Jesús Arboleya - Progreso Semanal.- Cuba no está en condiciones de decidir la política de Estados Unidos. De hecho, ningún país ni conjunto de países se bastan para obligar a ese país a adoptar una política determinada. Prueba de ello es que la condena al bloqueo económico contra Cuba, expresada de manera casi universal por la ONU durante un cuarto de siglo, no ha sido suficiente para obligar a Estados Unidos a modificar esta política.


 Las únicas opciones reales que tiene el resto del mundo de cara a las políticas norteamericanas son plegarse a ellas o confrontarlas, no existe la posibilidad de una tercera opción, como ocurría cuando existía la Unión Soviética, y algunos países intentaron aprovechar las contradicciones entre ambos bloques, para obtener cierto margen de independencia. La confrontación o la sumisión pueden tener diversos grados de intensidad y magnitud, pero bajo estas coordenadas se desarrolla la política internacional.

Como el dominio de Estados Unidos sobre Cuba era tan abarcador, la Revolución Cubana no tuvo otra alternativa que enfrentar a la política norteamericana en toda su dimensión y alcance. Por su parte, desde los primeros momentos, el gobierno norteamericano dejó claro que no estaba dispuesto a aceptar una revolución social frente a sus fronteras, por lo que la confrontación quedó establecida como la única opción posible para los revolucionarios cubanos.

Como resultado, salvo la intervención militar directa de tropas norteamericanas, contra Cuba se han utilizado todas las armas del arsenal norteamericano. Incluyendo persistentes campañas de influencia ideológica a escala mundial, que en ocasiones han acompañado a brutales agresiones terroristas.

Durante el gobierno de Barack Obama, se llegó a la conclusión de que la política de máxima hostilidad hacia Cuba no había sido capaz de superar la resistencia de los cubanos, por lo que era necesario cambiar los métodos, con vista a alcanzar los mismos objetivos. Aunque puede ser considerado un triunfo de la Revolución, el “deshielo” entre los dos países fue una decisión norteamericana, bajo la sombrilla teórica del llamado “poder inteligente”.

Esta posición refleja una confianza extrema en las “bondades” del capitalismo, frente a la supuesta incapacidad innata del socialismo para garantizar el pleno bienestar económico de las personas. De lo que se trata es de “infectar” a Cuba con el virus del capitalismo, por eso el bloqueo es un obstáculo, dicen los propugnadores de esta política. No deja de ser paradójico, que en Cuba haya personas que, consciente o inconscientemente, lleguen a esta misma conclusión y consideren esta política “más peligrosa”, que aquella donde la confrontación asume formas más terribles, pero más diáfanas.

Es un cálculo de riesgo equivocado. Aunque es cierto que el bloqueo no ha funcionado en su pretensión de forzar un cambio de régimen en Cuba, ello no niega su enorme impacto en el tejido social cubano. Más allá de los daños que produce a la economía y sus consecuencias sociales, vale analizar la implicación de esta política en la propia ideología revolucionaria. Con todo el mérito que ha tenido la conciencia política en la resistencia cubana, a pesar de la justicia implícita en la propuesta socialista y lo hermoso que resulta su mensaje de emancipación social, es muy difícil sostener sin fisuras el respaldo popular a un sistema político desde la precariedad. Los altos niveles de la emigración cubana son una prueba de ello.

A su vez, más allá de errores e insuficiencias propias, la política norteamericana ha impedido desplegar el verdadero potencial de desarrollo del sistema socialista en Cuba y ha logrado extender la noción de su aparente fracaso, lo que debilita su capacidad de convocatoria. Por mucho que sirva para demostrar que “el imperialismo es malo”, el asedio económico de Estados Unidos no es una “zona de confort” para el desarrollo de una conciencia socialista, por lo que modificar esta situación tiene una importancia estratégica para el sistema cubano.

Cuando parecía haberse superado la etapa más espantosa de la confrontación entre los dos países, llegó Donald Trump para recordarnos que nadie está en capacidad de evitar que Estados Unidos repita sus arbitrariedades. Ahora, todo indica que la política del poder inteligente volverá a ser retomada en el gobierno de Joe Biden. Cuba no tiene otra opción que adecuarse a ella, toda vez que no está en capacidad determinar otra mejor, pero tal estrategia representa un cambio cualitativo respecto al pasado. No es lo mismo Biden que Trump.

En los métodos se concreta la política y en la nueva coyuntura aumentan las posibilidades cubanas para influir en el diseño y aplicación de la política norteamericana, gracias al peso que se le concede a la negociación en este proceso, cosa totalmente ausente cuando prima la política de agresiones. También porque aumenta el acceso de los cubanos a la sociedad norteamericana. Hasta ahora, el contacto pueblo a pueblo, concebido por los estrategas del poder inteligente, como el vehículo por excelencia para la invasión de los “embajadores” del sistema capitalista en Cuba, ha dejado un saldo político favorable a los cubanos.   

De la inteligencia de la parte cubana dependerá evitar las consecuencias más nocivas de esta política y aprovechar las oportunidades que se desprenden de la misma, para avanzar en la satisfacción de los intereses del país. Es una confrontación que se gana demostrando las ventajas del sistema socialista para competir con el capitalismo en su propio terreno, toda vez que no existe otro. Incluso para adecuar algunos de sus mecanismos al modelo cubano, en un entorno internacional que tampoco puede escoger, porque lo tiene predeterminado. Por demás, es una estrategia que forma parte de las propias reformas que se llevan a cabo en la economía cubana.

No deja de ser un escenario complejo, toda vez que respuestas antes justificadas bajo un clima de agresiones, como prohibiciones, exclusiones y violencia, se tornan contraproducentes en un entorno donde la actividad enemiga aparece camuflada en conflictos endógenos que tienen otro origen y otros objetivos, y el discurso de los opositores se expresa de manera más conciliadora, incluso propugnador de valores universales. No importa que muchas veces no sean sinceros, la doctrina revolucionaria no puede dejar que le arrebaten metas y métodos que le son intrínsecos.

La clave está en saber lo que se quiere y confiar en la inteligencia del pueblo para comprenderlo. Convencer con hechos y argumentos, así como favorecer espacios realmente democráticos e inclusivos, que deben ser los ideales para la defensa del socialismo. Para combatir el virus del capitalismo, no vale enterrarse en una trinchera y disparar al cielo, con todo lo heroico que pueda parecer.    

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