benítez; 15 mil brigadistas Patria o Muerte; 35 mil maestros voluntarios, sumando 271 mil educadores, añadidos los directivos y aseguradores, conformaron un ejército de 300 00 personas, y fueron protagonistas de una hazaña legendaria que aún resuena.

Las amenazas estadounidenses de todo tipo, el terrorismo, los asesinatos de maestros y alfabetizadores, y hasta una invasión militar, no pudieron impedir semejante resultado. Su ideólogo y principal animador victorioso sólo podía ser uno: El Comandante Fidel Castro. Muchos años después Gabriel García Márquez escribiría sobre sus “ilusiones insaciables” y su incapacidad para “concebir ninguna idea que no sea descomunal”, ambas características que pueden explicar cómo pudo nacer la idea de dejar sin analfabetos a Cuba en sólo un año.

Sesenta años después, el homenaje a aquella hazaña, al pueblo de Cuba que la protagonizó, y al liderazgo que la condujo en los más mínimos detalles, tiene también cosas que decirnos de nosotros mismos, de los métodos y paradigmas presentes en una victoria así, que tal vez puedan constituir referentes para los desafíos del presente.

La escala, el país entero y simultáneamente, la participación popular, con los jóvenes en primera línea, la velocidad que trabaja “para ayer”, con metas claras, la información constante del avance, con datos sistemáticos con las cantidades de alfabetizados por territorio, son algunos de los elementos que permitieron convertir a cada ciudadano en cuando menos un espectador activo de la campaña.

Todo ello, acompañado de un mundo simbólico: uniformes, banderas, farol, himno… “lápiz, cartilla, manual” y un involucramiento de todos los actores de la sociedad desde sus distintos roles, en estímulo y apoyo a los alfabetizadores.

Como botón de muestra, baste recordar que, a solicitud de Fidel, el más grande intérprete cubano de música popular de todos los tiempos, Benny Moré, iba cada jueves -gratuita y disciplinadamente- a cantar para los alfabetizadores que se preparaban en el balneario de Varadero.

Culminada la campaña y alcanzada la erradicación del analfabetismo, una concepción permanente de continuidad en un desarrollo infinito impulsó una Revolución educacional, ampliando capacidades en todos los niveles de enseñanza para niños y jóvenes, a la vez que desarrolló la educación de adultos en sucesivas “batallas” por el sexto y noveno grados, y la dotación de una consistente producción editorial, no sólo como una base para la educación sino como vía de acceso a la cultura más amplia.

Suele decirse que sólo el pueblo salva al pueblo, y tal vez pocas veces ha sido más real que en aquellos días de 1961. Mirarlo desde los desafíos del presente, en medio de un crecimiento imparable del acceso a las Tecnologías de la Información y la Comunicación, lleno de oportunidades infinitas pero también de riesgos y manipulaciones, la infraestructura y los recursos humanos con que cuenta Cuba permiten proponerse modos creativos de preparar masivamente a la población para eso nuevos escenarios, no sólo como receptores críticos sino también como participantes activos.

Un sistema de medios públicos, una educación universal y gratuita presente en todas partes, un sistema de organizaciones e instituciones al servicio del pueblo no pueden cumplir su misión ante los desafíos del presente sin despojarse de cualquier concepción elitista y tecnocrática, que impida que, ante los nuevos desafíos, el pueblo vuelva a salvarse a sí mismo. En la hazaña de la alfabetización hay no pocas lecciones para hacerlo posible.

(La Jiribilla)

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