No recuerda cuándo fue la primera vez que anduvo los pasillos de la redacción de un periódico. Solo guarda en su memoria escenas fugaces en el Granma siendo muy niña y, más tarde, alrededor de los 16 o 17 años, su llegada a Juventud Rebelde (JR), adonde el periodista Elio Menéndez —su padre— la llevó para que aprendiera a hacer algo.


En la hemeroteca del rotativo tuvo su primer puesto. El periódico estaba entonces en Prado y Teniente Rey, en La Habana Vieja, frente al Capitolio de La Habana, en el local que había pertenecido al Diario de la Marina. Allí se atesoraban todas sus colecciones, también las de La Tarde y de Mella, de las cuales emergió JR.

En aquella hemeroteca, que además cobijaba ejemplares de revistas como L’Express, París Match, Blanco y Negro, Newsweek, Times… Marina Menéndez Quintero, junto a Mercedes Valenzuela —a quien todavía suele prestar oídos a través de la línea telefónica—, se ocupaba de registrar la entrada de esas publicaciones y de circularlas por los distintos departamentos.

De esa época, Marina recuerda nombres, muchos nombres y apellidos de quienes la aproximaron al periodismo: “Guillermo Lagarde y Orestes Cabrera encabezan la lista”. Ellos impartían talleres para practicantes del oficio y Lagarde la puso a redactar para que se fuera entrenando. Por la misma intención, piensa en Adolfo Gómez y en Pedro Viñas.

— No cobraba salario, no tenía edad laboral; era una aprendiz. Fue en 1974, cuando ya se habían sistematizado en Cuba las oportunidades para que todos los periodistas empíricos — que no eran pocos— hicieran la Licenciatura.

— Yo quería ser periodista, pero venía con el décimo grado aprobado y un año del Destacamento Pedagógico, que no significaban nada para el nivel académico requerido. Hice una especie de curso “express” en la Facultad Obrero Campesina y cuando terminé, como trabajadora, pude aspirar a la carrera de Periodismo. Obtuve la boleta, un año después me dieron la matrícula. Estaba embarazada en ese momento. Vino el ciclón Frederick y mi papá no me dejó salir. Tenía la barriga grande y había padecido de hipertensión. Las clases empezaron en septiembre y yo parí en octubre. En noviembre, cuando me aparecí en la Facultad de Periodismo, la secretaria docente me dijo que mejor pidiera una licencia y me incorporara el curso siguiente. Mi hijo Ariel nació en 1979, y en el ‘80 empecé en la Universidad. Me gradué en 1985.

No fue hasta que estuvo como auxiliar de la Redacción, ya en una plaza fija, que pudo empezar a aquilatar cómo era en realidad la vida del periódico bajo la tensión del horario del cierre.

— El jefe era Ricardo Sáenz, alma, vida y corazón de JR. Un periodista de primera. Él tenía la potestad de parar el cierre si había alguna noticia que lo mereciera.

La empleomanía del diario incluía a los repartidores y todo el proceso productivo hasta la salida del periódico (vespertino) a la calle. Los carros que trasladaban los ejemplares recién salidos de las rotativas para las provincias también pertenecían a JR. Todo podía organizarse a gusto.

— Durante el proceso editorial, Ricardo Sáenz se paraba en la puerta de una escalera interior del edificio que comunicaba el piso de la redacción con el de caja y linotipos (donde tecleaban el material y salían las tiras en plomo), y con el de las máquinas (uno más abajo). Desde allí podía mandar al jefe de taller a parar el proceso. En tal caso, volvían a hacerse las maquetas y se reiniciaba la tirada.

Pocas veces fue tan radical —cuenta Marina—, pero en ocasiones gritaba a garganta pelada: ‘—Paren que voy a romper la página’.

— También existía en ese edificio un sistema de aspersión, un tubo hueco con dos cierres donde se metían las cuartillas para enviarlas al piso inmediato inferior, el de las cajas (el molde donde el cajista organizaba las líneas impresas en plomo).

— De acuerdo con el cálculo del diseñador, el cajista componía y montaba el título con las letricas de plomo. Este se acostumbraba a leer al revés, a componer en negativo, para imprimir un positivo, tenía que ser muy hábil y tener buena ortografía. El linotipista tecleaba los textos que el cajista componía después en la rama o matriz. El cajista “hacia” los títulos letra a letra y los insertaba junto con los textos en plomo que mandaban los linotipistas.

