Preparar a hombres y mujeres para la vida significa dotarlos de un pensamiento crítico para comprometerse a actuar en un mundo en que están en juego nuestras mismas posibilidades de supervivencia.


Karima Oliva Bello - Granma / Cubainformación

Hoy se destinan millones de dólares en propaganda de todo tipo para hacernos creer que la clase es una categoría obsoleta, que el análisis de cualquier problema social debe hacerse al margen de ella, en términos de los conceptos del pensamiento liberal con el más indolente y ahistórico relativismo. Sin embargo, para la mayoría de las personas en este mundo, la situación no es muy diferente a la del proletariado inglés que nos describiera Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra. Hoy tiene más sentido que nunca que gritemos juntos: ¡Abajo el imperialismo! ¡Necesitamos otro mundo!

Entonces, ¿por qué el silenciamiento de la clase como categoría para el análisis social? Por su capacidad de evocar una lectura de la realidad poniendo en perspectiva la explotación como el más nodal de los males sociales y, justo por eso, su potencia para convocar a la acción colectiva contra la esencia misma del sistema capitalista y todo aquello que lo intente reproducir.

La Campaña Nacional de Alfabetización en Cuba, dirigida por el Consejo Municipal de Educación, creado en 1960 por el Gobierno Revolucionario específicamente para estos fines, tuvo sus antecedentes en el Ejército Rebelde, que para la fecha ya había comenzado la alfabetización dentro de sus filas. Fue una genuina acción colectiva en un sentido político, esto es, para la transformación y construcción de una sociedad nueva. Se quebró el orden existente –el acceso al conocimiento es el privilegio de unos– para instituir un nuevo orden en el que las oportunidades estarían disponibles para todos. Ese mismo fue el espíritu de la Reforma Universitaria de 1962, que transformó plenamente la Educación Superior en Cuba y el papel que desempeñarían las universidades en la construcción del proyecto social emergente, movilizando a un importante sector de estudiantes y profesores que con ímpetu se volcaron a las aulas universitarias comprometidos con el inmenso desafío que tenían por delante. Muchas acciones con la misma impronta se han llevado a cabo durante el proceso revolucionario, a saber, acciones colectivas convocadas por la dirección del país.

Cuando en 1960 se crean los Comités de Defensa de la Revolución, tal vez se daba un cambio paradigmático en las formas de organización populares para las acciones colectivas en el mundo. Comprendidos en un inicio como espacios de organización para la defensa ante las agresiones alimentadas por Estados Unidos, lo cierto es que se convirtieron en un espacio de encuentro para la convivencia y para la discusión sobre lo público –todo aquello relacionado con el bien común– también con un sentido genuinamente político. Con el mismo sello nacieron otras organizaciones políticas y de masas, pensadas como instrumentos para la defensa de los intereses colectivos, la construcción del nuevo modelo de país, que requería una institucionalidad diferente y nuevas formas de organización y lucha. Nada podía haber sido más revolucionario entonces.

No obstante, a lo largo de estos 60 años se han producido cambios importantes, en nuestro país y a escala global. Muchas de las nociones que nos legó la modernidad hoy están en una profunda crisis: asistimos al descrédito del capitalismo en cuanto a sus promesas de progreso y desarrollo humano, su modelo de democracia y libertad, su imposibilidad de garantizar un horizonte de derechos y bienestar para todas y todos. Negar esta realidad hoy, que se encuentra documentada con las cifras más escalofriantes, es, por lo menos, un acto de profunda indolencia e irresponsabilidad.

Las personas pasamos tiempo conectadas navegando por plataformas y motores de búsquedas con algoritmos muy específicos para la vigilancia y el control de nuestras subjetividades en función del mercado. El consumo se redimensiona como el medidor por excelencia de bienestar, mientras que, como diría Baudrillard, la sensación de libertad que genera es una ilusión: en realidad nunca antes fuimos tan milimétricamente vigilados y controlados. Nuestro consumo, como sentencia el autor, no es una función del goce, sino de la producción.

La globalización que intentaron presentar como un proceso que permitiría mayores posibilidades de intercambio para todos, resultó siendo una plataforma para la homogeneización y para el despliegue de la hegemonía de las grandes transnacionales, hegemonía no solo económica, sino también cultural: hegemonía de los dogmas del liberalismo.

Van emergiendo mecanismos muy sofisticados para la colonización de los imaginarios colectivos. La guerra por el dominio económico de los territorios tiene su expresión en una guerra simbólica sin precedentes: una disputa muy fuerte por el dominio de los sentidos. ¡Desean convencernos de que no podemos construir y defender un modo de vida alternativo al capitalismo! Los conceptos que en otras épocas fueron grandes paradigmas que marcaban un horizonte deseable para una parte importante de los pueblos: como socialismo o la propia revolución, hoy están siendo abatidos por las campañas de propaganda política para la desinformación.

