Artur González / Heraldo Cubano.- Los Estados Unidos que se creen con derecho de sancionar a todos los que no se someten a sus órdenes, en realidad son los mayores hipócritas del mundo y no aceptan que a sus aliados se les condene, aunque sean asesinos.


Esto se acaba de constatar con la respuesta de Joe Biden, al conocer el 20 de mayo del 2024 la decisión de Karim Khan, fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), de solicitar una orden de captura contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu y su ministro de Defensa, Yoav Gallant, por el genocidio contra el pueblo palestino, que desde octubre del 2023 ha dejado un saldo de más de 34,000 personas asesinadas, principalmente niños y mujeres.

El comunicado difundido por la Casa Blanca afirma: “La solicitud del fiscal de la CPI de ordenar el arresto contra líderes israelíes es escandalosa e intolerable. Estados Unidos apoyará siempre al Estado judío ante las amenazas a su seguridad”.

Con horror el mundo ve a diario como las fuerzas militares de Israel bombardean con saña, hospitales, escuelas, viviendas y cuanta edificación existe en la franja de Gaza, convirtiendo en un inmenso cementerio lo que antes fuera una ciudad. Esos actos criminales que violan el derecho humanitario, la Casa Blanca no los condena, por el contrario, los respalda con dinero y armas, convirtiéndose en cómplice de ese holocausto.

Estados Unidos vetó en tres ocasiones las resoluciones presentadas ante el Consejo de Seguridad de la ONU de un alto al fuego, suceso insólito para quien se auto declara juez de los Derechos Humanos.

Por supuesto, la decisión del fiscal de la Corte Penal Internacional resulta “intolerable”, para un país que ha ejecutado actos similares, como el lanzamiento de dos bombas nucleares contra la población civil de Hiroshima y Nagasaki; el bombardeo con napalm sobre ciudades y poblados campesinos en Viet Nam, Laos y Camboya;  las invasiones a República Dominicana, Panamá y Granada, más las de Afganistán, Irak, Libia y Siria, que causaron cientos de miles de muertos y mutilados, unido al asesinato de líderes extranjeros mediante una orden ejecutiva aprobada por gobernantes de Estados Unidos.

Resulta realmente escandaloso el apoyo de Washington a Israel y sus crímenes, que pretenden exterminar al pueblo palestino, provocar la inanición como método de guerra, la denegación de suministros de ayuda humanitaria y atacar deliberadamente a civiles. Israel procura apoderarse de todo el territorio palestino, ya invadido desde 1967, a pesar de las resoluciones de la ONU.

Lamentablemente ningún presidente de los Estados Unidos ha sido llevado a una corte internacional, a pesar de que cuentan con un amplio expediente de crímenes de lesa humanidad, mucho peor que los causados por los nazis, donde se incluyen experimentos y torturas con seres humanos, como hicieron con los detenidos durante las invasiones de Irak y los recluidos en el campo de detención de la base naval en Guantánamo, territorio ocupado de Cuba.

No podemos olvidar el programa de armas biológicas que autorizó, en octubre de 1941, el presidente Franklin D. Roosevelt, en una planta de producción en Terre Haute, Indiana.

En 1954, construyeron una planta de producción más avanzada en Pine Bluff, Arkansas, la que comenzó a producir agentes biológicos. Posteriormente Fort Detrick, Maryland, se convirtió en un centro de investigación y producción, donde desarrollan una variedad de armas biológicas antipersonales y contra los cultivos de alimentos. ​ Ahí despliegan los sistemas de propagación, incluidos tanques de aspersión aérea, latas de aerosol, granadas, cohetes y bombas de racimo.

Gerald Colby y Charlotte Dennet, describieron en su libro, They Will Be Done. The Conquest of the Amazon: Nelson Rockefeller and Evangelism in the Age of Oil (1996), la utilización de América Latina como un laboratorio de la guerra biológica. Científicos y religiosos estadounidenses al servicio de Instituto Lingüístico de Verano (ISL), creado por la Fundación Rockefeller y la CIA en los años 1960-1970, eliminaron a miembros de las tribus nativas en la Amazonía, mediante la propagación de diferentes virus, para ocupar sus tierras ricas en yacimientos de petróleo, oro, diamantes y metales raros.