Angelito González, un diseñador recientemente fallecido, vivió toda aquella etapa y los cambios que vinieron después, y de esa generación fue una de las mentes habilidosas para el cálculo. También estaban Mario Páez y Armando Duarte, un gordito muy simpático, amigo mío, que fue testigo de mi boda.

— Cuando quedaba compuesta la página, se le pasaba un rodillo con tinta y se le tiraba encima la plana húmeda. Luego del efecto sobre esta de otro rodillo, uno liso, se sacaban tres o cuatro pruebas: para los correctores, para el subdirector de guardia o el director, y para el jefe de equipo. Cada cual hacía sus marcas, y en Correctores se unificaba.

***

En el área de la Redacción (cuando JR todavía estaba en el edificio de Prado), el buró de Marina quedaba junto a los teletipos. “Mi trabajo era hacer sugerencias de títulos, puntear los cables de la AIN y las notas que mandaban los corresponsales. Luego se distribuían entre los distintos departamentos. También tomaba muchas informaciones por teléfono, si el télex estaba ocupado.

— En la misma estancia, la mesa de los diseñadores y la de los correctores de estilo (Arturo Acevedo y Francisco Cano) completaban el set de la redacción central. Allí llegaba Ricardo Sáenz y les pedía a ellos: ‘córtame esto’, ‘déjamelo en tanto’, ‘pásale la mano’…

— El jefe de Internacionales era Lázaro Fernández; Moisés Saab atendía África y Medio Oriente; Lilliam Lechuga, Europa occidental; Elsa Claro, Europa socialista; Bárbara Vázquez, el Caribe; Miguel Enríquez (la gran pluma de allí), Estados Unidos; Eduardo Vergara, que también llevó un tiempo Estados Unidos, fue quien me dijo: “ve a picar cables que si lees los internacionales vas a aprender más”

***

Al graduarse como periodista, Marina ya había publicado sus primeros comentarios y artículos en JR. Empezó con un texto sobre recreación. —Mi papá me lo sugirió. Yo todavía no tenía temas. Después —ya en Internacionales—, salieron dos trabajos suyos sobre los esposos Rosenberg. El de estreno, siguiendo la información cablegráfica, trató sobre la irrupción del SIDA en Estados Unidos, cuando muere Rock Hudson.

— En la Universidad, recibí enseñanzas muy valiosas. Una de las que más estimo me la proporcionó Hugo Rius, recientemente fallecido. Él fue mi profesor de género de opinión. Para escribir —decía— hay que tener una tesis, saber adónde se quiere llegar. Esa lógica, útil a la hora de discriminar datos y plantear el trabajo, la he tenido siempre presente, desde que empecé a ejercer como periodista hace casi 40 años, especialmente en Internacionales.
Un requisito imprescindible para formar parte de este equipo era el dominio del género de opinión, por esa razón a casi ningún principiante lo ubicaban allí. Todo recién graduado debía empezar como reportero en Nacionales

— Sin embargo, el director, Jacinto Granda, me incorporó a la plantilla de Internacionales en 1986, un año después de haberme graduado, avalado por las publicaciones que ya yo había hecho antes, y atendiendo a la repentina carencia de especialistas en ese equipo. Primero, para atender América Central y después toda América Latina, según el periódico fue trasladado para el Combinado Poligráfico.

— Poco después, con “Cheíto” (José Ramón Vidal) como director, hice las primeras coberturas fuera del país. Asistí a un encuentro juvenil-estudiantil Cuba-Panamá, en 1986; al XIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en Pyongyang, Corea, y a Nicaragua en 1989, y luego otra vez a ese país para las elecciones de febrero de 1990, cuando pierde el Frente Sandinista.

— Todo el mundo había previsto que ganaba. Yo también lo había pronosticado, y de momento pierde. Sufrí doblemente: por el disgusto personal y por una preocupación profesional, porque supuestamente me había equivocado en el análisis. Después me di cuenta de que no fui la única, que no me traicionó el corazón; estaban asombrados lo mismo en Europa que en la Unión Nacional Opositora, la UNO, de Violeta Barrios de Chamorro, que tampoco esperaba ganar. Con todos los argumentos que revelaban las causas de aquel revés escribí un artículo que se llamó ¿Qué pasó el 25 de febrero?

