En el mes de abril del año que comienza tendrá lugar el VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba, en el cual se analizará, entre otras cuestiones medulares, el funcionamiento del Partido, su vinculación con las masas, la actividad ideológica y la política de cuadros.


Karima Oliva Bello - Granma / Cubainformación

En el mes de abril del año que comienza tendrá lugar el VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba, en el cual se analizará, entre otras cuestiones medulares, el funcionamiento del Partido, su vinculación con las masas, la actividad ideológica y la política de cuadros, en lo que se considera que será un escenario oportuno para la actualización de nuestra estrategia de resistencia y desarrollo.

Representarme este Congreso a la luz de la trama sociopolítica de la sociedad cubana actual, me hace pensar en algunas cuestiones muy puntuales que quisiera someter a su consideración en este artículo:

Cubanas y cubanos revolucionarios necesitamos reafirmar el pacto colectivo por la continuidad del socialismo. Identificación, articulación y diálogo entre quienes, pudiendo tener criterios diversos en torno a aspectos particulares del proceso revolucionario y una mirada crítica, seamos capaces de reconocernos de cara a un fin común y principios fundamentales: el trabajo por una mayor democratización y profundización del socialismo cubano y la defensa de la continuidad de lo más genuino de la Revolución, que es también asumirla críticamente con las que han sido y continúan siendo sus principales contradicciones.

Es necesaria una producción teórica, sistemática que aborde los dilemas fundamentales de nuestra sociedad con un compromiso ideológico claro, con narrativas atemperadas a los tiempos que corren, que sirva de contención al avance de matrices de opinión para el descrédito del socialismo y tendencias liberales conservadoras con que las agendas contrarrevolucionarias presionan para crear las condiciones subjetivas adecuadas para la reinstauración capitalista. Crear cultura para el socialismo. En ese mismo sentido, es necesario revitalizar y reforzar el carácter socialista, popular y revolucionario de nuestras organizaciones e instituciones, principales instrumentos con que contamos para afrontar los nuevos tiempos.

No es por soberbia que seguimos apostando por el Partido Comunista para la defensa del proyecto socialista y la soberanía nacional, ni le estamos adjudicando a priori, de forma voluntariosa, un liderazgo que históricamente no se haya ganado.

Estamos hablando de un Partido que desde 1975 ha sido un elemento estructurante de cohesión clave para la continuidad de un proceso que comenzó nacionalizando y socializando los medios de producción, eliminando la matriz fundamental de explotación en las sociedades contemporáneas (la explotación de clase, principal limitación para  el ejercicio efectivo de cualquier derecho o libertad para las mayorías), colocando a los humildes en el poder, de ahí que su fuerza para generar derechos efectivos, universales e inalienables a lo largo de 60 años y sostenerlos en el tiempo bajo el más crudo bloqueo y todo tipo de asedios ha sido y continúa siendo un hecho encomiable. ¿Quién puede negarlo?

Existe un camino de necesarias transformaciones por delante, en el cual será importante dialogar y debatir. Pero para dialogar no tenemos que desechar la forma de estructuración del poder que elegimos y nos ha permitido resistir hasta aquí, para pasar a copiar el modelo gastado de las democracias liberales. El capitalismo, incluyendo las socialdemocracias neoliberales, las únicas realmente existentes, no promete al mundo nada más que la crisis permanente que ante nuestros ojos estamos viendo. 

No somos menos democráticos por tener un solo partido como no son más democráticos quienes tienen varios. Que los revolucionarios seamos críticos respecto al modelo de democracia con que nos quieren medir y no andemos coreando, como autómatas del sistema, el discurso en abstracto de las «libertades» y la «pluralidad», al margen de cualquier consideración socio-histórica, como si la complejidad del mundo pudiéramos resumirla a esos tres o cuatro fetiches simbólicos, no quiere decir que nos neguemos a la democracia. Lo que negamos es la imposición antidemocrática de que exista un solo modelo de democracia posible.

Uno de los aspectos más notorios de los acontecimientos de San Isidro y del performance mediático que se derivó de ellos fue develar el relieve actual de las tendencias contrarrevolucionarias, ahí donde se desmarcan unas de otras, pero también donde se articulan. Pocas cosas revelan tal articulación como un reciente documento, donde  como señala el filósofo y militante de izquierda argentino Néstor Kohan en un agudo y sentido artículo, junto a los nombres de probados agentes del Gobierno de Estados Unidos, aparece la firma de algunos intelectuales cubanos que por mucho tiempo se han autodefinido exponentes de un pensamiento de izquierda, libertario, progresista, incluso, socialista y revolucionario.

Pero no podemos negar las colaboraciones de algunos de ellos con una prensa pagada por organizaciones que, como la ned, fueron creadas por el Congreso de Estados Unidos para intervenir en los asuntos internos de otros países bajo la falsa bandera de la democracia. Tampoco podemos negar que han participado de proyectos en los que públicamente reconocieron estar trabajando para un cambio de régimen y sus vínculos con organizaciones que en el orbe entero se saben responsables de golpes blandos. ¿Vamos a decir ahora que la Open Society Foundation tiene fines altruistas y desinteresados? No podemos encarar con tales dobleces un diálogo frontal sobre el destino de nuestra nación.

