Por Hedelberto López Blanch*/Foto Virgilio Ponce.- La soberana decisión tomada por el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) de prohibir el consumo en humanos de maíz transgénico ha abierto un enfrentamiento entre el gobierno mexicano, por un lado, y Estados Unidos, sus ricos agricultores y las compañías transnacionales por el otro.


El decreto, publicado en el Diario Oficial de la Federación, establece diversas acciones en materia de glifosato y maíz genéticamente modificado y deroga el anterior firmado en diciembre de 2020.

La información explica que México es centro de origen de más de 60 razas de maíz y la política de seguridad alimentaria del gobierno consiste en preservar ese patrimonio biocultural y promover las prácticas agroecológicas de las comunidades campesinas, la milpa y la riqueza gastronómica.

Por los daños que produce a la salud humana, expresa, se prohíbe el uso de ese tipo de maíz para la masa y la tortilla, por lo que no representa afectación alguna al comercio ni a las importaciones, entre otras razones, porque México es autosuficiente en la producción de maíz blanco libre de transgénicos.
AMLO en una de sus conferencias diarias indicó que sí está permitido el uso de maíz transgénico para forraje, pero es “durante algún tiempo”, en tanto se realizan estudios sobre los efectos que podría tener este producto en dicho sector.

El gobierno estadounidense trata de influir por todos los medios para que se permita el maíz genéticamente modificado, mientras López Obrador recalcó que hay mucha información en su contra, sobre todo por el uso de agroquímicos como el glifosato, que se usan para el cultivo de ese tipo de grano.

La decisión mexicana se da en un momento en el que enfrenta una disputa con Washington sobre ese comercio, pues de acuerdo con datos oficiales, se trata de decenas de miles de millones de dólares en el que están involucradas grandes empresas trasnacionales y ricos agricultores.
Hace unos días, Tom Haag, presidente de la Asociación Nacional de Cultivadores de Maíz (NCGA), en un panel frente a congresistas y funcionarios estadounidenses, habló de la

“catástrofe que se venía para el campo norteamericano, prácticamente un apocalipsis provocado por la decisión caprichosa de un hombre del otro lado de la frontera sur”.

Desde hace varios meses, Washington ha ejercido enormes presiones sobre la administración mexicana, que incluyeron dos viajes del secretario de Agricultura, Tom Vilsack y de otros funcionarios al país, decenas de reuniones bilaterales, además de que fue uno de los temas que se pusieron sobre la mesa en la visita del presidente Joe Biden a México en enero pasado.

Los productores estadounidenses agrupados en el llamado cinturón del maíz (Iowa, Illinois, Indiana, Nebraska, Kansas, Missouri y Minnesota) están solicitando a la Casa Blanca llevar la controversia a un panel del T-MEC, además de exigirle a Biden que trabaje más para echar abajo la política de soberanía alimentaria de López Obrador.

La ultima discusión entre la representante comercial estadounidense, Catherine Tai y la secretaria de Economía mexicana, Raquel Buenrostro concluyó sin acuerdos y se asegura que Washington iniciará una disputa sobre el asunto en el marco del Tratado México, Estados Unidos, Canadá.

Recordemos el poder de las compañías transnacionales y lo dañino de esos productos. En 2018 el grupo alemán Bayer compró la multinacional estadounidense Monsanto por 66 000 millones de dólares y se convirtió a la vez en uno de los principales dueños mundiales de la producción alimentaria.

De esa forma, Bayer domina el sector farmacéutico con millonarias ganancias, y Monsanto controla el 41 % de la producción de semillas y el 90 % de las semillas transgénicas, al tiempo que produce el herbicida Round Up a base de glifosato, clasificado como cancerígeno en 2015 por el Centro Internacional contra el Cáncer, una dependencia de la OMS.

La unión Bayer-Monsanto provoca que los agricultores tengan que comprar lo necesario a una única multinacional pues los productos principales son organismos modificados genéticamente por lo cual les vende además, fertilizantes, equipamiento digital y maquinaria agrícola.

El consorcio produce semillas modificadas que no fertilizan nuevas semillas las que solo son tratadas con herbicidas Round Up a base de glifosato. El resultado: extensos sembrados de monocultivos y comida envenenada.

O sea, un mundo que se alimenta de productos tóxicos y luego recibe las medicinas para atenuar los padecimientos que genera ese tipo de alimentación.

Repacemos algunos de los graves problemas creados por estas dos corporaciones unidas en un solo monopolio.

Este gigante de la industria química-farmacéutica-agropecuaria reveló recientemente que su filial Monsanto, enfrenta 52 500 demandas judiciales por el uso del herbecida Round Up a base de glifosato.

Antes de la unión, Bayer tenía antecedentes en la fabricación de productos utilizados en las cámaras de gas de los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial y Monsanto fue la empresa que aportó al gobierno estadounidense el llamado agente naranja del cual se usaron 76 millones de litros en la guerra contra Vietnam que dejaron millones de personas y unos 500 000 niños afectados.

En cuanto a Monsanto haría falta un extenso libro para relacionarlos pues su largo historial contra la salud humana son interminables.

Solo dos casos: En una planta ubicada en Anniston, Alabama, produjo en la década de 1920 el bifenilos policlorados, líquido refrigerante para condensadores, transformadores y motores eléctricos. Cincuenta años más tarde, la Agencia de Protección del Medio Ambiente (APMA), probó que ese elemento provoca cáncer en humanos y animales. Monsanto pagó más de 600 millones a los residentes, pero el daño y los sufrimientos ocasionados fueron irreparables.

Para aumentar la producción de leche en las vacas, creó la hormona modificada, somatotropina bovina recombinante (rBGH). Investigaciones indican que la leche rBGH esta relacionada con el cáncer de mama, de colon y de próstata en los humanos. La hormona esta vetada en Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda, la Unión Europea y Argentina.

La vasta evidencia científica sobre ese herbicida fue revisada por el Departamento de Salud de Estados Unidos que concluyó, en 2019, en su perfil toxicológico del glifosato que la exposición a esa sustancia se relaciona con distintos tipos de cáncer, retrasos en el desarrollo, enfermedades intestinales y daños en el hígado y riñones.

Asimismo, la Agencia de Protección Ambiental de ese país, aseveró en 2020 que el uso de ese herbicida pone en riesgo a especies de animales, plantas y sus hábitats.

La lucha que deberá mantener México por la soberanía alimentaria, sin los efectos nocivos del glifosato, al parecer será larga pero como dijo AMLO “ningún interés particular, puede estar por encima del interés general y, en este caso, de la salud del pueblo.

 

 

 

*Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

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