— Pero la cobertura más difícil que he hecho en toda mi carrera ha sido en la Cumbre Iberoamericana de Panamá, en el 2000, por la complejidad de los acontecimientos que se suscitaron de manera simultánea, por la presencia de Posada Carriles, por el intento de asesinato a Fidel, porque Fidel lo denunció, y por lo tenso de la plenaria de la Cumbre. Llegó un momento en que los hechos me sobrepasaban y, por primera vez, me parecía que no iba a poder entregar en tiempo. Tenía muchos frentes abiertos.

En el seno de la reunión —donde había unos cuantos gobiernos de derecha, satélites de Estados Unidos— hubo un debate muy agrio. Fidel respondió a las insolencias irrespetuosas del presidente salvadoreño Francisco Flores, quien acusaba a Cuba de desestabilizar a su país por haber apoyado a la guerrilla salvadoreña. Estaba Aznar, entonces presidente de España, y Jorge Batlle, de Uruguay.

Una crónica escrita por Marina, publicada en JR el 12 de agosto de 2017, describe el hecho así: “La Cumbre pretendía aprobar una resolución contra el terrorismo que solo aludía a ETA y a España. Nada del terrorismo de Estado que se cebó contra nuestro país y en tantos lugares del orbe. Nada del resto de los actos terroristas de cualquier tipo en el mundo.

“Fue El Salvador —donde Posada, ya sabido su historial delictivo, tenía cobija desde hacía años— el país promotor de ese texto inexacto e incompleto, representado por Flores.

“El Presidente cubano usó de la palabra solo después de que México, cerrando el juego, propusiera votar, ignorando los argumentos ya expresados por Cuba en torno a la resolución.

“Y Flores, en una perreta colérica e irrespetuosa, tuvo el desatino de acusar a Cuba (junto a Rusia y Nicaragua) de haber llevado la inestabilidad a su país, y a Fidel de tener una actitud ‘intolerable’”.

— Casi a la par, comenzó un acto de solidaridad en el Paraninfo de la Universidad, que era donde se había previsto hacer explotar una bomba para asesinar a Fidel. Yo llegué sin acabar de redactar lo sucedido en la reunión. De La Habana me pedían una reseña de toda la discusión, llamaron a Elson [Concepción], que tenía un teléfono celular. Él no había tomado notas porque Granma no circulaba al día siguiente. Al final, la acometimos entre los dos, la publicamos en JR, y con su apoyo pude hacerla rápido. Elson me ayudó a salir de cierto mutismo en que me había dejado aquella disputa insólita en que por primera vez veía tanto irrespeto.

— Esa cobertura tremenda me evidenció la importancia de contar con una redacción en Cuba que acompañe, ayude y complemente al periodista que esté en un terreno complicado, como hizo Rosa Miriam Elizalde, subdirectora del periódico en ese momento. “Oye, dicen que cogieron a Posada Carriles preso, ve a ver, averigua”. Me daba pistas, porque, a veces los acontecimientos se solapan y te tapan la luz.

— Cuando regresé, sentía que no había hecho el trabajo todo lo bien que se necesitaba. Al paso de los años, me he dado cuenta de que quedó muy bien —no el mío— el trabajo del colectivo.

***

Marina Menéndez Quintero nació el 7 de septiembre de 1957. Fue una niña tranquila, le gustaba mucho leer, casi había que obligarla a jugar.

— Era muy apegada a mi mamá (Lila) y a mi papá; más a ella cuando era pequeña, porque él había estado trabajando en un barco que iba y venía de la Florida, y dejé de verlo un tiempo. Yo tendría unos dos o tres años. Desde la adolescencia fui muy apegada a mi papá, cuando empezaba en el asunto del periodismo. Pero, además, nos parecemos mucho en la forma de ser.

— ¿Cómo?

— Un poco nerviosos.