Para lograrlo, en Brasil y Perú envenenaron el agua, la comida y entregaban a los indígenas ropa, sábanas y frazadas infectadas con el virus de la viruela. Según dicho libro, “en 1958 la población indígena en la selva de Brasil, oscilaba entre los 100,000 y los 200,000 habitantes; pero, debido al genocidio físico y biológico, para 1968 más del 50% de los nativos de la Amazonía brasileña perecieron, solo sobrevivieron entre 40,000 y 100,000 habitantes”.

La publicación estadounidense Whiteout Press, aseguró que el gobierno estadounidense realizó experimentos secretos con armas biológicas contra sus propios ciudadanos, cuando en 1931 el Rockefeller Institute for Medical Investigations, manipulóa ciudadanos norteamericanos como conejillos de Indias, infectándolos con células cancerosas sin su consentimiento.

La historia recoge declaraciones de los nazis durante el Juicio de Núremberg, donde declararon que habían aprendido el uso de armas biológicas y químicas de los científicos estadounidenses. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dio inmunidad a los especialistas en guerra biológica alemanes y japoneses, incorporándolos al desarrollo de armas biológicas en Fort Detrick.

Desde los años 50, el departamento de Defensa hizo pruebas al aire libre con bacterias y virus generadores de enfermedades, desde un barco de la marina con una gran manguera para rociar una nube de bacteria Serratia Marcescens, en la costa de San Francisco, la que produjo neumonía.

El investigador Leonard Cole, describió ese hecho en su libro Clouds of Secrecy: The Army’s Germ Warfare Tests Over Population Areas, donde expone que entre 1949 y 1969, se realizaron más de 239 pruebas de armas biológicas al aire libre en Washington, Nueva York, Key West y en otras ciudades estadounidenses.

La Operación Whitecoat, realizada por el departamento de Defensa entre 1954 y 1973, empleó a la Iglesia Adventista del Séptimo Día y a más de 2,300 soldados, sin que ellos supieran de un experimento para infectarlos con fiebre Q, fiebre amarilla, peste bubónica, tularemia y encefalitis equina venezolana. La magnitud de aquella operación fue documentada en el libro de Jeanne Guillemin, “Anthrax: The Investigation of a Deadly Outbreak” (1999).

La CIA y el Pentágono usaron a terroristas cubanos entrenados en la base militar de Fort Gulick, en Panamá, para introducir en Cuba en 1971, el virus de la fiebre porcina africana y más tarde el dengue hemorrágico, causante de la muerte de cientos de niños.

En octubre del 2010, cuando Hillary Clinton ocupaba el cargo de secretaria de Estado, pidió disculpas oficiales a Guatemala, por los experimentos que ejecutó Estados Unidos con ciudadanos de ese país, a los que infectaron intencionalmente, sin su conocimiento y autorización, con sífilis y gonorrea, entre 1946 y 1948, bajo la administración de Harry S. Truman.

Otro de sus macabros experimentos fue la Operación Tuskegee, al infestar con sífilis a casi 400 varones negros estadounidenses, sin consentimiento alguno.

Ambos experimentos tenían el propósito de estudiar el desarrollo de esas enfermedades en períodos prolongados de tiempo, sin ofrecer tratamiento a los infectados, hecho realmente monstruoso.

Ahora para los dirigentes de Israel y Estados Unidos, la decisión del fiscal general de la Corte Penal de La Haya, es “escandalosa e intolerable”, como si los asesinatos continuados de civiles inocentes causados por ambas naciones, fuera un derecho natural otorgado por la gracia divina.

Razón la de José Martí cuando afirmó:

“Los árboles corrompidos han de arrancarse de raíz”

 

 

 

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