Wilkie Delgado Correa* - Cubainformación.- Aún hoy en día muchos de los botes de pesca aparecen resguardados en atracaderos a orillas del río tal como lo describiera Cristóbal Colón en su Diario de viaje.


Gracias a la magia y al influjo de la literatura hechizada por el genio de Gabriel García Márquez, Macondo pasó de la ficción a la realidad histórica literaria descrito en obras como Cien años de soledad, Los funerales de la Mamá Grande, La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo y otras.

La existencia de Macondo en la imaginación garciamarquiana estuvo inspirada en Aracataca, un municipio del departamento de Magdalena, cuya fundación se estima en 1885, que era una zona bananera, donde nació el 6 de marzo de 1927 y creció hasta los 8 años Gabriel García Márquez. Fue descrito en la época supuesta en que era una aldea de veinte casas de barro y cañabrava habitadas por sus 300 habitantes y construida a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.

A la vez, mi barrio de la niñez debió ser una pequeña aldea taína a la vera del río y sigue siendo un recuerdo imborrable y ligado a mi vida desde el 6 de septiembre de 1939. Es el barrio rural de Boca de Miel, situado a unos tres kilómetros de la ciudad de Baracoa, y separado de ella por una península de arena situada entre el mar y el río.  

Este poblado se ubica empotrado entre una ladera de fincas de unos trescientos metros de altura y el río Miel que le dio nombre, junto al término Boca, que indica que está cercano y en la orilla opuesta a la desembocadura estrecha del río en el mar, entre la parte final de una península de arena y una pequeña playita de arenas negras situada en medio de un promontorio de terrazas marinas. En ese sitio se ubicaban antes de 1959 las instalaciones del Club Deportivo del Liceo de la burguesía, que era lugar de recreo diario, de baños y excursiones en botes. También de fiestas nocturnas en el amplio salón de baile.

En la rivera opuesta a la del mencionado Club, en una franja estrecha, y a ambos lados del camino real, existía el barrio y allí se levantaban las dos hileras de unas 25 casas de maderas de cedro o de palma, techadas de guano o de cinc, algunas de las cuales eran soportadas por pilotes que se extendían dentro de la rivera del río. De trecho en trecho, y a corta distancia, tres bodegas modestas  competían por el paupérrimo mercado de la zona.

En la parte central del poblado, asentado sobre pilotes empotrados en las márgenes del río, se emplazaba la casa y almacén de mi padre, que servía de acopio de bananos, y las cosechas de otros productos agrícolas como coco, cacao, piña, café, etc. En la época de las décadas del cuarenta y cincuenta la principal producción de la zona era la bananera, hasta que una plaga puso fin a las productivas cosechas y llegó la crisis económica a la zona, que la fantasía popular denominara “tiempo muerto”.

En la parte trasera de la edificación, en pleno cauce del río, permanecían atracados uno o dos barcos de cabotaje, destinados a transportar los productos hacia buques mayores en alta mar o hacia otros puertos a cientos de kilómetros como los de Caimanera, Santiago y otros del oriente de Cuba. También se aventuraban hasta puertos en países del Caribe.

Por las características geográficas y natalidad del territorio su población era de unos trescientos habitantes, cifra que se mantiene igual aproximadamente en estos días.

Más allá de la línea de casas, se extendían los manglares en ambas márgenes. En la época un puente en el lugar era cosa ni soñada. Este se construyó muchos años después, pero de madera, que sólo permite el tránsito de peatones, y que varias veces se ha destruido durante las crecidas del río.  En el centro del poblado se ubicaba el paso para personas y animales a través del río, para lo cual se utilizaban botes, denominados cayucas, impulsados por palancas o pértigas; y balsas que transportaban a los animales de carga (caballos,  mulos y asnos) y a sus jinetes o arrieros.  

El fondo del río, con distintas profundidades, tenía trechos de arena y de fango. Era el sitio ideal para el baño de la muchachada que competía en las habilidades de natación y en el lanzamiento de puñados de fango o palmadas de agua. Muchos de los pobladores se dedicaban a la pesca en el río o en el mar. En el río algunos se dedicaban a la captura de  peces y jaibas utilizando atarrayas.

Aún hoy en día muchos de los botes de pesca aparecen resguardados en atracaderos a orillas del río tal como lo describiera Cristóbal Colón en su Diario de viaje al explorar este paraje el lunes 3 de diciembre de 1492: “Y allí halló una almadía o canoa, varada debajo de una atarazana o enramada hecha de madera y cubierta de grandes pencas de palma, muy bien ordenada y cubierta que ni el sol ni el agua le podían hacer daño.” (1) Alejandro Hartmann Matos. Los días de Colón en Baracoa, España, 1995)  Así que desde aquellos tiempos era tierra habitada por los indios taínos, que dejaron sus huellas pictográficas en algunas de las cuevas, y que se conservan hasta hoy.  Además, los conquistadores quedaron impactados por la naturaleza de “empinados árboles de verde follaje y cientos de aves de multitud de colores”.

El nombre de Río de Miel debió estar ligado a su curso paralelo al mar en la larga península arenosa hasta su desembocadura final después de una longitud del cauce principal de 23,8 km., que está orientado de Suroeste al Noroeste.

Existe una leyenda  sobre el amor entre una bella nativa cuyo nombre era Miel, por el color de sus ojos, y un joven navegante en tiempos remotos. Ante la posible separación de los amantes, la joven Miel lloraba a la orilla del río y sus lágrimas nutrían las aguas que se volvían cada vez más dulces. El joven navegante que acostumbraba a bañarse cada mañana en el río, terminó quedándose con ella y abandonó su carrera de marino. Esta tradición oral es sustento para que los habitantes de la zona afirmen que todo aquel que se bañe en las aguas cristalinas del río Miel, se quedará en Baracoa o tal vez volverá a esta tierra, al sentir la compulsión de la nostalgia.

De esos primeros años de mi infancia en el barrio, recuerdo los comentarios acerca de la guerra mundial y los dirigibles o zepelines sobre el mar, en función de vigilancia según se comentaba, y la visión de ellos desde las lomas que rodeaban el poblado. También conservo la constancia que dejó una foto con el uniforme de primer grado, de pie sobre la piedra que se alzaba en un punto a mitad del camino real y cerca del pozo de agua potable del que se abastecía la población. Recuerdo el juego de bolas o canicas por parte de niños, jóvenes y adultos con los círculos dibujados en la tierra del camino real, que además de recreación era motivo ocasional de trifulcas. Además algún que otro incidente o suceso de la vida cotidiana que sólo tienen valor sentimental e íntimo, pero que en lo personal resultan trascendentes.

La escuelita rural de primaria y multigrado se ubicaba en un extremo del poblado, en una casa de madera, en cuya mitad funcionaba la escuela y en la otra una carpintería. Se asentaba sobre una meseta rodeada de mangales y manglares, cercanos al río.

El barrio se comunicaba por un lado con otros barrios de tierra roja denominados Majana, Majayara y Yara y por el lado opuesto con los barrios de Guanabanao y  de Ojo de Agua, este último cuyos caminos pedregosos y serpenteantes eran surcados por muchos arroyuelos cristalinos.

Como no podía faltar en esta historia de aquellas vivencias quedaron los recuerdos de episodios que atrapados como realidades en la imaginación se integraron indefectiblemente a mi obra literaria en la década del sesenta y que narraré en otra ocasión.

 

 

Doctor en Ciencias y Doctor Honoris Causa en Ciencias Médicas. Profesor Titular y Consultante. Profesor Emérito de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.

 

 

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