— Elio parecía tranquilo…

— Sí, sí. Papi era un hombre muy sedado, pero tenemos en común que pensamos mucho. Tal vez, no me parezco tanto como quisiera. Como madre, yo quería ser como él había sido papá; es decir, actuar con mi hijo de la misma manera que él lo había hecho con nosotros tres.

— ¿Cómo era?

— Un papá muy comprensivo. Sabíamos que él hacía todo lo necesario si algo nos hacía falta o si se lo pedíamos. Era incondicional, capaz de cualquier sacrificio. Mami también, pero Papi era más sobreprotector. Cuando no podía estar me decía: “búscate un amiguito que te acompañe”. Para él, lo ideal es que siempre fueras con alguien. A las madres siempre les toca la parte más dura en el cuidado de los hijos y de la casa. Pero ella, además de ser muy comprensiva también, nos dio firmeza, independencia. —“Ve sola, no te va a pasar nada”, decía, e indicaba cómo hacer. Creo que fueron el equilibrio justo que necesitábamos.

— A Mauricio, el más chiquito de los tres, le llevo ocho años: le di biberón, le cambié pañales y fui madre combatiente de su tercer grado. Yo estaba en secundaria y mi papá me mandó a su escuela a apoyar (en esa etapa mi mamá estaba trabajando). A Miriam, le llevo cinco años. Siempre decimos que somos el Yin y el Yan. A ella le gustaba jugar pelota, yo detestaba correr y jugar en el parque; si ella bajaba a jugar al pon, yo me ponía a jugar a los yaquis. Mi mamá me decía: “ve, móntate, mira la canal, mira aquel niño”. Y a mí no me gustaba.

— También me daba mucho miedo perderme, siempre estaba al lado de ella para todo. No me sentaba en la guagua en un asiento diferente, pensaba que me iban a dejar. Tenía una dependencia absoluta de mi familia.

— Sí me gustó estudiar, sacar buenas notas e ir a la escuela; siento que aprovechaba el tiempo en el aula. No tuve doble sesión hasta quinto o sexto grado y venía de la escuela, almorzaba y me acostaba a ver Cine del hogar en la televisión, a las dos de la tarde. Eran películas de Joaquín Pardavés, de Francisco Álvarez, de Jorge Negrete. También, como fui una gran lectora, a los doce años ya leía obras para adultos. Empecé por autores como Raymond Chandler, Agatha Christie, Edgar Allan Poe. Una vez me bañé con un libro de García Márquez delante porque no podía parar de leer.

— Fui la primera niña de mi primer grado que leyó con soltura y las maestras me mandaban a leer las composiciones que escribía en el acto cívico de los viernes (más tarde se llamaron actos revolucionarios). Mi fuente de temas estaba en la Bohemia. Mi papá me las buscaba, tenía reservas de la revista para que yo me nutriera. También me daba periódicos.

— Si había un encuentro entre escuelas, yo hablaba o recitaba. Parece que lo hacía bien. No me daba pena. Ya era pionera cuando se usaba la pañoleta azul y blanca y la boina roja. Así fue mi infancia.

— Cuando estaba en décimo grado, ya había necesidad de maestros emergentes y convocaban para el segundo contingente del Destacamento Manuel Ascunce Domenech. Me incorporé, aunque no me gustaba ser maestra, ya pensaba que podía ser periodista. “Tú vas a ser periodista, ¿No quieres ser periodista como tu papá?”, decía mi mamá. Y a mí realmente me gustaba escribir.

— En la beca del Pedagógico, extrañaba no estar en su casa. “Tenía quince años, pero no podía vivir sin mi mamá y sin mi papá. Empecé a deprimirme, la psicóloga dijo que tenía un síndrome depresivo situacional del adolescente. Y me fui de allí.

En la casa no puedes quedarte, dijeron Lila y Elio. “Y ella me apuntó en un curso de corte y costura, de la Federación de Mujeres Cubanas, hasta que mi papá habló con el director de Juventud Rebelde, que entonces era Jorge López, para que yo fuera al periódico a aprender a hacer algo”.

Elio Menéndez nunca revisó los trabajos escritos por su hija, pondera Marina. “Dos o tres veces, en los inicios como auxiliar de redacción, me equivoqué con alguna cifra al hacer la sugerencia de título y me dijo: ‘¿Qué te pasa?’ ‘No, papi, el problema es que no sé por qué a mí me entra sueño’ ‘No, tú te echas agua en la cara, lo que sea, pero no te puedes equivocar, tienes que estar con la mente puesta ahí’”.

