Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli - Cubaliteraria Ediciones.- Entre los daneses Karl Adolph Gjellerup y Henrik Pontoppidan —1917—, y el suizo Carl Spitteler —1919— hay un vacío catapultado por la guerra. El mismo que hubo antes entre Rabindranath Tagore y Romain Rolland. El vacío del Nobel de Literatura que no se dio.

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli - Cubaliteraria Ediciones.- Hay un silencio en algún minuto cercano a la medianoche, como un oasis de paz en el epicentro de la algarabía. Hay un tramo de 31 que, para mí, vale lo que todo el calendario. Un minuto quizá que tiene el sortilegio de un trozo de tiempo mágico.

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli - Cubaliteraria Ediciones.- “Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo”, dijo el poeta a las puertas de la muerte. Y había algo profético en esa observación suya que acompañó una petición al amigo Augusto Ferrán: “Si es posible, publicad mis versos…”.

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli - Cubaliteraria Ediciones.- La vida –la mayor parte de ella– se la pasó en el vórtice escapatorio del fantasma de una fobia: la muerte. La del padre, primero, la de la madre después, la de su sobrino y ahijado tocayo…, la de Zenobia, su esposa, casi al final de sus latidos de poeta. Y hasta la suya propia cuando le llegó la hora, el 29 de mayo de 1958.

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli - Cubaliteraria Ediciones.- Repasar los senderos de cinco décadas en el discurso estético de una imagen, redescubrir un Instituto en cubiertas emblemáticas de sus libros, que es decir su vida. Ese resulta el convite de la exposición que quedó inaugurada este miércoles en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), a propósito del medio siglo del Instituto Cubano del Libro.

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli - Cubaliteraria Ediciones.- Hay un Haití que late muy dentro de Amelia. Hay una parte de Amelia que aún sigue latiendo desde Haití.

Sheyla Delgado Guerra di Silvestrelli - Cubaliteraria Ediciones.- Acompasada la voz, serenos los gestos. Con la puntualidad de quien vive conectado a un cronómetro. La vida se le escapaba entre los timbres de bienvenida y adiós, entre el pupitre y el pizarrón.