Un grupo que recuerda demasiado aquella Carta de los 77 con que en Checoslovaquia un grupo de intelectuales anticomunistas dispararon una situación que conduciría a la Revolución de Terciopelo con la que se consiguió el cambio de régimen, se suma a un grupo de acciones a través de las que se intenta importar al escenario cubano agendas golpistas de manual, aplicadas con éxito en otros enclaves geopolíticos de interés para Estados Unidos. Pero Cuba no es Europa del Este.

El proceso revolucionario ha sido intransigente en la defensa del derecho a la autodeterminación de los cubanos y en ese sentido, ha limitado sin dudas a sus enemigos de adentro y fuera, pero no ha sido una dictadura, por más que lo intenten caricaturizar. La intransigencia no ha estado condicionada por nosotros mismos ni ha sido siempre una elección fácil, ojalá se nos hubiese permitido echar a andar el socialismo sin hostigamientos de ningún tipo.

No es casual que se presione por el pluripartidismo y la fragmentación política dentro de la estructura de gobierno, la administración del Estado y el parlamento. Esto es, a todas luces, un reclamo anticonstitucional. La Constitución no puede ser un documento que invoquemos o ignoremos a conveniencia, no es muy republicano ese gesto. El pluripartidismo constituye una demanda estratégica para destruir el marco de legalidad que protege el consenso vigente por la continuidad del socialismo en Cuba. No estamos necesariamente ante una fractura de este consenso. Se trata de una presión de grupos con intereses muy particulares, vinculados a una estrategia extranjera, y sin base social probada, al que no podemos atribuirle el carácter de masividad con que se desean presentar.  La afectación de los intereses de los grupos que presionan para la restauración del capitalismo no puede tomarse como un socavamiento del interés nacional, porque ellos no pueden adjudicarse arbitrariamente el derecho de hablar en nombre de la nación.

Dan continuidad, conscientemente o no, a las mismas posturas que,

desde enero de 1959, con nostalgia por la república burguesa radicalmente destruida y gran resentimiento por los intereses de clases afectados, se declararon abiertamente contrarias a la Revolución, apostando por la caída del sistema para la reinstauración capitalista desde el primer día.

El modelo de democracia que defienden está desacreditado a escala internacional. El pluripartidismo no garantiza que los intereses de las mayorías estén representados en el ejercicio del poder, es más, no garantiza diversidad efectiva en el espectro político. Solo garantiza la alternancia de poderes entre élites económicas que tienen el mismo sello ideológico y mantendrán el status quo en sus aspectos fundamentales. Allí las libertades políticas son efectivas solo para las élites que ostentan el poder económico o para quienes no se opongan a ellas, o preguntémosles a los chalecos amarillos en Francia cómo son tratados en las calles o a los jóvenes que en Chile han perdido sus ojos, o a los cientos de periodistas realmente independientes, que al igual que muchos líderes sociales han sido asesinados en nuestra región en los últimos años.

El pluripartidismo en Cuba solo serviría para que grupos con intereses económicos de clase, que tendrían a disposición importantes sumas de capital provenientes del norte, adquieran el músculo político necesario para desmantelar el sistema y armar uno en el que puedan coaptar la institucionalidad jurídico-política emergente en función de sus intereses. Por ese camino, jamás llegaremos a una sociedad más democrática, equitativa y justa para la mayoría de nuestro pueblo, más bien sería lo contrario.

La perversidad de las aspiraciones de una derecha estrictamente regida por las lógicas de acumulación de capital, y la inoperancia del centro para hacerle contención, están históricamente evidenciadas y en el escenario internacional actual son escandalosas. ¿A quiénes beneficiarían una derecha y un «centro» inobjetablemente funcional a ella en Cuba, objetivamente hablando? Si ya superamos ese lastre político, qué ganaríamos con volver atrás. ¿Derecha? ¿Tenemos idea de a qué nos estamos refiriendo? ¿De cuánta hambre, desigualdad, violencia, muerte estamos hablando? ¿Tenemos idea de las cifras? Por más bonitas que se escuchen debemos dejar las abstracciones: América Latina, Cuba, 90 millas de un país que no ha dejado de bloquearnos en 60 años y gasta millones en subversión, siglo XXI.

Copiar un modelo de socialdemocracia burguesa al estilo nórdico y asiático, pasando por encima de la historia de nuestra región y de nuestro país, desconociendo su enclave geopolítico y la agenda de Estados Unidos, es sostener a ultranza una postura contraria a cualquier lógica realista. Más bien expresa enajenación, cinismo o por lo menos, ignorancia. Decir que el bloqueo será eliminado cuando avancemos hacia un modelo de democracia burguesa es aceptar de plano la entrada a un capitalismo servil.

Bienvenido un Congreso más de nuestro Partido, y con él al frente busquemos más democracia, justicia y diálogo con claridad política sobre el futuro de la nación.

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