***

El periodismo ha sido su cobijo para defender las causas justas de América Latina, para defender la verdad, en contacto cercano con protagonistas de procesos de cambio en la región o en coberturas in situ.

— Entrevisté a muchos guerrilleros salvadoreños. Con Farid Handal, hermano de Shafik Handal, líder histórico del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), aprendí a entender aquella guerra. Si había una noticia, lo llamaba para que me explicara. Él era entonces el representante del FMLN en Cuba. También entrevisté a muchos de sus combatientes que llegaban a Cuba heridos y a la Comandante Nidía Díaz.

— Siempre he tratado de tener fuentes recurrentes a las cuales acudir antes de sentirme con mayoría de edad para hacer un análisis.

—En ese sentido, hoy Twitter, por ejemplo, es una ganancia si se sabe discriminar, porque ayuda a conformar el paisaje de lo que sucede en lugares donde no estás, a saber qué dicen los líderes y a ver los intersticios y los vasos comunicantes de las situaciones.

Ha bebido mucho —asegura— de quienes han asistido en Cuba a eventos como los de Globalización y problemas del desarrollo. Para mí eran —dice— como seminarios donde llenaba páginas y páginas de mis agendas con conceptos que me daban líneas de pensamiento. Fueron esas ideas, asiento para descubrir el llamado periodismo de urgencia, que pude consumar en ocasiones.

— A través del teléfono, entrevisté a Sara Méndez, una maestra uruguaya que buscaba a su hijo Simón Riquelo, desaparecido cuando la Operación Cóndor. Se lo quitó un militar uruguayo cuando fue secuestrada tras un asalto a su casa, a pesar de que para entonces se había refugiado en Argentina. Finalmente lo halló, 26 años después.

—A Manuel Marulanda (guerrillero colombiano y fundador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo, FARC-EP, lo entrevisté in situ, en la casa roja donde vivía en los tiempos de las conversaciones de paz de El Caguán, en 2001. Asistí a una entrega unilateral de prisioneros por parte de la organización como gesto de buena voluntad para propiciar un canje de cautivos que nunca se dio. Ellos invitaron a medios de prensa, a partidos políticos, y a mí me mandaron por Cuba. Tuve la oportunidad de estar en el campamento de Raúl Reyes (el “canciller” de la guerrilla), en la zona desmilitarizada.

— A la entrevista con Marulanda, me acompañó Luis Enrique González, hoy presidente de Prensa Latina, que entonces era corresponsal en Colombia. Con esos trabajos, gané el Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí de Prensa Latina. Stella Calloni, que era parte del jurado, lo calificó como periodismo de urgencia.
Marina Menéndez Quintero fue enviada especial a la Exposición Universal de Sevilla, en 1994, que visitó Fidel junto al resto de los mandatarios como parte del programa colateral de la II Cumbre Iberoamericana. Estuvo en Nueva York, en la 54 Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en 1999, con la delegación representativa de la sociedad cubana que asistió a los debates sobre la Resolución de la isla contra el bloqueo. Una breve estancia en Argentina, en 1994, le permitió develar el inicio de la crisis profunda en que el modelo neoliberal sumiría después a ese país, y la lucha de las Madres de la Plaza de Mayo por la justicia y la verdad. Durante una visita de varios meses a Iquique, Chile, en 1995, pudo aquilatar el peso que la dictadura pinochetista había dejado en la sociedad de ese país.

Fue testigo, en 2003, del encuentro entre Fidel y Augusto Roa Bastos, en la casa del conocido escritor paraguayo. También en 2003, reportó la asistencia de la delegación cubana a las conmemoraciones por el primer aniversario de la derrota del golpe de Estado contra Hugo Chávez en Venezuela. Como parte del equipo que cubría las actividades exteriores de Fidel, acompañó a las delegaciones cubanas encabezadas por el Comandante a la Cumbre Iberoamericana de Isla Margarita en 1998, a la Cumbre de Financiamiento para el Desarrollo de la ONU en Monterrey, en 2002, y a la II Cumbre Cuba-Caricom en Barbados, en 2005. También cubrió la Cumbre fundacional de Petrocaribe, en Anzoátegui, en junio de 2005. En octubre de 2006, reportó los homenajes al Che en La Higuera, Bolivia.

