Artur González / Heraldo Cubano.- Los que olvidan la historia están condenados a cometer errores que ya otros sufrieron, de ahí la importancia de estudiar el pasado y muy especialmente las acciones que ha desarrollado el gobierno de Estados Unidos y sus servicios de inteligencia, para saber el terreno que hoy se transita.


Para los estudiosos de la historia, son conocidos los planes ejecutados por la CIA contra Cuba, muchos ya desclasificados, que permiten analizar lo que hacen en la actualidad con el mismo objetivo: Destruir la Revolución socialista que tantos desafíos ha enfrentado y vencido.

Los yanquis jamás se han resignado a convivir con un vecino tan cercano, que lucha por mantener su libertad y soberanía al precio que sea necesario y por eso sus planes recogen el mismo objetivo que los aplicados desde 1960, donde afirman:

El objetivo de Estados Unidos es ayudar a los cubanos a derrocar al régimen comunista en Cuba e instaurar un nuevo gobierno con el cual Estados Unidos pueda vivir en paz y sea más aceptable”.

Para alcanzarlo, desde 1960 han aprobado múltiples leyes que conforman la guerra económica, comercial y financiera que aspira a asfixiar a su pueblo, con el concepto que este debe pagar por su apoyo a la Revolución socialista, hasta que se lance a las calles para derrocarlo.

Miles de millones de dólares han costado a Estados Unidos su empecinamiento y en estos momentos refuerzan esa criminal guerra, con la esperanza de que “el final está más cerca que nunca”.

Cuba tiene que estudiar lo que Estados Unidos hizo contra la URSS y sacar conclusiones, porque las políticas y los planes de Acción Encubierta que hoy despliega la CIA, son muy similares y, por tanto, no se pueden cometer más errores.

En junio de 1982, el presidente Ronald Reagan viajó a Londres para exponer su Programa Democracia, cuyo fin era acabar con el socialismo. En su discurso ante el parlamento británico aseguró:

En un sentido irónico, Karl Marx estaba en lo cierto. Estamos siendo testigos hoy de una gran crisis revolucionaria, una crisis donde las exigencias del orden económico están chocando directamente con las del orden político. Pero la crisis está ocurriendo no en el Occidente libre, no marxista, sino en el hogar del marxismo– leninismo, la Unión Soviética. Lo que vemos aquí es una estructura política que ya no se corresponde con su base económica, una sociedad donde las fuerzas de producción están entorpecidas por las políticas”.

A principios de ese año 1982, Reagan y sus principales consejeros, diseñaron una estrategia para atacar las fundamentales debilidades económicas y políticas del sistema soviético. En tal sentido, años después el ex Secretario de Defensa, Caspar Weinberger, escribió:

“Adoptamos una estrategia abarcadora que incluía la guerra económica, para atacar las debilidades soviéticas. Fue una campaña silenciosa, trabajada a través de aliados y con otras medidas. Era una ofensiva estratégica, diseñada para cambiar el centro de la lucha de las superpotencias hacia el bloque soviético, incluso a la Unión Soviética misma”.

Para poner en práctica su estrategia, Reagan aprobó en noviembre de 1982, la directiva secreta NSDD-66, para entorpecer la economía de la URSS y atacar los principales recursos de su economía, considerados esenciales para su supervivencia. La CIA fue la encargada de desarrollarla, bajo la dirección de William Casey, a quien muchos señalan como “el más poderoso director de la CIA en la historia estadounidense”, quien se convirtió en la figura clave de aquella nueva política exterior yanqui.

Ese año, William Clark fue designado como Consejero de Seguridad Nacional y comenzó a presentarle al presidente Reagan, informes sobre la situación económica de la URSS, donde reflejaba que algunas fábricas se cerraban por falta de piezas de repuesto, escasez de moneda dura y también varias líneas de alimentación.

En el diario privado de Reagan, consta una anotación del 26 de marzo de 1981 que dice:

“Información breve sobre la economía soviética. Están en una forma mala, y si podemos cortar su crédito, tendrán que gritar “tío” o morir de hambre”.

Max Hugel, hombre de negocios, sin ninguna experiencia en inteligencia y que había sido ayudante en la campaña de Reagan, fue nombrado a propuesta de Casey, como Director de Operaciones de la CIA, con el fin de ayudar a conformar fachadas de empresarios comerciales, a los agentes de la agencia que actuaban en el exterior, conocidos como NOC, No Oficial Covert, algo que también hicieron en Cuba desde los años 50 del siglo XX.

La economía soviética pasó a ser la prioridad de la CIA y por ese motivo Henry Rowen, ex presidente de la Corporación Rand del Departamento de Defensa, fue designado como jefe del Consejo Nacional de Inteligencia, quien atrajo a Herb Meyer, su asistente especial y editor de la revista Fortune, ambos especialistas en la economía soviética. 

En esa renovación del trabajo de inteligencia estaba David Wigg, nombrado como enlace de William Casey con la Casa Blanca, un economista que organizó en la CIA un sistema para perseguir el flujo de moneda dura de los soviéticos y sus ganancias en el exterior.

Meyer realizó evaluaciones de las vulnerabilidades de la economía soviética, que posibilitaron el diseño de la política de Estados Unidos contra la URSS.

Ante ese escenario, la CIA utilizó a hombres de negocios como importantes fuentes de inteligencia, pues estos, en sus relaciones de trabajo en la URSS, conocían cuáles eran las necesidades económicas soviéticas y qué tecnologías requerían de forma priorizada para salvar su economía, así como aquellas que sus científicos y técnicos habían podido llevar cabo.

Cuba, bloqueada como nunca antes, tiene que tener presente estos antecedentes, porque en las visitas que realizan hombres de negocios yanquis, pueden estar presentes los oficiales encubiertos de la CIA.

Por la complicada madeja de las leyes que conforman la guerra económica, comercial y financiera, los yanquis no pueden comerciar normalmente con Cuba, pero solicitan y se les brindan informaciones que también pudieran trasladar a la CIA, como hicieron otros en los años 80 contra la URSS.

No se trata de cerrar el contacto con el necesario empresariado extranjero, sino de tener presentes las experiencias que dejó la historia, para no caer en trampas tendidas por un enemigo hábil e irreconciliable con la Revolución, en momentos muy difíciles y complejos del panorama económico cubano.

Sobre lo sucedido en la URSS, Peter Schweizer, consultor político y presidente del Instituto de Responsabilidad Gubernamental de los Estados Unidos, señaló en su libro “La estrategia secreta de la administración de Ronald Regan, que aceleró el colapso de la URSS”:

La Unión Soviética no colapsó por ósmosis, ni porque el tiempo estuviera de alguna forma de nuestro lado. Sí el Kremlin no hubiera enfrentado los efectos acumulativos de la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE) y el reforzamiento defensivo, los reveses geopolíticos en Polonia y Afganistán, la pérdida de decenas de billones de dólares en las entradas de moneda dura de sus exportaciones de energía y el reducido acceso a la tecnología, es razonable creer que hubiera pasado la tormenta. El comunismo soviético no era un organismo condenado a la autodestrucción en cualquier ambiente internacional. Las políticas estadounidenses podían e hicieron alterar el curso de la historia soviética”.

Certero fue José Martí cuando escribió:

“Nada más justo que dejar en punto de verdad las cosas de la historia”.

 

 

 

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