Mientras, gozan de prestigio conceptos como pluralidad, democracia, derechos y libertades políticas, sin que exista un análisis crítico de las condiciones de posibilidad para su realización en el contexto real del capitalismo, y sin sopesar cómo podríamos ampliarlos en el socialismo, cuyos logros efectivos en términos de derechos y equidades son innegables.

Investigaciones apuntan que es tendencia que las juventudes a escala global se debatan entre la apatía por las cuestiones políticas y la exploración de otras formas de encuentro y participación, otras formas de pensarse las acciones colectivas y también otros relatos políticos. Numerosos movimientos sociales anticapitalistas en la región han experimentado novedosos modos de resistencia, organización y lucha donde se reinventan las relaciones del poder con lo colectivo. Los feminismos decoloniales, anticapitalistas, dan cátedra de cómo pueden gestarse auténticos y potentes movimientos para enfrentar de forma articulada distintos órdenes de violencias, que se entrecruzan, desde la matriz de la explotación de clase del capitalismo, pero que no se agotan en ella. Parte del pensamiento latinoamericano ha dado un giro decolonial para pensarnos tomando como referente nuestras propias realidades y dilemas, para superar la actitud subalterna frente a la cultura hegemónica. Son todos robustos flujos de producción de prácticas y saberes en los que podemos reconocernos con una actitud más propositiva desde nuestra propia historia de lucha y resistencia, que es también sólida.

Las organizaciones políticas y de masas en Cuba, herederas del profundo sentido popular y revolucionario con que fueron creadas en medio de un proceso que se propuso cambiarlo todo, innovadoras en las formas de organización colectiva para la acción política, están ante la oportunidad histórica de actualizar los mecanismos de participación en las bases, sus relatos en defensa del socialismo, las formas para el encuentro y el debate, los tipos de liderazgos y las formas de convocatoria.

La educación política con un sentido profundamente martiano se hace urgente: «hacer de cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive: ponerlo a nivel de su tiempo, para que flote sobre él, y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote; es preparar al hombre para la vida». Y hoy preparar a hombres y mujeres para la vida significa dotarlos de un pensamiento crítico para comprometerse a actuar en un mundo en que están en juego nuestras mismas posibilidades de supervivencia.

¿Cómo formar a las nuevas generaciones para que comprendan la complejidad de nuestra época y no se queden anestesiadas ante toda la propaganda que promete un modelo de vida y sociedad insostenibles? ¿Cómo crear contracultura ante la ideología del consumo, los valores del liberalismo, la desinformación, el relativismo al que todo lo condena un sistema en el que la medida de todas las cosas se reduce al mercado? ¿Cómo preparar para el pensamiento crítico y el compromiso político ante la propaganda que promueven la banalidad, la apatía y el individualismo?

¿Cómo contagiar la idea de que lo político no es un campo exclusivo de actores sociales que formalmente ocupan determinadas responsabilidades? Lo político, como lo mostró la Revolución desde sus albores, es el espacio cotidiano en el que dilucidamos todo lo que tiene sentido para nuestras vidas, lo personal es también político. Lo político es la lucha de todos y todas por la construcción de una sociedad mejor; todo cuanto hacemos, desde donde podemos, para que eso sea posible. Las organizaciones deben acoger ese proceso sin restarle calor, imaginación y efervescencia, haciendo resistencia a tanta campaña contra el proyecto del socialismo cubano. Y hacerlo, sobre todo, para que no sea secuestrado por quienes quieren una vuelta a un pasado capitalista que no será menos oprobioso de lo que ya fue.

Hoy la inversión de Estados Unidos en la fabricación de una plataforma de medios digitales para el cambio de sistema político y una sociedad civil mediática con los mismos fines, se expresa en el desdoblamiento de matrices de opinión de corte marcadamente liberal. Con poco poder de convocatoria, buscan el reconocimiento como actores legítimos dentro del escenario político cubano, sin más intención que provocar una fractura del consenso en torno al socialismo y desplegar una agenda de cambios conveniente a los intereses de Estados Unidos en Cuba.

Se intenta hacer pasar esta sociedad civil mediática, fabricada desde Estados Unidos, por la voz del pueblo cubano, y eso no puede vivirse más que como un llamado sobre la necesidad de que nuestras organizaciones políticas muestren un liderazgo y protagonismo atemperado a las nuevas circunstancias.

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