Durante una nueva estancia en Venezuela —entre agosto de 2008 y marzo de 2009—, y mediante reportajes, abordó diferentes aristas del desarrollo de la Revolución Bolivariana. En 2018, formó parte del equipo que dio cobertura a los acontecimientos de la VIII Cumbre de las Américas en Lima, Perú.

— Cuando empezaba a ser periodista, admiraba mucho el programa Haciendo Radio. Entonces mi marido en esa época me consiguió un radio portátil y yo iba por la calle escuchando las noticias (siempre he sido una fanática de lo que hago). Ya en el periódico, le conectaba una “bocinonga” y hacía mi despacho.

Su vorágine en Radio Rebelde empezó con el Exclusivo de Rebelde. Primero como redactora de mesa, luego “hacía comentaritos en mi voz”. Hizo falta su colaboración en el Noticiero Nacional de Radio y no perdió la oportunidad. Pero que la llamaran de Haciendo Radio para tratar temas internacionales fue como alcanzar una cima.

— Haciendo Radio me puso la tarima alta, porque yo siempre hablé rápido, tenía problemas de dicción, me enredaba mucho, era tropelosa, no tenía la erre bien puesta. Franco Carbón, el conocido locutor, un día me oyó, y me dijo: “¿Quieres que te de clases?” Y me puso unos ejercicios.

La inmediatez de la radio se le impuso con fuerza, pero se complementaba con su trabajo en el periódico. Lograba titulares propios que gestionaba mediante llamadas internacionales a protagonistas de acontecimientos durante su estancia matutina en la emisora. Por la tarde, en JR, hacía sus despachos a partir de los temas noticiosos acopiados. Y si iba al programa televisivo Mesa Redonda, a veces trataba el mismo asunto.

— Ahora, hago seguimiento puntual de algunas cuestiones, especialmente cuando voy a la Mesa, que siempre me ha puesto muy nerviosa, aunque me encanta y soy incapaz de decir que no.
De la etapa del llamado Periodo especial, recuerda el bajón que le implicó salir de la dinámica del diarismo: cuando JR pasó a ser semanario. Fue como caer de pronto en la nada.

— No sabía cómo vivir para un periódico del domingo, no entendía cómo era aquello, la pasamos mal, y eso que íbamos todos los días a la redacción a leer los cables, a hacer nuestros análisis. Ahora, que tengo a mi madre bajo mi cuidado, me he acondicionado a ese ritmo calmado y, aunque sigo trabajando, a veces siento que no pudiera tener la misma carrera que antes, que los nervios no me dan para mantener el correteo en que he vivido siempre. Aun así, no he perdido la emoción del cierre de la página Internacional en JR.
Y, en este sentido, subraya el mérito del periodismo de mesa, que requiere de entrenamiento diario. “Es un trabajo silencioso, tan importante, como el de los comentaristas que salen en off, y que tan poco se valora”.

Durante mucho tiempo Marina Menéndez soñó con estar en el lugar de los hechos, pero “como nunca se me ocurrió irme de JR, nunca dije me voy para Prensa Latina… Fui feliz como enviada del periódico; aunque no me ha gustado separarme mucho tiempo de mi familia”. Así, sus coberturas fuera de Cuba, en espacios de tiempo relativamente breves, siempre las disfrutó “sabiendo que mi hijo estaba en buenas manos, con mi hermana y mis padres, que estaban jóvenes; no dejaba conflictos detrás”.

***

Estuvo a punto de llorar cuando en octubre de 2013 la nombraron directora de Juventud Rebelde. Tuvo sentimientos encontrados: “de alegría porque es mi periódico, es mi vida, mi único lugar de trabajo y donde me voy a jubilar o a morir, donde fui compañera de trabajo de mi padre… Pero, a la vez, un gran susto porque nunca me he sentido capacitada para dirigir. Yo era la directora y no me lo creía. No sé pensar en grande a largo plazo, y un director tiene que tener esa cualidad. Hizo falta y estuve muy contenta de hacerlo, pero siempre lo sentí como una misión que iba a durar un tiempo. Durante los tres años como directora me propuse que el periódico no retrocediera, si no podía alcanzar metas superiores. Conté con una dirección colectiva que ya existía, con la presencia de gente tan talentosa como Ricardo Ronquillo (que en esos momentos era subdirector editorial), como Herminio Camacho, también subdirector, tempranamente fallecido; como Juana Carrasco en la redacción Internacional. Es difícil estropearlo todo cuando hay un mecanismo que marcha. Entonces, mis empeños se centraron en mantener unido al colectivo y potenciar a los jóvenes, que ocuparan puestos de dirección, que trabajaran conmigo. Y ahora son los que están llevando el periódico. Tuve la satisfacción —además— de que los cincuenta años de Juventud Rebelde se cumplieron estando yo en la dirección. Fue emocionante poder ver a todos los compañeros antiguos, hacer que ellos sintieran que los teníamos en cuenta, que los seguíamos recordando”.

Su sueño y su deseo, no obstante, era retornar a su puesto de periodista en el área de Internacionales, “donde me veo. Soy feliz allí como una más, con que me acepten, me quieran y con que no hayan llegado a verme como enemiga por haber sido la directora. Soy muy conservadora. Me he sentido contenta en el mismo lugar y en el mismo periódico todos estos años. Si me hubieran dejado la misma mesa, con la misma máquina de escribir, igual me hubiera quedado”.

En JR ha transcurrido la mayor parte de su vida. “Ha sido mi motivo para levantarme cada día, donde he volcado todas mis energías, después de mi familia (lo más importante); incluso, me ha ayudado a equilibrar o a solventar algunas ausencias temporales afectivas, por lo mucho que me llena, por el tiempo que me ha ganado.
Porque Marina Menéndez, abuela de tres nietos, sigue trabajando en JR, ahora a distancia. Así puede acompañar a su mamá todo el tiempo y, a la vez, mantenerse activa en el diarismo. Todos los días entrega a Juana Carrasco sus trabajos en hora para la página Internacionales. A pesar de que las redes sociales lo impiden, dar primero una noticia sigue teniendo valor para ella. Ha vivido mucho esa competencia fraternal, sobre todo con Granma.

— En esta intensidad más tranquila, me doy cuenta de que la responsabilidad que tengo de cuidar a mi mamá necesita concentración. Cuando también tenía a Papi —con los dos— yo hacía muchas cosas. Pienso que lo sabio en la vida es afrontar y desarrollar cada nueva etapa de manera natural, con felicidad; sin quitarte todo lo que te satisface, aunque renunciado a unas cuantas cosas, pero viendo la compensación del cariño, del afecto, de la paz espiritual que implica. Eso sí, reservo con empeño el espacio para mi espiritualidad, para mis ejercicios y para el resto de mi familia.

Marina Menéndez, que en este 2023 ha recibido el Premio Nacional José Martí por la Obra de la Vida, del que fue merecedor su padre —Elio— hace 20 años, siente que el lauro es, sobre todo, un homenaje a su progenitor y colega, a todos los que la precedieron y a los que la van a suceder.

 

La Columna es un espacio de opinión personal y libre de las personas autoras y no necesariamente tiene por qué representar la de Cubainformación.

La Columna
La periodista y escritora María Elena Llana recibió este miércoles 17 de enero un homenaje en la sede de Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) por haber sido merecedora del Premio Nacional de Literatura 2023 y por su cumplea...
A Ambrosio Fornet agradece María Elena Llana —a quien, a punto de cumplir sus 88 años de edad, le acaba de ser otorgado el Premio Nacional de Literatura— la publicación de su primer libro. Ella lo había present...
Fue el 30 de diciembre de 2005, a las 00:45 horas, cuando el poeta Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, abandonó este mundo; poco más de dos años antes lo había hecho el escultor José Delarra. Así,...
Lo último
Girón, abril de victoria
Marilys Suárez Moreno - Revista Mujeres / Ilustración Claudia Alejandra Damiani. Tomada de Cubadebate.- En Girón, toda Cuba se puso en pie de guerra para hacerle frente al enemigo invasor. Firmes en sus posiciones, dispuestas a p...
Ver / Leer más
La Columna
La Revista